80 años del asesinato de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti


Antes de morir en la silla eléctrica en la prisión de Charlestown, el 23 de
agosto de 1927, Nicola Sacco se volvió hacia los testigos y exclamó
tranquilamente: "Buenas noches señores, ¡viva la anarquía!"
 
En el año 1927 se llevó a cabo en Norteamérica una de tantas injusticias de carácter universal ante las que no pasa el tiempo. Estso fueron los antecedentes que llevaron a dos honrados obreros inmigrantes a ser ejecutados.

Tras la Revolución bolchevique, el mundo capitalista, con Estados Unidos a la cabeza, andaba con miedo ante una posible revuelta internacional obrera. Por todo el mundo se recrudece la reacción contra la clase obrera, pero en Estados Unidos tal reacción se tinta además de racismo y xenofobia. Se aprueba entonces una ley en Estados Unidos que permitía expulsar a aquellos extranjeros que realizaran actividades "ilegales". La policía asalta los locales sindicales de los obreros inmigrados, la mayoría italianos de tendencia anarco-sindicalista. La represión policial es brutal, se hace declarar a los detenidos contra sí mismos mediante fuertes torturas; en uno de estos procedimientos, el cuerpo del líder anarquista Andrea Salsedo se estrella contra el asfalto al caer desde las dependencias policiales. Los atentados anarquistas contra elementos del entonces ultra-conservador gobierno de Massachusets y contra empresarios millonarios como Rockefeller se recrudecen a la par que la brutal represión policial. Durante aquellas jornadas realizadas contra los inmigrantes, varios miles de italianos se agolpaban en la embajada de su país para huir antes de que les extraditen.
Casi al mismo tiempo y sin ningún tipo de conexión, una banda armada de delincuentes comete un sangriento atraco en el que mueren el director de una empresa y su tesorero, que llevaba un maletín con gran cantidad de dinero. La policía, intencionadamente, atribuye el crimen a una banda anarquista. La casualidad quiso que, en un viaje de vuelta ya tarde, dos obreros italianos, uno zapatero, Nicola Sacco, y otro pescadero, Bartolomeo Vanzetti, fueran arrestados por la policía por el simple hecho de ser italianos. Quiso la mala fortuna que ambos portaran sendas pistolas de las que querían deshacerse; las llevaban para defenderse precisamente de la policía, pero nunca las llegaron a usar. Para el inspector y el fiscal, el ser italianos y, si no anarquistas, de la "mano negra" (la mafia), era ya suficiente: las armas eran sólo un agravante. Sacco y Vanzetti, recordando lo ocurrido a su compañero Salsedo, niegan en la comisaría, como posteriormente dirían en el juicio, su vinculación con el anarco-sindicalismo.
Nicola y Bart son llevados a juicios. Aquel juicio se recuerda como el proceso más bochornoso de toda la historia: algunos de los testigos están comprados por el fiscal, seguramente algunos de los jurados; y, para más vergüenza, el fiscal del estado Katzmann no dudó en hacer gala de su racismo al desautorizar a los testigos que echaban por tierra la acusación por el hecho de ser italianos y porque más de uno desconocía el inglés, al mismo tiempo que declaraba que "aquellos italianos, griegos, portorriqueños, eran escoria que venían a robar a Estados Unidos", todo ello con la complicidad del juez, más empeñado en censurar al abogado defensor cuando reprendía al fiscal con el grito: "¡Ku Klux Klan! ¡Esas son ideas del KKK!". Finalemente, el jurado declara a ambos culpables y el juez los condena a la silla eléctrica.
En todo Estados Unidos primero, y después alrededor del mundo, las protestas de obreros e intelectuales se hacen oír, pero caen en oídos sordos. Los anarquistas más violentos hacen atentados en represalia; la sede de ayuda a "Nik y Bart" es asaltada por individuos y grupos de ultra-derecha, al tiempo que el abogado defensor, curtido ya en la defensa de obreros, hace lo imposible por conseguir unas pruebas que obtiene finalmente, pero que son desautorizadas por el fiscal y por el juez. Con una inmensa amargura, el abogado se rinde, no sin antes decirle al juez que él era una vergüenza para la profesión.

Mientras Nicola y Sacco se hayan en el corredor de la muerte, la familia de ambos trata de conseguir la amnistía. Vanzetti colabora todo lo que puede, pero Sacco se haya hundido en una profunda depresión. Sacco se niega a firmar la carta pidiendo la amnistía que sí firma su compañero. Entre tanto, el gobernador de Massachusets, Fuller, viendo que hasta los periódicos conservadores critican la pena capital impuesta, decide entrevistarse con Bartolomeo junto al fiscal Katzmann. Tras esa entrevista, el gobernador niega la amnistía. Vanzetti acaba convenciéndose de que les mataran por anarquistas y no por un crimen que no cometieron: "Nos condenan por italiano, y yo soy italiano. Nos condenan por anarquistas, y yo soy anarquista."

He estado hablando mucho de mí mismo

y ni siquiera había mencionado a Sacco .

Sacco también es un trabajador,

un competente trabajador desde su niñez, amante del trabajo,

con un buen empleo y un sueldo,

una cuenta en el banco, y una esposa encantadora y buena,

dos niñitos precioso y una casita bien arreglada

en el lindero del bosque, junto a un arroyo.

Sacco es todo corazón, todo fe, todo carácter, todo un hombre;

un hombre amante de la Naturaleza y de la Humanidad;

un hombre que lo dio todo, sacrificó todo

por la causa de la libertad, y su amor a los hombres;

dinero, tranquilidad, ambición mundana,

su esposa, sus hijos , su persona

y su vida.

Sacco jamás ha pensado en robar, jamás en matar a nadie.

Él y yo jamás nos hemos llevado bocado

de pan a la boca , desde que somos niños hasta ahora,

que no lo hayamos ganado con el sudor de la frente.

Jamás…

Ah, sí, yo puedo ser más listo, como alguien ha dicho;

yo tengo más labia que él, pero muchas , muchas veces,

oyendo su voz sincera en la que resuena una fe sublime,

considerando su sacrificio perpetuo, recordando su heroísmo.

Yo me he sentido pequeño en presencia de su grandeza

Y me he visto obligado a repeler

Las lágrimas de mis ojos,

Y apretarme el corazón

Que se me atorozonaba, para no llorar delante de él:

Este hombre al que han llamado ladrón y asesino y condenado a muerte.

Pero el nombre de Sacco vivirá en los corazones del pueblo

y en su gratitud cuando los huesos de Katzmann

y los de todos vosotros hayan sido dispersados por el tiempo;

cuando vuestro nombre, el suyo, vuestras leyes, instituciones

y vuestros falso dios no sean sino un borroso recuerdo

de un pasado maldito en el que el hombre era lobo para el hombre…

Si no hubiera sido por esto

yo hubiera podido vivir mi vida

charlando en las esquinas y burlándome de la gente.

Hubiera muerto olvidado, desconocido, fracasado.

Esta ha sido nuestras carrera y nuestro triunfo. Jamás

en toda nuestra vida hubiéramos podido hacer tanto

por la tolerancia, por la justicia, porque el hombre entienda

al hombre como ahora lo estamos haciendo por accidente.

Nuestras palabras, nuestras vidas nuestros dolores-

–¡nada!

La perdida de nuestras vidas –la vida de un zapatero y un pobre vendedor de pescado-

¡todo! Ese momento final es de nosotros,

es agonía de nuestro triunfo.

(de antología de poesía norteamericana de José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal)

Sus últimas horas transcurren en agonía. Nicola Sacco escribe a su hijo una hermosa carta pidiéndole perdón al tiempo que le ruega que siga sus pasos:

    18 de agosto de
    1927, Prisión del Estado de Charlestown

    Mi querido hijo y
    compañero:

    Desde el día
    en que te vi por última vez he tenido siempre la idea de escribirte
    esta carta, pero la huelga de hambre y el pensamineto de que tal vez no
    lograra explicarme bien me han hecho retrasarla todo este tiempo.

    El otro día
    terminé la huelga de hambre e inmediatamente pensé en escribirte,
    pero me di cuenta de que no tenía fuerzas suficientes para hacerlo
    y que no podría terminar la carta de una vez. Sin embargo, quiero
    hacerlo de cualquier forma antes de que entremos otra vez en la celda de
    los condenados, pues estoy convencido de que nos van a llevar allí
    tan pronto como el tribunal se niegue a revisar la causa. Y si no ocurre
    nada entre el viernes y el lunes, nos electrocutarán el 22 de agosto,
    inmediatamente después de la media noche. Por lo tanto, aquí
    estoy contigo lleno de cariño y con el corazón abierto, como
    he estado siempre en el pasado.

    Nunca creí
    que pudieran separarnos, pero al pensar en estos siete tristes años,
    parece que ha llegado por fin el momento, aunque no han cambiado ni la
    inquietud ni el afecto emocionado. Es el mismo que antes, e incluso mayor.
    Creo que nuestro afecto recíproco es hoy más profundo que
    en cualquier otro momento, pues no sólo es muy grande, sino que
    se puede comprobar el amor fraterno no solamente en la alegría,
    sino también en la lucha y en el sufrimiento. Recuerda esto, Dante.
    Hemos demostrado esto y, modestia aparte, estamos orgullosos de ello.

    Henos sufrido mucho
    en este lago calvario. Protestamos hoy como hemos protestado ayer, y protestaremos
    siempre pidiendo libertad.

    Si el otro día
    interrumpí la huelga de hambre fue porque ya no había en
    mí signos de vida. Porque, ayer, como hoy, protesto con mi huelga
    de hambre por la vida y no por la muerte.

    Me he sacrificado
    porque quería volver a abrazar a tu querida hermana pequeña,
    Inés, y a tu madre, y a todos los amigos y a los camaradas de la
    vida y no de la muerte. Así, pues, hijo mío, la vida empieza
    ahora a revivir lentamente, pero sin horizonte y siempre con tristeza y
    con visiones de muerte.

    Muchacho querido,
    después de que tu madre me había hablado tanto de ti y había
    sonado contigo noche y día, qué alegría tuve el otro
    día cuando te vi por fin. Haber podido hablar contigo como lo hacíamos
    aquellos días. Aunque hablé mucho contigo en esa visita,
    hubiera querido decirte mucho más, pero vi que seguirás siendo
    el mismo hijo cariñoso, fiel con tu madre que tanto te quiere, y
    no quise herir tu sensibilidad porque estoy seguro de que seguirás
    siendo el mismo y recordarás lo que te dije. Sabía eso y
    lo que voy a decirte ahora te va a conmover, pero no llores, Dante, porque
    se han derramado muchas lágrimas en vano, y tu madre ha llorado
    durante siete años sin que sirviera para nada. Así que, hijo
    mío, en lugar de llorar, sé fuerte para poder consolar a
    tu madre, y cuando quieras distraerla de su desaliento, te diré
    lo que yo solía hacer. La llevaba a dar un largo paseo por el campo,
    a coger flores silvestres de aquí y de allá, y a descansar
    a la sombra de los árboles, en medio de la armonía de los
    riachuelos alegres y la suave tranquilidad de la madre naturaleza, y estoy
    seguro de que a ella le gustará mucho que lo hagas, y tú
    te sentirás feliz con ello. Pero recuerda siempre, Dante, que en
    el juego de la felicidad no tienes que usarla para ti solo, sino mirar
    un paso detrás de ti, ayudar a los débiles que piden ayuda,
    ayudar a los perseguidos, a las víctimas, que son tus mejores amigos;
    son los camaradas que luchan y caen, como cayeron ayer tu padre y Bartolo
    por la conquista de la alegría, de la libertad para todos y para
    los trabajadores pobres. En esta lucha por la vida encontrarás más
    amor y serás amado.

    Lo que tu madre me
    ha contado que decías durante esos días terribles en que
    estaba en la celda de los condenados, en ese lugar inicuo, me ha dado una
    gran alegría, porque me demostraba que serás el muchacho
    querido con el que siempre he soñado.

    Por lo tanto, suceda
    lo qué suceda mañana, cosa que nadie sabe, si nos matan no
    debes olvidar mirar a tus amigos y camaradas con la misma sonrisa de gratitud
    con que miras a los seres queridos, pues ellos te quieren del mismo modo
    que quieren a todo camarada perseguido que ha caído. Y esto te lo
    dice tu padre, que te ha dado la vida, tu padre que te ha querido y los
    ha visto y que conoce la nobleza de su fe ( que es la mía) y el
    gran sacrificio que siguen haciendo por nuestra libertad, pues he luchado
    con ellos y son los que tienen aún nuestra última esperanza
    y hoy pueden todavía salvarnos de la silla eléctrica; es
    la última lucha entre los ricos y los pobres por la seguridad y
    la libertad. Hijo, quiero que comprendas en el futuro esta inquietud y
    esta lucha a vida o muerte.

    Pensé mucho
    en ti cuando estaba en la celda de los condenados (oía los cantares
    en las tiernas voces de los niños en el patio de juego, donde estaba
    toda la vida y la alegría de la libertad), a un paso de los muros
    que encierran la angustia escondida de tres almas enterradas. Me recordaban
    a menudo a ti y a tu hermana Inés, y deseaba poder veros en cada
    momento. Pero me alegro de que no vinieras mientras estaba en la celda
    para que no vieras el horrible cuadro de tres personas angustiadas, esperando
    ser electrocutadas, pues no sé el efecto que eso hubiera tenido
    a tu corta edad. Pero, en otro sentido, hubiera sido útil, pues
    en el futuro te habría servido ese terrible recuerdo para arrojarle
    al mundo la vergüenza del país en esta cruel persecución
    y muerte injusta. Sí, Dante, pueden crucificar hoy nuestros cuerpos,
    como lo están haciendo, pero no pueden destruir nuestras ideas,
    que servirán para los jóvenes que vengan después.

    Dante, cuando antes
    he dicho tres seres humanos enterrados, quise decir que con nosotros hay
    otro joven que se llama Celestino Maderios, al que van a electrocutar al
    mismo tiempo que a nosotros. Ha estado ya dos veces antes en esa horrible
    celda de los condenados, que deberían destruir las piquetas del
    verdadero progreso, esa horrible celda que será para siempre la
    vergüenza de los ciudadanos de Massachusetts. Deberían destruir
    el edificio y levantar una fábrica o una escuela para enseñar
    a muchos de los cientos de huérfanos pobres del mundo.

    Dante, te pido una
    vez más que quieras a tu madre y estés cerca de ella y de
    los seres queridos en estos días, y estoy seguro de que con la ayuda
    de tu valor y de tu bondad sentirán menos la pena. Y tampoco olvidarás,
    hijito mío, quererme a mi también un poco, puesto que pienso
    tanto y tan a menudo en ti.

    Saludos fraternales
    a todos los seres queridos; muchos besos a tu pequeña Inés
    y a tu madre. Para ti, un abrazo de todo corazón.

    Tu padre y compañero


El asesinato de Sacco y Vanzetti fue, al igual que los asesinatos de Federico García Lorca y Víctor Jara y todos los anónimos, un caso de injusticia universal: murieron por ser todo aquello que el poder detestaba: inmigrantes, obreros, pobres y anarquistas. En su muerte estaba representada la casi totalidad de la población, no sólo de América del Norte, sino de todo el mundo.
Un anarquista es siempre alguien molesto, sobre todo si es un anarquista como Nicola y Bartolomeo, un hombre de pensamiento y no de violencia, porque el anarquismo no versa sobre bombas y vandalismo: el anarquismo consiste en adquirir una voluntad moral de hierro para transformar la sociedad, para el día en que se pueda, contando con esa moralidad en la acción, el mundo y los hombres puedan vivir sin leyes. Un anarquista se siente un individuo con sus derechos, pero a la vez reconoce a todos los individuos, y sabe que todos los individuos son un todo temible para los poderosos. Para los poderosos, un anarquista pensador es un millón de veces más peligroso que un anarquista armado.

"Buenas noches señores, ¡viva la anarquía!"

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