Elisa Serna, cantautora: Censura, multas gubernativas, cárcel, exilio, prohibiciones de recitales y giras. Asaltos


Con Gustavo Sierra Fernández en su graduación en la Universidad Complutense (Junio, 2016)

Junio de 2016, después de su graduación en la Universidad de Mayores

En octubre de 2015 estaba yo recopilando las respuestas a unas encuestas que elaboré para mi tesis La formación de una cultura de la resistencia a través de la canción social. Una de las encuestadas fue Elisa Serna, una de las cantautoras que más sufrió la persecución y la censura. Al contrario que el resto de los encuestados, Elisa insistió en darme sus respuestas en mano, en lugar de usar correo electrónico o facebook, así que quedamos en la facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, en donde estaba sacándose el título de la Universidad para Mayores. Un vez allí, no sólo me entregó sus respuestas, sino que me hizo entrega de un dossier que pertenecía a su parte de la Querella Argentina, diciendo que estaría bien que formara parte a modo de anexo de la tesis. Yo accedí, con el beneplácito de mi directora (o no, no lo recuerdo: no se opuso en todo caso). El dossier se puede encontrar en la página 699 de la tesis, como Anexo III. Hoy lo reproduzco aquí entero.

PD: Elisa Serna tuvo una intervención en la película Carne apaleada (Javier Aguirre, 1978), interpretando el papel que el régimen la obligó a hacer en varias ocasiones: el de prisionera política. En una de las escenas puede vérsela cantar en playback su tema “Hasta cuándo”.


PREGUNTA 5: ¿Puede describir la Represión que sufrió de la Dictadura franquista?

RESPUESTA 5 – Te transcribo –sólo mi parte– la descripción, en este caso pormenorizada, del Informe que mi familia y yo hemos presentado a la Judicatura Argentina, en tanto que no se atiendan nuestros derechos a la Verdad, la Justicia y la Reparación en nuestro amado país:

En mi familia, Gustavo, tenemos cinco Víctimas del Fascismo (sólo los enumero):

(Extraído literalmente del informe de la familia Gil Sánchez contra la represión franquista, a la jueza Servini de Buenos Aires, para su admisión a trámite)

“… 6 – LA REPRESIÓN FASCISTA

6.1. – Teniente Félix Gil de la Serna, mi padre:

Tres tiros en el cuerpo

Campos de Concentración

Libertad provisional vigilada: 1940

Libertad definitiva: en 1955

6.2.- Soldado Teófilo Gil de la Serna, mi tío. Trabajó esclavo en la construcción del Muro que rodea Tarragona.

6.3. – Pelayo Sánchez Velázquez, tío materno, inventor de maquinaria forestal. Desaparecido en Hendaya

6.4. – Elías Sánz Velasco, Alcalde por el Frente Popular de Sepúlveda, Segovia. Fusilado, SIN JUICIO

6.5. – Elisa-Serna Gil Sánchez, cantautora. Censura, multas gubernativas, busca y captura, persecución, detenciones, encarcelamientos, exilio, quebranto artístico y económico.

Elisa Serna, cantautora: Censura, multas gubernativas, cárcel, exilio, prohibiciones de recitales y giras. Asaltos

[Extracto del escrito remitido por Elisa Serna como parte en el proceso conocido como “La Querella Argentina” contra los crímenes del franquismo][1]

Elisa de niña

… No sé cómo, siempre he sabido que del mismo modo que conocemos la existencia de cuerpos celestes, por los desplazamientos físicos y magnéticos que producen en la materia estelar que les rodea, podríamos conocer también la dimensión del holocausto republicano de post-guerra, por la fuerza ciega con que el fascismo español ha ocultado, encubierto y sostenido el Holocausto Republicano durante sesenta y un años, contando desde el fin de la Guerra Civil, 1 de Abril de 1939, hasta el año 2000, en que el ex-presidente José Luis Rodríguez Zapatero firmaría solemnemente la Carta de Lisboa, que contendrá y liberará parcialmente en España los tan ansiados Derechos a la Verdad, la Justicia y la Reparación.

Desde entonces, nadie puede ya negarnos la represión franquista que mi familia y yo misma hemos padecido en silencio, sin derecho a llevarles ante los tribunales. En los Anexos* encontrará las necesarias fuentes documentales que su instrucción precisa y ya le describo de memoria. Una vez completado el relato de la represión en la primera y segunda generación de mi familia, le enumero sintéticamente lo sucedido a la tercera, empezando por lo más grave y visible: lo que a mí misma me sucedió también, pues en ellos, llamados Últimos Coletazos del Franquismo, fui detenida en comisarías o estuve en siete ocasiones en la cárcel, que paso a detallar sistemáticamente.

1967 – Inicio la composición e interpretación en público de mi cancionero. Le añado en anexos pequeña antología.

1º – Multa Gubernativa

1968 – Primera multa gubernativa. Recital junto a Mike Clyck. 50.000 pesetas por cantar “¡A la huelga!” de Chicho Sánchez Ferlosio en la Facultad de Derecho, donde Cristina Almeida estudiaba y era Delegada del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Madrid, SDEUM. Registro de madrugada y detención domiciliaria. Interrogatorio y posterior calabozo en las Salesas, sede del Tribunal Supremo. Los amigos del barrio y los periodistas Tina Blanco, Mercedes Arencibia y Antonio Gómez hacen una colecta y pagaron la multa.

Nunca les devolvieron ese dinero.

2º – Exilio

Elisa Serna 1977 - interior disco 1

Interior de Choca la mano! (1977)

1969 – Me exilio en París. Aprendo el francés fluido. Trabajo de mañana en Editorial Ebro. El Secour Rouge me facilita una buhardilla, une piol, en la Pza. de la République de París, y de noche canto en cabarettes de gauche de la Contrascarppe parisina. También en La Sorbone y otras facultades con Lluís Llach y Carlos Cano. En la Mutualité con Colette Magny e Imanol, y formamos el grupo 4 Voix pour l’Espagne junto a Imanol, Jean Paul Fertier y Mara. Paco Ibáñez produce mis primeros discos. Y vuelvo a España. Edigsa, Als 4 Vents, Movieplay, Disques Drug de Bretaña, Editions des Femmes o Radio Nacional de España editaron los nueve LPs o CDs que tuve en el mercado.

3º – Rayado de discos, censura, prohibiciones de recitales y giras.

1971/ 1972 – Regreso a España a pasar las Navidades y vuelvo a París. Censura, vigilancia, detenciones en casa de mis padres y a pie de escenario, rayado sañudo de discos en Radio Nacional de España (RNE), Listas Negras en todos los Medios de Comunicación Oficiales (MCO), centenares de recitales y giras prohibidos… Registro de mi apartamento en mi ausencia. Asaltos a taxis. Multas gubernativas imposibles de pagar, porque, además, me niego a financiarles el aparato represivo a los franquistas. Me acusan de varias actividades, entre ellas las anti-españolas en el extranjero, cosa falsa, pues quiero mucho a esta tierra. Mi abogado, José Luis Núñez, del PCE, pide condonación, en vano, y me obligan a hacer cárcel mayor sustitutoria.

4º – Multas gubernativas, detenciones y encarcelamientos:

f (2)

Interior de Quejido (1972)

1973 – Llamaban de madrugada a casa de mis padres, Av. Ciudad de Barcelona 53 (hoy 57), planta 7ª, de Madrid. Eran dos secretas, conducidos por el sereno. Registraban mi cuarto. Le enseñaban, o no, a mis padres la Orden de Registro y Detención para ser interrogada en la Dirección General de Seguridad. Cuando el ascensor nos bajaba al portal, me esposaban –cosa que nunca les dije a ellos, mis padres–, provocándome un pánico paralizante y mucha rabia contenida, porque me sentía indefensa sentada en el Z entre los dos secretas, con sus correajes interiores y su pistola en la cartuchera. Eran muy malos tratos. No existía aún el Habeas Corpus.

En destino la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol, hoy sede del Gobierno de la C. A. Madrid, las detenidas y detenidos atestaban a reventar los calabozos subterráneos. Me hicieron fotos de frente y de perfil sentada en una extraña silla de barbero que los policías giraban de golpe, con un resorte, noventa grados, para fotografiarnos las orejas.

Luego tuve que mojar las yemas de todos los dedos de la mano, llevados uno a uno a derecha e izquierda por el policía, en un tampón de tinta pegajosa, negra, para luego imprimir las huellas, una a una, en las cuadrículas preparadas al efecto en una cartulina blanca. O sea que me ficharon. Me quitaron mi neceser, el poco dinero que llevaba y los cordones de las botas chirucas. Recuerdo que antes una funcionaria me registró en busca de no se sabe qué en un cuarto oscuro que recibía sólo la luz del pasillo –una bombilla débil, colgando–, que debía ser quirófano o algo así, y que, al mirar el instrumental quirúrgico en una bandeja de metal, me aterrorizó.

Yo había oído que pocos años antes habían torturado hasta la muerte a un líder clandestino del PCE, Julián Grimau[2], que le aplicaron electrodos en los testículos a otros, o los hacían tumbarse en un somier de alambre conectado a un potenciómetro eléctrico con el que les daban descargas eléctricas, que iban aumentando hasta el tope si el detenido no hablaba. Se me pusieron los pelos como escarpias.

Algunos detenidos –mujeres y hombres– rompían a llorar incontrolablemente en los calabozos de la DGS a mitad de la noche. Yo intentaba calmarlos, hablándoles por el ventanuco, pero entonces se despertaban los guardias adormilados en su mesa y era peor. Llegaban otros detenidos, ensangrentados, mujeres amoratadas, de las salas ocultas de tortura, donde las golpeaban con toallas enrolladas que empapaban en agua porque creían que así no les dejarían marcas. Yo vi entrar en el calabozo a una mujer con las orejas moradas, los ojos en sangre, en el lapso que tardaban los guardias en cerrarnos apresuradamente el ventanuco enrejado de la puerta. Y como lo vi se lo expreso, Señora Servini, para que nunca más se repita.

Retumbaban en las celdas del suelo, como cajas de resonancia, las campanadas del reloj situado arriba, en la vertical de los calabozos. Es el reloj que RNE usa para transmitir por radio el Fin de Año. El efecto que me produjo nunca se me olvidará: badajazos lentos en campana grande, graves, de reverberación larga, interminable en extinguirse.

Al día siguiente, cuando sonaron las doce campanadas de medianoche, fue –por las circunstancias que me envolvían– como si tocaran a muerto, se me antojaba.

En el calabozo, sucísimo y maloliente, no había cama, ni lavabo, ni mantas, ni colchonetas. Sólo un promontorio de obra a unos ochenta centímetros de altura, pelado, forrado, alicatado de gresite blanco, que se elevaba en un lado como remedo de almohada. El guardia me abría el portón sólo para hacer mis necesidades, ocasión que yo aprovechaba para darme un chapuzón, refrescarme en un lavabillo que había en una esquina –era primavera– y de paso le pedía fuego, que entonces no estaba prohibido. El que hacía de poli bueno en los interrogatorios siempre ofrecía un cigarrillo a los detenidos.

A la mañana de la tercera noche que pasé en vela, llamó de arriba, de los despachos, creo que era el comisario Conesa[3], ex-comunista, para tomar declaración a una joven comunista, la cantante, y me eché a temblar, pero me rehíce antes de salir de allí. Querían doscientas cincuenta mil pesetas porque en el recital del Teatro Benavente provoqué un estado de excitación que podía haber dañado la paz social, según rezaba la multa, o, en caso de impago, sería encarcelada por mucho tiempo.

Me declaré insolvente y después me devolvieron al calabozo. Me sacaron de él otra vez, me esposaron y, a empujones, me metieron en un coche, con dos grises en la delantera y un secreta a mi lado, en la trasera. Yo no sabía dónde me llevaban y pregunté. “¡A la cárcel de Alcalá de Henares! ¡Y calla ya!”, respondieron.

Allí me esperaban otros tres días de celda incomunicada, hasta que una monja de la caridad, con sus almidonadas alas frontales –sin dar ni los buenos días–, entró con un fliz, un pulverizador genital, y me dijo: ¡ábrase de piernas! La humillación que sentí al ser tratada como una presa común fue muy profunda e irremediable. Es posible que todavía viva. Suerte que estaban las políticas Jone Dorronsoro y Arantza Arruti, y todavía estaban cumpliendo condena; que habían sido juzgadas en el Proceso de Burgos, en 1970, vascas, me habían pasado por el ventanuco una muestra de solidaridad que me esperaba en el patio: pasta de dientes, jabón, toalla, peine, al enterarse de que habían cogido a otra política y de que era la cantante, que les habían dicho acababan de detener porque mi hermano menor, Félix, el periodista, lo había denunciado en el periódico Informaciones[4].

5º – Detenciones y cárceles

5º – 1

Sin título

Fotograma de Carne apaleada

Allí me llevaron a la celda 105. Individual, seis metros cuadrados, con el lavabo y W.C. integrado en el mismo espacio. Me volvieron a quitar el neceser, el dinero y los cordones que me habían devuelto los guardias de la DGS. Nos formaban en el patio dos veces, mañana y noche, para contarnos. Gritaban el nombre y primer apellido y nosotras contestábamos con el segundo. Recortaban las noticias importantes de los periódicos; no nos daban salida o entrada a muchas de las cartas que enviábamos, dándosela antes a una funcionaria por obligación.

En la Comunicación con la familia nos decían que nos escribían, pero muchas cartas no nos llegaban. La auto-censura y los cacheos eran obligatorios antes y después de las Comunicaciones con visitas de las familia: separadas de ellos a un metro de distancia, dos muretes gruesos, fuertes, con rejas y alambradas a la altura de un metro hasta el techo, nos separaban; constituían un pasillo, un corredor, donde dos funcionarias, de verde oscuro vestidas, apostadas a derecha e izquierda, se paseaban constantemente de izquierda a derecha y media vuelta, vigilando e interrumpiendo las conversaciones. No nos oíamos. Todos gritábamos. Era patético; pero el ruido nos protegía para que las funcionarias no oyeran algunos mensajes clave que nos intercambiábamos.

Decían que la Censura la hacían los curas, el Obispado. Usábamos papel de pecunio por dinero para comprar en el colmado de la cárcel alimentos, tabaco o productos de perfumería.

Las presas políticas habían conseguido su pequeño estatuto de respeto diferenciado. Éramos alrededor de cuarenta presas políticas, y consiguieron, no obstante, separarse de las comunes, argumentando por escrito los Derechos de los Prisioneros del Tratado de Munich y Ginebra. Instalaron dos duchas, pero las situaron muy lejos de las celdas, al fondo del patio, lindando con la sala de día. Había que atravesar el patio para llegar a las duchas, de buena mañana. Si había tormenta daba igual. Al fondo izquierdo había una tele y a la derecha algún material para tejer macramé, punto, costureros, cartulinas de colores y libros o periódicos autorizados y recortados. No hacíamos cola para comer: nos traían una bromurosa (de bromuro) sopa caliente a las mesas, un segundo plato aceitoso y una manzana o así.

Doy testimonio de que las presas políticas con condenas largas redimían montando diapositivas para la Kodak y etiquetas de equipaje para Iberia. Les pagaban una cantidad ridícula por cada una de las dos artesanías. Ignoro si estas empresas las han indemnizado al salir de la cárcel. Completábamos tan frugal alimento poniendo en común los paquetes que, a cada una, solía enviar la familia, los amigos o el Partido, Asamblea o Sindicato al que perteneciera cada cual, en clandestinidad aún…

En el comedor había tantas mesas agrupadas, separadas, como partidos o sindicatos de izquierdas en ese año, luchando en la calle y la universidad o los tajos: PCE, LCR, PT, FRAP, ETA, Independientes, CC.OO, Cristianas de Base, HOAC y JOC, entre otros. En un principio me senté con las Independientes, por ver el clima que allí se respiraba, los modos y maneras. Luego me fui a mi sitio, la mesa del PCE.

Dolores Sacristán, del PCE, pacientemente, me rehízo, tras tantos shocks traumáticos vividos. Me explicaba en el patio los últimos comunicados de Mundo Obrero, de dónde venía yo y a dónde íbamos. Aprendí a escribir con zumo de limón y otras tretas para sacar o recibir información sensible, política.

Ese plural, íbamos, me hizo recuperar mi perspectiva política y vital, ya no era un ser apócrifo; me salvó del ostracismo en que, por precaución –ante el robo en Comisaría de nuestras agendas telefónicas– nos dejan a veces los partidos una temporada. Durmientes nos llamaban.

5º -2.

Otoño de 1973 – Cárcel de Mujeres de Yeserías, Madrid – Éste es el único encarcelamiento que sufrí, en 1973, por causa distinta a mi trabajo de cantautora, pero está íntimamente ligado a mi filosofía.

Los trabajadores de la fábrica de bombillas y bujías Robert Bosch habían pedido apoyo y extensión para la huelga por mejores condiciones de trabajo y salarios a los sectores laborales de la Cultura. Nos invitaron a una gran Asamblea en la Iglesia del Dulce Nombre de María, de Vallecas, Madrid, donde sus líderes sindicales expusieron cuál era la situación. Acudimos muchos, seríamos unos doscientos.

Antes de que acabara de hablar el último activista, empezó a saberse  entre los asistentes invitados, que se acercaban autobuses de los grises, de los grandes, de los de treinta plazas. De inmediato se produce una estampida que deja el pavimento del templo regado de llaves, monederos, tarjetas, agendas, cuadernillos de apuntes, mundos-obreros…, que los asistentes dejan caer en su huida para que no les relacionaran ni perjudicar a las personas cuyas señas o teléfonos tenían allí apuntados, e impedir el paso sin permiso judicial a sus apartamentos, domicilios o lugares de trabajo, a veces clandestino, porque igual tenían allí escondida una multicopista de aquellas de clichés de cera: las vietnamitas, las llamábamos.

Pero no había escapatoria posible. Nos fueron subiendo porra en mano, pistola en el cinto, a los autobuses de treinta en treinta. Al llegar al patio de la DGS separaron hombres por un lado y mujeres por el otro. Nos impusieron una multa de setenta y cinco mil pesetas a cada una, que nadie abonó; y las chicas, cincuenta por lo menos, de entre las cuales veinte éramos la caída de CC.OO. Fuimos confinadas en una celda colectiva donde ya había otras presas –con su confidente de rigor incluida, es de suponer‒ en la Prisión de Mujeres de Yeserías, que después de la guerra, años cuarenta, se llamó Campo de Concentración Miguel de Unamuno, donde estuvo prisionero mi propio padre –ahora lo sé– y trasladado más tarde a Alcalá de Henares, al Manicomio habilitado como prisión, por el hacinamiento de presos, al acabar la guerra, al Campo de Concentración y, por último, al penal de Miranda de Ebro.

Pero no borrarán con los cambios de nombres la memoria de las víctimas o familiares y amigos de víctimas de Franco.

Otro cambio de nombre ha sobrevenido a ese Presidio de Mujeres-Campo de Concentración: ahora se llama Centro de Rehabilitación Social de Mujeres Victoria Kent, pero es el mismo, el de la calle Batalla de Belchite de Madrid. Conjunto de edificios donde estuvo prisionero mi padre y donde, pasando el tiempo, estuve yo. Está en el barrio de las Delicias de Madrid, bajando hacia el río Manzanares.

Yo estuve veinticuatro días allí –la Prisión de Mujeres de Yeserías, Madrid–, como una leona encerrada, dando vueltas al patio, cuando estaba en el mejor momento de mi carrera musical. La gente me llamaba constantemente para dar un recital en ese momento. Había comprometido y ensayado con músicos. Tenía el mismo manager de Luis Pastor: Rufo, un ser encantador que falleció hace unos años. Después Fernando Jurado tomó el relevo. Se comprende bien que la represión en esos años era feroz, paralizante y no soy nadie para perdonar a ninguno de los responsables de la DGS, de Instituciones Penitenciarias o Directores de Cárceles de la época. No, ni uno solo de los minutos que mis familiares o yo pasamos en ese lugar –en distintas épocas– injustamente.

A veces pienso que los fascistas quisieron seguir atacando a mi padre donde le dolía, al encarcelarme de su hija menor, a pesar de que ya había sido puesto en libertad definitiva en 1955.

Por Yeserías andaban las detenidas y condenadas por prestar ayuda a quienes aquellos jueces franquistas creyeron responsables de la explosión de la Cafetería de la Calle del Correo de Madrid. Mujeres dignísimas, anti-franquistas, ilustradas, como Eva Forest, Pilar Bravo, del Comité Central del PCE –que no entró a la cárcel por esta caída–, Lidia Falcón, abogada y feminista, o Carme Nadal, una aristócrata de la isla de Mallorca con la que trabé una buena amistad que dura hasta nuestros días.

5º – 3.

1975 – Prisión de Mujeres de Picassent de Valencia. Todo el mes de Mayo encarcelada, por orden del Gobernador Civil de Valencia:

Faltaban siete meses para que Franco muriera. Su enfermedad tuvo el efecto de agravar la represión contra toda la oposición, particularmente a las izquierdas marxistas que buscábamos una salida pacífica, democrática, a la dictadura, fuera el que fuera nuestro oficio o carrera.

En primavera di un recital en la Facultad de Filosofía de Valencia, y al presentar la canción “105 celdas”, que había escrito en la cárcel de Alcalá de Henares, se la dediqué a Marcelino Camacho y a todos los detenidos del Proceso 1001 contra Comisiones Obreras, que habían sido juzgados y encerrados en la cuarta galería de la prisión de Carabanchel de Madrid, junto a Sartorius, el escritor Armando López Salinas o el poeta Carlos Álvarez, entre otros. Expresé en la Facultad de Filosofía de Valencia mi convencimiento de que todos esos intelectuales eran luchadores por la libertad y no delincuentes para tenerlos en esa cárcel atrapados.

Acabado ese recital y otro en el Valencia Cinema, volví a Madrid sin percance alguno. Pero un día, a finales de Abril, los trabajadores de Sagunto, cuya siderurgia querían cerrar los franquistas, me llamaron para dar un recital de solidaridad con su lucha en esa ciudad. Acudí de mil amores, y cuando acabé el recital, se me echaron encima dos policías secretas, me llevaron a un aparte y me mostraron una multa de ciento cincuenta mil pesetas, por llamar luchadores por la libertad al presentar la canción “105 celdas” en la Facultad de Filosofía de la ciudad del Turia.

El proceso de detención y encarcelamiento fue similar al sufrido en la cárcel de Alcalá de Henares, pero el emprisionamiento en esa cárcel iba a ser muy distinto. Mucho más denigrante. Y paso a describir brevemente lo allí visto y sufrido en Mayo de 1975:

A pesar de que acababan de pasar las movilizaciones y los saltos propios del 1º de Mayo, no ingresó en Picassent ninguna presa política más que yo. Estaba sola con mis afanes revolucionarios. Era imposible tener el más mínimo estatus, algo diferenciado, de debate o estudio separado de las presas comunes.

Durante los tres días de rigor incomunicada, me tiraban el plato de comida al suelo, o los grasientos vasos de aluminio con sucedáneos de café o chocolate, y mucho bromuro.

Cuando salí al patio, me encontré rodeada de pobres mujeres cumpliendo condena por robo, tráfico de drogas, asesinato y prostitutas. Tal vez las presas sociales son también políticas, y

  1. Tenían que hacer cola para que les dieran comida.
  2. Las obligaban a limpiar la cárcel de arriba abajo. No había guantes, ni recogedores, ni accesorios de limpieza de letrinas.
  3. Las funcionarias las llevaban la ropa sucia de sus familias a lavar a las presas, prometiéndolas en falso que les rebajarían la condena, cosa que jamás ha dependido de las funcionarias de prisiones en España. Las presas les ponían los rulos, les hacían la manicura y la pedicura.
  4. Obligaban a las prostitutas a ir preparando un altar para hacer procesiones a la virgen del 2 de Mayo, y a ensayar la procesión y los cánticos, dando vueltas al patio, con velas encendidas y entonando, agriamente, aquello de con flores a María que madre nuestra es. Con sus cabellos desteñidos y su ropa prieta, se mofaban de lo divino y lo humano.

Berlanga perdió una gran ocasión para filmar el esperpento, el retorcimiento de las conciencias descreídas, de aquellas mujeres a manos del sacerdote de la prisión. Marginales y hundidas hasta las cejas en el lumpen valenciano.

  1. Las que tenían mucha condena y se encontraban cumpliéndola dentro de aquella jaula, redimían condena haciendo jaulas para pájaros, de madera con barrotes de hilo de cobre. Tardaban muchos días en hacerlas. Les quedaban preciosas, recuerdo, pero sólo les pagaban una (1) peseta por cada jaulita que terminaran.

*

A los cinco días de llegar a esa cárcel, me acordé de Pasionaria –más vale morir de pie, que vivir arrodillados‒. Verdaderamente, aquellas mujeres estaban siendo arrodilladas, degradadas, cosificadas, tratadas como perros. A mí se me hizo intolerable la situación en aquel presidio, y hablé con las que me parecieron más buena gente. Les conté cómo, plantando cara, muchos obreros estaban mejorando algo su situación, como lo de Bombillas Bosch, o cómo los detenidos en la cuarta galería de Carabanchel luchaban por la Amnistía para todos los demás también.

No sé, les dije que la situación en que vivíamos allí era una excepción insoportable, un abuso, respecto a las demás cárceles de mujeres; que no sé: podíamos celebrar el 1º de Mayo tirando por las ventanas todos los colchones, sin quemarlos, como habían hecho los presos comunes amotinados en otras cárceles, creo recordar que en Carabanchel de Madrid.

Y la idea cuajó en dos días. ¿Cuál no sería el hartazgo de aquellas mujeres? Y tal como lo hablamos, lo hicimos. La respuesta del director de la cárcel y el sacerdote –que día a día consumaban el sádico pastoreo a personas tan castigadas y desengañadas por el sistema– no se hizo esperar.

Nos encerraron en las Celdas de Castigo, de Incomunicación, y pasaron siete interminables días con sus noches. El estatus en las celdas normales también cambió: sólo podíamos usarlas para dormir, de noche, creo recordar. Pero ganamos parcialmente la batalla:

  1. La procesión en la Cárcel, para el 2 de Mayo, se suspendió.
  2. Nos traían unas soperas a las mesas, como en Alcalá de Henares.
  3. No había que hacer cola para que nos dieran la comida.
  4. A mí me dejaron leer y tocar la guitarra en la Escuela diminuta de esa cárcel. Una funcionaria me enseñó a hacer sonetos y escribí, entre otras canciones, el “Soneto de la Plaza de Oriente”, en cuyo palacio estaba siendo coronado Juan Carlos I, que ayer, lunes 2 de Junio de 2014, abdicó en su hijo Felipe VI.

Pero nos siguieron castigando a limpiar las celdas, los pasillos, el patio y todas las letrinas del fondo con las manos.

  1. Compraron, no obstante, cogedores y nuevos cubos de basura, alguna escoba…

Nadie se animó a entrar a la Escuela a estudiar o leer algo. Lo peor fue que a mí me separaron de las Comunes: me llevaron a un pabellón de cuatro plantas, que decían era para las políticas, pero todas las celdas estaban vacías, salvo la mía. La funcionaria además tenía la maldita costumbre de apagar todas las luces en cuanto yo entraba a la celda. Pasé mucho miedo, porque en Madrid, cuando apagaban las luces de algún barrio, es que iba a haber redada policial.

Un día me llamó el cura a su despacho. Quería el hombre adoctrinarme. Pinchó en hueso. Fue una entrevista muy corta. Me decía que yo estaba allí porque Dios lo había querido y, bueno, le contesté que no. Que estaba allí más bien por voluntad del Gobernador Civil de Valencia. Me decía que era bueno rezar e ir a misa. Le dije que yo no era creyente, que me parecía que Dios no existía. Se levantó de repente y se fue. Yo hice lo mismo, por si volvía con un guardia civil.

  1. Dijeron que iban a hablar con los pajareros del mercado para que subieran el precio que pagaban, y así fue, les dieron el doble: dos pesetas.

Pero otras mujeres decían que los pajareros daban mucho dinero por la jaulas y que, antes de llegar a ellas, se perdía en los bolsillos de la burocracia de prisiones.

Cuando me fui de allí, a primeros de Junio, una de las presas, que había bordado un dibujo de un ojo en tela vaquera, me lo dio para que lo cosiera en la espalda de la cazadora y viera venir, con tiempo de huir, a la policía. Ella enseñaba en el patio cómo se roban las carteras. Yo me palpé el bolsillo trasero al despedirme de lejos y sí, allí estaba. Ella me vio el gesto. Nos reímos de lejos al despedirnos.

Pido Justicia con todas mis fuerzas, por el abuso de poder que en Valencia quiso esclavizarme a mí y al resto de aquellas pobres presas comunes. Corría el año 1975. Faltaban sólo seis meses para que muriera Franco.

*

6º – 4 asaltos y detenciones de 48 ó 24 horas en 5 comisarías, 1970-1975.

Se produjeron en Santander, Valladolid, Oviedo, Elche, Las Palmas de Gran Canaria y, dos veces más, en Valencia

  1. 1) – Santander:

elisa b-n144

Me prohibieron el recital un día antes de celebrarse. Los estudiantes que habían pedido los permisos, cumplido los trámites de Censura, Gobernación y Ministerio de Cultura, hecha la promoción y pegada de carteles previa por la ciudad, organizaron una manifestación por el Paseo Principal en protesta por la prohibición.

No obstante, viajé a Santander cuando los estudiantes me comunicaron telefónicamente que habían recibido, con unas horas sólo de antelación al Recital, el escrito del Gobernador prohibiéndolo. Al llegar me lo dijeron desconsolados –todavía no había móviles– y en la estación de tren de Santander decidí quedarme y manifestarme con ellos en protesta.

La policía estrenó con nosotros sus nuevos uniformes, cascos en vez de gorras, y escudos; les quitaron los abrigos acampanados y les pusieron un chaquetón ajustado con un cinto negro; el resto todo gris, aún.

A mí me detuvieron y me llevaron sin que mediara razón o multa. Nada, sólo represión en estado puro. Cosa de probar sus nuevos artilugios. Los guardias me llevaron a empujones a un calabozo horrible, que más bien parecía una cuadra, pues el suelo era de tierra y paja; la puerta era de las cortadas horizontalmente por la mitad. Tenía el paño superior abatible, pero jamás lo abrían mientras duró mi detención: dos interminables días en que mi naturaleza se mostró inoportuna.

De repente, con el susto, se me adelantó la regla. Se mofaban de mi estado vulnerable, que discurría hasta los pies. No había duchas por allí y tardaron muchas, muchas horas en traerme unas compresas. Son cosas muy humillantes, imperdonables, para las que pido Justicia, Sra. Servini.

A los dos días me pusieron en libertad, como digo, por las buenas artes y gestiones de mis amigos estudiantes de Santander y el matrimonio Viadero de Librería Documenta, a los que desde aquí vuelvo a dar las gracias por el libro de Empédocles que me hizo abstraerme algunos ratos de la incuria que vivía en esos momentos.

*

  1. 2) – Valladolid 1: Asalto 1
43elisa

Foto de El Yeti para la entrevista de Álvaro Feito “Elisa Serna: balance de ocho años de franquismo” (Triunfo, 1976)

Con motivo de la Huelga de la fábrica de FASA-RENAULT en Valladolid, los estudiantes de la Universidad de Valladolid quisieron solidarizarse con la justa lucha de las trabajadoras y trabajadores de la fábrica de coches.

Me llamaron y organizaron un recital en la Facultad de Filosofía. Montaron un escenario dentro de una importante aula acristalada. Situaron todas las mesas al fondo de la enorme aula y encima instalaron los micrófonos. Iba yo con todo mi grupo: Miguel Ángel Chastang al bajo, Morote al chelo, Lobo a la guitarra y pequeñas percusiones. Estaba saliendo todo muy bien, cuando de súbito entra en la sala un grupo de ultras, armados de cadenas, y rompen los cristales que rodeaban el recinto. Nosotros nos pusimos debajo de las mesas, hasta que un estudiante nos dijo que podíamos huir a Valladolid saltando una valla que había tras la cafetería de esa Facultad.

Salimos de allí como alma que lleva el diablo, con todos nuestros instrumentos. Bajamos a la Cafetería, un músico se puso a horcajadas sobre el muro separador y, a la velocidad del rayo, le fuimos lanzando todos los instrumentos: desde la flauta hasta el contrabajo. Otro músico los tomaba al otro lado de la salvadora pared. Cuando saltamos todos al otro lado, cada uno con su instrumento, empezamos a correr, como si nos persiguiera un toro en San Fermín, no sabíamos hacia dónde, así que entramos en un portal que vimos abierto y subimos las escaleras como una centella, hasta la terraza. Allí, por fin, nos sentamos recostados en el lado interior, claro, del murete que rodeaba la terraza, y suspiramos por fin con mucho alivio.

Ignoro, Sra. Servini, qué delito se puede aplicar al grupo de ultras que nos atacaron, pero se pareció mucho al terrorismo. Cuando huimos de aquella clase, vimos estudiantes a los que les sangraba la cabeza.

*

  1. 3) – Valladolid 2:

En otra ocasión, un grupo de cristianos de base nos llamó a Teresa Rebull y a mí para cantar en una Iglesia del barrio de Las Delicias de esa ciudad. Y allí nos fuimos con las guitarras.

Fue impresionante la hospitalidad y el cariño con el que nos recibieron aquellos vecinos, su ausencia total de catalano-fobia. Había que oírlos cantando a Theodorakis en catalán, en Valladolid:

Tots esperem el só llunyà de les campanes,

en una terra qu’és de tots i de nosaltres!*

Hacía un frío que helaba los huesos, así que, ni cortos ni perezosos, los vecinos montaron una enorme hoguera controlada, pero dentro de la Iglesia, que si mostró el aggiornamento de los cristianos en esa ciudad, a punto estuvieron de dejarnos, por la inhalación de humo, roncas para todo el año.

*

  1. 3) – Detención en Oviedo (Asturias): Asalto 3

En esta ocasión fue el Partido Comunista el que nos avisó para hacer una gira por la Cuenca minera.

Bajábamos en un taxi la cuesta de bajada que separa a la Facultad de Filosofía de Oviedo de la Estación de Tren. Y sin saber cómo ni de dónde habían salido, se nos echan dos policías de paisano encima del taxi en marcha, como en los asaltos a las diligencias en las películas estadounidenses del Oeste.

Abren las puertas traseras del taxi, con el coche en marcha… Descubren su Chapa de Identificación policial con la mano, enseñándonos la parte interior de su solapa. Todo en la fracción de unos segundos. Vemos la chapa y nos dicen: ¡Policía! ¡Bájense!

(Mire, Sra. Servini: ahí demostramos que del corazón estábamos bien, porque el susto fue mayúsculo, pero considero que no ha de ser tan difícil encontrar a esos asilvestrados y que nos reparen por lo sucedido).

Pero bien, nos llevan a Comisaría, se quedan con las guitarras y los maletines para hacer un Registro y, mientras tanto, nos distribuyen a cada una en una –Teresa Rebull y yo– celda distinta.

Cuando nos llamaron a declarar fue por separado, pero las dos decíamos las mismas cosas. Muy curioso. Teresa Rebull iba a cantar la poesía erótica del excelso poeta catalán Salvat-Papasseit, y yo al poeta que dijo ser barro: Miguel Hernández, de Orihuela, Alicante, muerto de hambruna o tuberculosis, tras ser confinado en Campos de Concentración, como Vd. bien conoce.

Tuvimos con el Comisario un cruce de opiniones sin ningún tipo de sumisión por nuestra parte, que puso de relieve el instinto de supervivencia acumulado en esta Piel de Toro en las trovadoras, y lo anacrónico y retrasado, respecto a los países de nuestro entorno, de los valores y principios, y la falta de formación literaria de algunos servidores del Estado en el lustro 1970-1975, últimos coletazos del Franquismo. Fue algo así.

Llamaron primero a declarar a Teresa Rebull:

‒Comisario: Ya he leído sus letras, las que quería cantar en Oviedo. ¿No le da vergüenza, tan mayor, venir aquí a cantarnos coplas pornográficas?

‒Teresa Rebull: ¿Ah sí? Ya veo: no le gusta la poesía de Papasseit, ni sabe quién es.

‒Comisario: Pues no. Me parece una vergüenza que siendo Vd. tan mayor cante esas letras tan obscenas por el mundo.

‒Teresa Rebull: ¿Obscenas? ¿En qué mundo vive Vd.?

‒Comisario: Mire, Se-ño-ra: ¡en el mundo de las personas decentes!

‒Teresa Rebull: ¿Ah sí?, ¡… decentes! ¡Decentes! ¿Pues sabe lo que le digo? Que Vd. nos ha detenido porque odia a las mujeres y no hace el amor. ¡Es Vd. sólo un re-pri-mi-do!

‒Comisario: ¡Guardias! Llévense a esta mujer a la celda y tráiganme a la otra.

Me interroga de pie.

‒Comisario: Y Vd., ¿qué? ¿No se cansa de cantar a los rojos?

‒Elisa Serna: Pues no. Es mi libertad.

-Comisario: ¡Aquí no hay más libertad que la que yo diga! Y Vd. es mi detenida ¡y una subversiva!

‒Elisa Serna (con sorna): Oiga, que yo he estado en París y he vivido la libertad que se respira allí desde la Revolución Francesa.

‒Comisario (se echa atrás en su sillón y dice: “¡Ya!”, al tiempo que toma una voluminosa carpeta azul de gomas de una bandeja de alambre tejido).

‒Comisario: ¿Sabe lo que es esto?

‒Elisa Serna: Ni idea.

‒Comisario: Pues es un Informe de la policía española en París, donde la acusan de actividades anti-españolas.

‒Elisa Serna: Pues se equivocan. Yo quiero mucho a mi tierra.

‒Comisario: ¡Bueno, miren! (da un puñetazo en la mesa) Ya me han cansado. (Mirando al mecanógrafo) Haga el favor, Ramírez, de expulsar de Asturias a estas mentecatas (mirándome a mí): lo de la gira por la Cuenca minera ¡queda suspendida! Tienen Vds. dos caminos: o se vuelven a la Estación y se van de Asturias, o se quedan detenidas aquí dos meses. Vds. verán.

(Voy al encuentro de Teresa –¿dónde va Vd.?, gritan a mi espalda– que quiere que la abran la celda).

‒Elisa Serna: Oye, ¡vámonos de aquí!

‒Teresa Rebull: ¡Ramírez! ¡Ábrame la celda!

‒Comisario: ¡Estas mujeres me van a volver loco! Ramírez es el mecanógrafo. Les van a acompañar dos agentes a la Estación, en un Z (el Seat con sirenas que ponían en el techo exterior, de un manotazo, indicando que estaban de servicio).

‒Los dos grises: Ya lo han oído, recojan sus guitarras y salgan por la puerta, y mucho cuidadín. ¡Vayan delante, que las veamos!

El tren a Madrid pasaba en media hora. Lo tomamos con la mirada de los secretas, agazapados por la estación, clavada en la nuca, y cuando el tren arrancaba, ¡pí, pí!, ¡Viajeros al tren!, nos miramos; yo le dije: ¡Pornográfica! Ella me respondió: ¡Subversiva! Y nos reímos a carcajadas incontenibles un buen rato, que aflojó la tensión y el miedo que acumulábamos, porque una cosa era mantener el tipo ante la policía y otra, muy distinta, la procesión que llevábamos dentro. Despotricamos sin reprimir los improperios, asomadas a la ventanilla, con el viento fresquito en el rostro, las montañas verdes, de lo cuartelera que todavía era la España del comisario; un país tan hermoso, que era el nuestro, y que algún día cambiaría; proclamaríamos ¡la República! Comprendimos que la revolución –entonces hablábamos en esos términos– tardaría mucho todavía en llegar, pero que el día que los Derechos nos ampararan, contagiaríamos nuestras ganas de vivir sin ataduras, cantando los versos de nuestros mejores poetas; que entonces haríamos y diríamos lo que nos petara en libertad. Pero ese tiempo no llegaría. Lo que llegó en los ochenta fue La Movida.

  1. 4) – Asalto 5 –Comisaría de Elche (Alicante). Homenaje prohibido al miliciano y poeta Miguel Hernández

Indudablemente, la mayor ofensa que se puede hacer a un poeta que hubiera muerto de manera inducida por el abandono médico y alimenticio, como le sucedió a Miguel Hernández, y además prohibir también todos los homenajes que los conocedores de la altura poética del bardo de Orihuela quisiera rendirle.

La detención que sufrimos el grupo de poetas, artistas e intelectuales que quisimos homenajearle durante los cinco años del período conocido como Los últimos coletazos del franquismo, entendida desde esas coordenadas, adquiere un filo doble, como las nuevas cuchillas de las alambradas de Ceuta[5]. Entre el grupo de poetas que fuimos a Alicante, en ese lustro, estaban José Hierro, José Agustín Goytisolo, Carlos Álvarez, Armando López Salinas, entre otros.

Todos ellos han sido reconocidos en el transcurso de la democracia, con cicatería –si consideramos que nombraron lo inefable, haciendo disminuir algo el sustrato de las verdades que se nos ocultaban– junto a grandes muestras del afecto, algunos premios; el mejor de ellos, la inclusión de sus versos en el currículo escolar y las musicaciones de sus poemas, que dieron a conocer su obra entre los más jóvenes.

Sin embargo, las nomenclaturas gubernamentales de la Democracia española no han accedido a anular el juicio franquista, por el cual, el Ejército Rebelde, en 1939, condenó a Miguel Hernández por un delito de rebelión contra el Ejército Rebelde. Un bucle del que todavía, 2015, no-hemos-conseguido-desenredarnos…

El año que me sumé al viaje hacia Orihuela, su ciudad natal, para homenajear a Miguel Hernández, como los anteriores, se produjeron detenciones, fuimos dispersados y además no nos dejaron entrar en el pueblo. Tuvimos que tomar los coches de nuevo y optamos por homenajearle en un pueblo cercano, Elche.

Allí, como anticipo al principio, fuimos detenidos en Comisaría José Agustín Goytisolo y yo, durante muchas horas. Pero ¿qué era eso al lado del cautiverio, la cárcel al acabar la guerra, la enfermedad contraída por hacinamiento y su, tan sibilinamente tramada, muerte de Miguel Hernández?

Pues entiendo que, a la luz de los derechos a la Verdad, la Justicia y la Reparación, era y es un atentado al Derecho de la Libertad de Expresión, una grave ofensa a Miguel Hernández y una insoportable, por repetitiva, andanada franquista a nuestros derechos de reunión y manifestación, que la Ilustre Juez Dª María Servini de Cubría –como a todos los episodios de violencia descritos a lo largo de estas torpes páginas– sabrá valorar y juzgar.

  1. 5.) – Canarias: Batalla campal estudiantes-policía, por la prohibición –en el último momento– de otro recital, en el Campus de Las Palmas.

Los estudiantes vinieron a buscarme al aeropuerto y me contaron que el Gobernador había prohibido, hacía tres horas, el Recital que iba a dar en el Campus de Canarias, Las Palmas –recuerdo que entonces no había móviles–, cuando yo andaría embarcando en el avión de Iberia, Barajas (hoy Adolfo Suárez), y que habían sucedido cosas graves.

En efecto, algunos profesores y los estudiantes se habían puesto en Huelga. El Gobernador envió a la Policía con jeeps acorazados y el nuevo armamento disuasorio: pelotas de goma, porras, esposas.

Los estudiantes y algunos profesores y profesoras los recibieron a los gritos de ¡Fuera Policía! Las cosas fueron a peor: tiraron a pistola de bala. Un estudiante fue gravemente herido. Murió en un hospital cercano.

El Campus estaba situado en la cima de un promontorio, y esa posición más elevada les permitió comprobar que al oír los disparos, a los guardias y a los jeeps, les estaban cayendo una lluvia de piedras medianejas. Algunas hicieron diana. Y la poli se metió en ellos y bajó los caminos dejando una nube de polvo. Se retiraron. Los estudiantes habían ganado.

Me llevaron al lugar, miré bien por el campo de batalla, y me traje una pelota de goma, una chapa de algún policía y un casquillo de bala, que desde entonces guardo y pongo a su disposición, ilustre Juez Servini.

  1. 6) – Asalto 6.6.3 – Valencia Cinema.

Los organizadores habían conseguido todos los permisos. Hecho la pegada de carteles, pasados los trámites de Censura e incluso publicidad en la Guía del Turia. Corría el año 1976 y parecía que la muerte de Franco había calmado los ánimos a los fascistas de Valencia.

Pero cuando estaba cantando a poetas palestinos, unos versos de Tawfid Zayad, “Con los dientes”, vi que entraban dos filas de grises en silencio, con la luz de la sala apagada, por los pasillos laterales. Nos llevamos un susto brutal, pero yo no sé de dónde saqué valor y no dejé de cantar, ni ésa ni las siguientes. No se atrevieron ellos a entrar en el escenario. Los organizadores hablaron con ellos, les mostraron los permisos y por una vez levantaron la mano. Y abandonaron el recinto del Valencia Cinema, por donde habían venido. Ni qué decir tiene que, esa vez, acabamos todos en la playa de la Malvarrosa, dando cuenta de –no recuerdo– unos buenos boquerones fritos, por ejemplo.

  1. 7) – Asalto 6.7.4 – Campo de Fútbol del Valencia C.F.
Elisa Serna. (Fotografía de Juan Miguel Morales).

Fotografía de Juan Miguel Morales

Luis Vicente, el amigo valenciano de los cantautores, junto al tejido asociativo de izquierdas de 1977, pensaron en organizar un encuentro de los que llamábamos Ibéricos, porque actuaban en su lengua propia catalanes, andaluces, vascos o gallegos. Se estaban preparando las primeras Elecciones Libres en España después de cuarenta y dos años de Dictadura. Los cambios sucedían muy deprisa, como hoy. Los partidos políticos habían sido legalizados, incluido el PCE, en la primavera del año en el que estábamos, el setenta y siete, y las exigencias de libertad de las culturas catalana, vasca y gallega arreciaban. Sus cantautores acudieron al Conciertazo, diríamos hoy. Lluís Llach, Manuel Gerena, Miro Casabella, Labordeta, el padre de la criatura, Paco Ibáñez o yo, estamos en unos preciosos y enormes carteles que Luis Vicente había hecho diseñar.

Con todo en regla, fuimos llegando todos al Estadio. Caminábamos por las gradas al escenario, para dejar nuestras herramientas, las guitarras en el camerino, que eran los vestuarios del club; pero al ir a probar el sonido y estando ya delante de los micros probando luces, quitando graves, en fin, con los prolegómenos serios de una cita tan importante, de súbito empiezan a entrar a las gradas también decenas de grises, con sus uniformes nuevitos, porra en mano. Nos miramos todos y exclamamos: ¡Ya están aquiiií! Todos rodeamos a los organizadores para negociar con la Policía Armada y, tras mucho forcejear, suspendieron el conciertazo.

Nadie nos indemnizó por el quebranto de nuestra libertad ni de nuestra economía, cuando la social-democracia ganó las elecciones en 1982, por ejemplo.

Pero hacía dos años que había encontrado pareja, me casé y viví muy feliz durante diez años más, en Barcelona. Lo viví como si fuera el premio que, por tanta represión fascista y tantas detenciones, me hubiera merecido. Hoy, de nuevo en Madrid, desde mil novecientos ochenta y cuatro, a punto de conseguir los derechos a la Verdad, la Justicia y la Reparación en Buenos Aires, Argentina. Estoy esperanzada, contenta, sin tener muchas razones para ello: estudio en la Universidad Complutense de Madrid, tengo una pensión ridícula y no sé, creo que mi familia y yo podremos desarrollar todas nuestras potencialidades artísticas o intelectuales, con la ayuda de la Honorable Judicatura Argentina.

Es posible que un día se pueda hacer Justicia en mi país, aquel por cuya libertad creo que la familia Gil Sánchez se ha empleado a fondo, desde 1870, pero eso tal vez lo vean mis sobrinos o incluso mis sobrinos-nietos. La vida sigue…

Elisa Serna, para Gustavo. Madrid, 4 de Octubre de 2015, 21:30h

[1] Dada la naturaleza del escrito, se ha respetado íntegramente su contenido, salvo las correcciones estilísticas que he juzgado pertinentes, y que, en ningún caso, afectan a su esencia de contenido.

* No se incluyen aquí los anexos a los que Elisa Serna se refiere y remite a la juez Servini de Cubría.

[2] Sin duda una exageración de Serna: Grimau fue fusilado más tarde.

[3] Roberto Conesa Escudero fue, efectivamente, miembro de las JSU. Comenzó su carrera policial en la posguerra, como infiltrado de la policía política, traicionando y descubriendo a sus antiguos correligionarios, entre ellos a las “13 Rosas”.

[4] Es posible que Serna se equivoque de año: la única nota relativa a este suceso aparece fechada el 11 de marzo de 1974 sin firma.

* «Todos esperamos el sonido lejano de las campanas,/ en una tierra que es de todos y de nosotros». Teresa Rebull: “Les campanes de la resurrecció”; Teresa Rebull (EP). Se trata de una versión de la canción de Mikis Theodorakis, Θα Σημανυν Oι Καμπες, sobre el poema de Yannis Ritsos, adaptada al catalán por Josep Maria Espinàs (la canción original dice sota la terra, “bajo la tierra”).

[5] Se refiere a las concertinas que el Gobierno Español situó en la valla que separa Ceuta de Marruecos para disuadir a los inmigrantes sub-saharianos de saltarla y entrar en el país.

Anuncios

Discópolis


46085521_2194465707469097_9049295010893135872_nUn verdadero honor y un privilegio la invitación que me hizo José Miguel López para intervenir en su programa de referencia, Discópolis, para hablar de mi tesis La formación de una cultura de la resistencia a través de la canción social. Todo un honor para un discopolita declarado como yo.

Página de Facebook de Discópolis

Podcast: http://www.rtve.es/m/alacarta/audios/discopolis/discopolis-10352-gustavo-sierra-12-11-18/4836321/?media=rne

 

Billy (“Algo es algo”)


Ésta es la sinopsis y recensión de mi primera novela, Billy (“Algo es algo”), la cual busca casa editorial. Interesados, dejar comentario aquí o en la sección de Comentarios

Tres cosas atormentan al ex inspector de policía Guillermo Niño Pérez: un vecino que le obsesiona, el recuerdo de un crimen y una querella por sus torturas durante el franquismo. Por si esto fuera poco, se une la inquietud hacia un asesino en serie que parece pretender imitarle. Convencido de su intuición, el antiguo policía se dispone a desvelar cuál es la identidad del asesino, mientras los recuerdos le asaltan una y otra vez, entrelazándose con sus inquietudes, mientras su juicio se presenta inminente.

Billy_the_Kid_algo

Portada promocional

Billy (“Algo es algo”) es una novela de hechos y personajes ficticios, inspirados en hechos y personajes reales, con un final sorprendente y desconcertante. Tiene una lectura ágil, conjugando el misterio de la novela policíaca y una clase de historia en la que no se juzga, sino que son los actos los que hablan: es una novela que hace reflexionar. Su estructura puede denominarse de “capas de cebolla”: es un rompecabezas en el que cada capítulo nos desvela un hecho o un detalle de sus protagonistas, de manera que el lector va completando la imagen de unos personajes complejos en su cabeza. Es una lectura cautivadora: quien la lee se ve impelido a satisfacer la intriga. La variedad de registros y modos lingüísticos añaden riqueza a su lectura, convirtiéndola en una novela muy detallista. Adornan la narración distintos recursos, como flashbacks, simultaneo de escenas y algunos efectos visuales y narrativos que captan la atención del lector. Como colofón a su originalidad, los nombres de los capítulos son versos de canciones y poemas, debidamente citados al final de la novela.

https://www.facebook.com/adoptaabilly/

Experimento GH: las ratas libres del laboratorio social


Telescreen

Me daba un poco igual la final (el ganador, más que cantado), y salí. Vuelvo a mi casa, y cuando llego al portal escucho una algarabía que venía de los balcones, como si se hubiera marcado un gol: no sólo anunciaba al flamante ganador de la primera edición de Gran Hermano, era la constatación de que el mayor experimento sociológico hecho en televisión había triunfado.

Puede que a estas alturas, cuando el famoso formato televisivo que causó impacto y (pseudo) revolución cultural en la España del siglo XXI ha muerto (o eso parece), no tenga demasiado sentido hablar de él, pero, como con tantas otras cosas que no acabamos de entender, también es bueno echar la vista atrás, contemplarlo todo con perspectiva y preguntarnos: ¿qué nos ha pasado? Ésta es sólo una opinión: puedes compartirla, llamarme ingenuo o alarmista, o puedes decir que sólo fue un espectáculo. En cualquier caso, no agobiaré con detalles del programa, sus personajes ni curiosidades, aunque acaso me detendré en la primera edición. Sí puedo asegurar que nadie será difamado (curémonos de espantos).

Génesis: Érase una vez, en Holanda…

International_Logo_of_Big_Brother_Wikipedia

Big Brother, cuyo título está inspirado por George Orwell, fue una idea del productor holandés Jon De Mol Jr., y consistía en encerrar en una casa a un grupo de personas anónimas que no se conocieran entre sí para que convivieran; la abundancia o escasez de provisiones en la casa dependía de si superaban o no algunas pruebas grupales. A lo largo de la semana, los televidentes veían cómo los concursantes llevaban esa convivencia, y podían evaluarla decidiendo si expulsaban a aquellos concursantes que contaban con los suficientes votos de sus compañeros para abandonar la casa: lo que se llamaba nominar (muy parlamentario). Naturalmente, la audiencia se inclinaba más por aquellos que les eran más simpáticos, independientemente de si su grado de convivencia era el adecuado. La primera edición absoluta tuvo lugar en Holanda, en 1999, e imagino que fue, más que un éxito, una revolución televisiva; así que televisiones de todo el mundo desembolsaron millonadas para comprar los derechos necesarios y emitir sus propias ediciones.

Un año después llegó a España, emitido por Tele 5.

1ª Edición: el gran experimento sociológico

Gran-hermano_Wikipedia.jpg

A ti que te gusta la filosofía debería gustarte, me decía un personaje de quien no quiero acordarme. Precisamente por eso no me gusta, respondí yo, aunque confieso que al final me enganchó, pero no por los supuestos conceptos filosóficos que algunos intelectuales previo pago decían que tenía el programa: era por diversión, distracción; no te lo voy a excusar desde argumentos profundos: me hacían gracia los concursantes, eran simpáticos en su mayoría. Pero echando la vista atrás, descubres cómo te enredaron en su tela de araña, porque ni siquiera eso era inocente. Llegué a ver algo la segunda y tercera edición, pero mi interés decayó por completo: esporádicamente veía cachos de otras ediciones porque me lo ponían, ya que no había nada en la tele. Y de esos cachitos y noticias frívolas encontradas por Internet, elaboro esta memoria crítica del programa.

Se anunciaba meses atrás: una ráfaga inquietante, que daba sensación de apremio, inminencia o emoción, mientras se desvelaba lo que parecía ser el rojo objetivo de una cámara, o tal vez un ojo, o ambas cosas, con unas letras que aparecían bailando y se plantaban fijas sobre el fondo: GRAN HERMANO. La presentadora, una periodista con una intensa carrera, acudía a entrevistas diciendo que era “un experimento social”, que “nunca antes se había hecho (en nuestro país)”, etc. Tampoco hubiera pasado nada si hubiera asegurado que el espectador se iba a divertir y mucho, pero hay que vender el producto.

“Toda” España (y aún no he conocido a nadie que dijera que no vio ni un segundo), pendiente, atraída por la curiosidad y la novedad, veía entrar de uno en uno a un grupo de personas jóvenes, simpáticas, atractivas…, que no eran muy diferentes de ellos o de cómo pensaban ellos que eran. La cadena ya había previsto el éxito total y desde el principio decidió exprimirlo al máximo: además de su acostumbrada franja nocturna, había avances matutinos y vespertinos, además de un debate semanal y de la habilitación de un canal en donde podías ver en directo qué hacían los habitantes de la casa, aunque fuera dormir (el sueño de todo psicópata, ¡ah!). Pero también debates en torno a lo que acontecía en la casa en los programas del corazón, incluso daba la impresión que, por ajeno que fuera, todo programa de la cadena debía mencionar GH o algo relacionado al menos una vez. Pero no sólo Tele 5: otras cadenas decidieron parasitar el éxito del programa y emitir pedazos, hablar de los concursantes y hasta parodiarlo. Para las siguientes ediciones, la cadena y la productora decidieron blindarse legalmente, estableciendo la propiedad exclusiva de imágenes y contenidos, y haciendo firmar a los concursantes contratos que les impidieran acudir a otras cadenas por un tiempo.

Al día siguiente, donde fuera y quienes fueran, de cualquier condición social, sexual, política o laboral, hablaban de los concursantes (no tanto del programa) con la familiaridad con la que se habla de un amigo o un pariente ausente en la conversación, juzgando comportamientos y formas de ser, tomando partido en batallas ajenas. La casa de GH nos contenía a todos, quisiéramos o no, porque la gente, como podía pasar con la prensa del corazón, había permitido que las vidas ajenas de personas que no conocían les invadieran y fueran su foco de atención. El truco del programa se basaba en ese elemento que se concedía a la audiencia: la simpatía y la antipatía hacia algunos de los concursantes llevaba a poder juzgar sus conductas y su personalidad, a veces de manera bastante hipócrita. Y también estaba aquello: voyeurismo permitido y sin consecuencias: “Te estoy viendo”, una frase típica de psicópata que podía afirmar cualquier espectador. En cualquier caso la gente se enfadaba, se alegraba, se entristecía, reía y lloraba con ellos, vivían sus romances: eran como de la familia. Era la vida en directo pero mejor, porque no era la propia.

El éxito fue rotundo. Algunas concursantes se convertían en sugerentes portadas de revistas, a otros les contrataron en cadenas menores para programas de todo tipo, etc., y  a otros les agobiaba el éxito cuando eran abordados por fans para hacerse una foto o que les firmaran un autógrafo. Se llegó a hacer hasta una película con ellos y hasta samples con algunas de las frases de los concursantes por parte de insufribles DJs. No se puede decir que el programa y sus protagonistas, de muchos de los cuales ni nos acordamos, no tuviera un impacto tremendo sobre la sociedad, pero la cosa se magnificó. Por alguna razón, el equipo de marketing del programa quería vender el formato y su desarrollo como algo más profundo que el mero entretenimiento: querían dotarlo de profundidad, de bagaje intelectual: disfrazaban el interés morboso con un supuesto rigor científico que nadie supo justificar ni para qué se hacía. Muchos habían puesto en duda la idea del experimento social, porque en rigor no lo era, y descubrían que era puro marketing. Así que un buen golpe de efecto fue traer a la gala final a un verdadero santón, supuesto especialista en televisión y sociedad, que había escrito un libro y todo, y se paseaba con su lema “tenemos la televisión que nos merecemos” (entiéndase esto como se quiera): allí estaba el filósofo Gustavo Bueno, defendiendo el valor intelectual del formato mientras medio adivinábamos a un señor trajeado dejando un maletín a su lado.

Freak Show: Los monstruitos

Freaks_WikipediaPero para comprender lo que supuso y la deriva que las posteriores ediciones tomaron, hay que entender lo que era la televisión de principios del siglo XXI, y es que, a pesar de los datos de audiencia, la televisión de España sufría una gran crisis de contenidos. Entre finales de los 90 y principios del 2000, poblaba la TV una serie de programas infames, centrados en lo frívolo y lo morboso: talk shows que mostraban las miserias humanas (reales o fingidas bajo pago), casposos matinées, late shows lamentables vendiendo la más barata carnaza y programas vespertinos centrados en las trivialidades de personas conocidas, y otros en los que los frikis, en su sentido más literal, habían hecho acto de presencia. Algunos de estos ejemplos pueden ser posteriores a GH, aunque tienen su relación: la crisis televisiva; las televisiones no sabían que inventar para captar y fidelizar la atención de una audiencia que se aburría solemnemente ante la TV.

Como dijo una periodista del corazón tras la primera edición: «Estos chicos han renovado los contenidos», y tenía razón. Desde finales de los 90, los programas de la prensa rosa dominaban indiscutiblemente, aunque fuera como secciones en matinées; pero la gente se cansaba de ver siempre a los mismos, que en realidad odiaban, y ver cómo vivían casposos actores y cantantes, algunos con un pie ya en la tumba y otros, que entendieron lo que se iba a poner de moda, arrastrando su dignidad por platós televisivos como patéticas sombras de lo que fueron, hambrientos del dinero que un buen escándalo podría rentarles; sin mencionar los tediosos reportajes sobre la alta alcurnia: simpáticos aristócratas y empresarios que necesitaban un lavado de cara. Así que este género periodístico necesitaba sangre fresca, gente joven que hubiera salido de la nada y contara con la simpatía popular, y GH fue su semillero. Pero con ello, a la vez, se cavaron su tumba, porque, en parte por culpa de este formato, los simpáticos jóvenes fueron desplazados por monstruitos, frikis, algunos salidos de ese mismo programa, porque lo que se movía después de cada edición, lo que se vendía a la juventud, es que, con que duraras lo justo en ese programa, podrías vivir de ello durante toda tu vida sin trabajar. Un gran engaño indirecto, pues sólo uno de aquellos concursantes ha conseguido hacer carrera televisiva, mientras otros trataban de buscar su hueco de cualquier manera.

Podemos considerar que las primeras ediciones fueron el triunfo de la trivialidad; las siguientes lo serían de la frivolidad y de la vulgaridad.

La segunda edición no tuvo tanta aceptación ni éxito de audiencia porque era repetir lo mismo con otras personas, y, antes de que se hundiera el barco, el equipo decidió llevar a cabo ciertos cambios, mientras que la idea del experimento social iba, felizmente, diluyéndose.

Nadie debe engañarse: en televisión pocas cosas se dejan al azar, está todo calculado, y lo que había detrás de GH era un equipo de psicólogos, sociólogos y filósofos que llevaban a cabo la selección de personal… Perdón: de concursantes. La fórmula de traer gente con la que te identificabas no era mala idea, pero si a éstos los juntamos con personalidades más difíciles y establecemos los patrones por los que el Sujeto A chocará con el Sujeto B, tenemos el cóctel perfecto de morbo. Si hay algo que al espectador le guste más que ver cómo dos personas se enamoran, es ver cómo dos personas se despellejan, y los responsables lo sabían, y por eso empezaron a basar la mecánica del juego, más que en la cooperación, en el enfrentamiento que la convivencia de personalidades conflictivas podía generar. Los productores no querían patrones de conducta asertivos, sino agresivos, pasivo-agresivos e incluso pasivos. De una edición a otra, los personajes “normales” desaparecían o entraban en número reducido (para convertirlos en ganadores), siendo desplazados por los de carácter más complicado: un desfile de gritones ególatras, narcisistas, frívolos y materialistas, junto a unas personas con algún rasgo distintivo en principio peculiar o poco común: un seminarista, musulmanes, una chica con acondroplasia, transexuales, negros, gitanos, ciegos…; no hay que confundirse: no era un intento por visibilizar otras realidades que no aparecían en las anteriores ediciones: era, con todos los respetos, un circo, pero bien calculado.

GH se había convertido en un circo por muchas razones: los concursantes ya no podían sorprenderse y traían las lecciones aprendidas: ya no venían para experimentar o ni siquiera a ganar: venían a vivir de todo lo que se movía después de GH: entrevistas, montajes, algún programa, portadas de Interviú… Algunos contaban ya con agentes que les arreglaran todas esas cosas mientras estaban en la casa. La irrupción de las redes sociales en la mecánica del programa no hizo más que empeorar la situación: resulta un poco alarmante que hubiera gentes, de cualquier edad, peleándose con otros por Internet por unas personas que ni siquiera conocen, las cuales ignoran completamente su existencia.

Pero la culpa no fue sólo de los concursantes. Es más que probable que para las primeras ediciones se hubieran establecido ciertos límites y umbrales de conducta predecible aceptables, pero poco a poco se fueron traspasando, y se empezó a jugar con el morbo más descaradamente: cierto es que nunca se mostraron escenas de sexo explícito o desnudos integrales, pero sí se empezó a enseñar lo que a lo mejor dos personas estaban haciendo debajo de un edredón. La realización del programa era menos honesta en lo que mostraba, y la sospecha del amaño indirecto del concurso planeaba. Un ejemplo de uno de los trucos que usaron: a todos, tras hacer una broma o comentario gracioso, pero inoportuno, nos han pegado una ligera colleja que no produce más que un picorcillo temporal, pero coge esa escena, ponla a cámara lenta, pon en el preciso segundo un efecto de sonido que alarme al espectador y repite ese mismo segundo dos o tres veces más: conseguirás un efecto dramático, pareciendo mucho más de lo que realmente fue: aquélla era una de sus tácticas favoritas, junto al corta y pega de escenas, ambientaciones musicales que le dictaban a tu empatía si la persona te caía bien o no, etc. El espectador es confiado por naturaleza: desconoce que lo que está viendo es fruto de un trabajo de edición y post-edición cuidadosamente medido al milímetro para despertar una determinada reacción, por lo cual, lo que ocurría era que el espectador no era libre en sus sentimientos hacía lo que veía, sino que la producción ya le dictaba cómo sentirse respecto a una o varias personas o una situación determinada. La audiencia no decidía con libertad quién abandonaba la casa, porque su juicio ya había sido condicionado previamente. Si hubo un experimento fue éste, aunque a ciertas alturas, la idea de que lo que pasaba en el programa era sorprendente quedaba muy en entredicho, especialmente cuando entran en la casa a la vez los integrantes de un triángulo amoroso.

Por muchos esfuerzos que la presentadora hiciera por tratar de justificar su trabajo con supuestos intelectuales, por intentar dotar de vez en cuando al programa con objetivos culturales (que está muy bien) e incluso de tratar de convertir al programa en la punta de lanza en su cruzada contra el tabaco (nada en contra), aquel bagaje científico-filosófico que aseguraban desde la primera edición había quedado en entredicho hacía tiempo, descubriéndose que el único motivo por el que una persona viera a otro grupo de personas convivir a través de la tele era, ni más ni menos, que el más puro morbo. Y, por supuesto, que el único motivo por el que llevar a cabo este experimento, no era por inquietud científica, sino por el €.

 El experimento

Confieso que cuando se anunció y supe de lo que se trataba, GH me daba miedo: pensaba que empezábamos a transgredir ciertas fronteras que podían ser el preludio a algo, y en parte no me equivoqué.

The_Belko_Experiment_poster_WikipediaLo único científico que tuvo GH fue esto. Enfoquémoslo así: un grupo de seres vivos recluidos en un hábitat reducido, pero confortable, con un montón de elementos que les permiten divertirse, mantener una higiene y subsistir mientras son observados por personas a través de una pantalla, algunos con ínfulas de científico. Debes haberlo adivinado: estamos viendo un zoológico. GH era eso: un zoo humano en el que observar el comportamiento de los habitantes, asustarse de la conducta de uno o encandilarse con las monerías del otro; además, un zoo en el que se calculan las probabilidades de conflicto cuando empiecen a faltar algunos bienes, y donde también hay personalidades Alfa, Beta y Omega. Y sucedió que, como cualquier zoo que quiera aumentar visitas, dejó de lado la aburrida y predecible fauna autóctona de la zona infantil y empezó a traer fauna más exótica y peligrosa con el fin de asombrar y emocionar al público. Y llegó un momento en que el zoo cerró y abrió el circo, mostrando a los “monstruos”, a los desagradables, a los raros y, de una manera lamentablemente conducida, a los “especiales”.

Claro que estaba bien y normal que entrara una diversidad de concursantes: no todos iban a ser españoles blancos de cultura católica con buena salud y sin ningún problema físico aparente; pero fue la forma de enfocarlo: los presentaban como raros, peculiaridades, y sabíamos que no lo eran. No hay más que recordar cómo presentaba la ilustre periodista y otros presentadores a este tipo de concursante que se salía de lo común por la razón que fuera, cuando no había nada de excepcional ni raro en ellos por tener una discapacidad, profesar otra fe, practicar determinada profesión o ser de otra etnia. Era un truco para conseguir más audiencia, sirviéndose de manera miserable de las peculiaridades de algunos concursantes.

Ésa es la parte del experimento que conocemos. Pero quizás fuera ver el otro día The Belco Experiment o un reportaje sobre cómo algunas empresas emplean los juegos de Escape-Room para llevar a cabo la selección de personal lo que me haya influido; el caso es que el ojo-cámara del Gran Hermano, el Big Brother de Orwell, no apuntaba sólo hacia la casa: apuntaba a ti.

Si me preguntas qué fue antes, si el huevo o la gallina, no sabría responderte. Pero veo una cierta relación en lo que supuso el éxito de GH con algunos métodos de selección de personal que llevan a cabo algunas empresas, sobre todo porque están elaborados por la misma gente que, si no son sociólogos, psicólogos o filósofos de escuelas algo tenebrosas, al menos sí lo hacen por la pasta. Se elaboran métodos de selección basados en la cohesión grupal o en el enfrentamiento; se miden los patrones de conducta de los aspirantes y trabajadores para decidir sobre su aptitud. Los observan, los miden, los prueban como si fueran ratas de laboratorio, y a veces da la sensación de que el aspirante tiene que divertir al seleccionador para ser elegido. De ahí mi miedo: el miedo a que entonces empezamos a transgredir fronteras y sentamos un precedente, y poco a poco van cayendo límites elementales a favor de la ciencia, de las relaciones laborales o sentimentales, y puede llegar el día en que nos encontremos absolutamente controlados, medidos y predichos, en que no seamos libres ni dueños de nuestras conductas y decisiones.

Pero aún más. ¿Y si te dijera que el sujeto del experimento no era el concursante que veías en la casa? ¿Y si resulta que el sujeto fuiste tú mismo y ni te diste cuenta? Basándome en lo que viví, vi a mucha gente comparar sus relaciones personales y resolver sus problemas como si viviera en la casa de GH, como hacían los niños tras ver a los Tele-Tubbies: imitar conductas. Y no era posible escapar, porque estaba en todas partes, y por mucho que te resistieras te entraba de alguna manera lo que había hecho o dicho el Sujeto A, B, C… Resulta que el experimento sociológico no era en último término ver cómo se comportaba un grupo de individuos, sino en ver cómo lo aceptábamos nosotros, cómo afectaba a nuestra vida cotidiana y cómo lo integrábamos en la cultura. No es novedad, ya que es lo habitual desde la televisión, pero se manipularon nuestras emociones como nunca antes se había hecho: nos dictaron cuál tenía que ser nuestra reacción frente a una persona o una situación, dándonos esa extraña fantasía de tener el poder de juzgar, sentenciar o premiar a semejantes que ni siquiera conocemos realmente. E incluso pretendieron dictar cómo tenía que ser nuestra conducta.

Fuimos las ratas del experimento sociológico más mediático del mundo: fuimos víctimas de una mentira.

“Cómo sobrevivir (viendo) a La Purga” (reportaje para Nueva Tribuna)


carmelo

Os invito a leer mi reportaje sobre la saga de películas de “La Purga” que Nueva Tribuna (hay que decirlo: el único medio de todos los contactados que respondió). Sin que en ningún momento haya spoiler, en él abordo la realidad distópica que rige en las cuatro películas, describiendo su sociedad; la realidad social estadounidense, que es lo que subyace críticamente en ellas; y el mensaje que nos transmite: un verdadero y serio toque de atención. La idea de hacerlo fue porque me daba la sensación de que, para bien o para mal, mucha gente parecía no acabar de entender las películas, como había pasado con La naranja mecánica, Battle Royale o American History X, así que el reportaje supone un desgranamiento de muchos de los elementos que contiene.

Aunque soy consciente de que es un poco largo, espero que lo disfrutéis. Y desde aquí dar las gracias a la redacción de Nueva Tribuna por hacerme un hueco:

https://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura—ocio/sobrevivir-viendo-purga-gustavo-sierra-fernandez/20180803165749154553.html

El dulce veneno de la nostalgia


Ésta es una reflexión surgida en torno a un caso en concreto: el affair del Hero Quest 25 Aniversario. Para poner en contexto a los que no estéis familiarizados con el tema, trataré de resumirlo brevemente: no deseo parasitar el asunto ni herir sentimientos de nadie, pero es esencial para entender el resto.

El affair Hero Quest 25th, o cómo ser el Elfo y que te llamen el Troll

heroquest-feat

geekandsundry.com

[NB: en la edición española del juego, el personaje El Elfo fue bautizado incomprensiblemente como El Troll]

Hero Quest fue un juego de tablero muy popular de los años 80-90, desarrollado por dos compañías estadounidenses. El juego hizo las delicias de nuestrad dulce pre-adolesscencia, ya que, si no recuerdo mal, la edad recomendada era de 10 a 13 años; su novedad, frente a otros juegos de tablero o de mesa, era su parecido a un videojuego: su capacidad de ir descubriendo cosas en cuanto avanzabas a través del tablero: puertas, monstruos, tesoros… Y el hecho de que sus componentes de tablero no eran planos, sino en tres dimensiones; todo era atractivo: desde esto a las miniaturas de héroes y monstruos. Podías ser el Bárbaro, el Elfo, el Enano o el Mago y contemplar con complacencia cómo tu personaje se hacía más fuerte y mejor, y el subidón de completar los retos.

Pues bien. Aquí entra el asunto, en donde se mezcla el elemento “nostalgia” con la actual afición a los juegos de mesa adultos. Se supone que, a raíz de la petición pública de un particular jugador nostálgico, llegó el notición: ¡se iba a lanzar una remasterización del juego por su 25 aniversario! Algo que hizo las delicias de antiguos jugadores. Pero lejos de volver a sentirte el Bárbaro dando matarile al Lord Brujo, los que apostaron por el proyecto se sentirán más bien como cuando al atravesar el pasadizo caías en una trampa y tu personaje moría ridículamente.

Desde el fin de semana, cuando leí un artículo que exponía lo sucedido, este asunto me tiene totalmente fascinado, por muchas de sus implicaciones, siendo la legal y el riesgo del micromecenazgo no menores que la que expondré más tarde. Esto me hizo recordar mi reacción, cuando me enteré a través de un amigo, participando en un concurso en Facebook para conseguir gratis uno de los juegos, aunque sería para regalárselo a él, caso de que me tocara. Así que, para participar en el concurso (como tantos) tienes que seguir la página, y ahí es donde empecé a ver cosas raras en las actualizaciones, que luego olvidé: ya no sólo era que el juego sólo estaba en proceso de desarrollo, sino que parecía estar desarrollándose en nuestro país: digamos que no es imposible que la compañía original depositara su confianza en una empresa española relativamente desconocida, pero sí alto improbable por la proyección internacional del proyecto (seamos realistas). En cualquier caso, las actualizaciones fueron desapareciendo paulatinamente y ni me di cuenta, ya que mi interés era bastante nulo. La razón la conocería este fin de semana pasado.

Lo ocurrido no se puede achacar a una supuesta ingenuidad de los aficionados que decidieron invertir su dinero a través del micro-mecenazgo, sino a una jugada astuta y muy poco honesta. El vídeo que anunciaba el proyecto no sólo estaba en inglés, dando a entender que la idea venía de las empresas originales o que había completa legitimidad, a la vez que buscaba expansión transfronteriza, sino que integraba al principio el anuncio del juego original, pero el emitido en Estados Unidos. Canales especializados en juegos de mesa lo celebraban diciendo que sería una empresa española que, según les habían asegurado, contaba con todos los permisos y licencias: por lo expuesto arriba, deberían haberlo tomado con mucha más cautela, dicho esto a modo de crítica constructiva. El texto de presentación e invitación a participar en el micro-mecenazgo era más una llamada a las armas: palabras grandilocuentes que acababan preguntándote si contaban con tu espada, diciendo que, ya que las grandes empresas no se atrevían, ellos, que tenían experiencia y medios, lo iban a hacer, y, para dotarlo de “mayor transparencia”, preferían recurrir al micromecenazgo antes que ir al banco a pedir un préstamo (perdonad, pero esto ya era una seria llamada de atención: según ellos, tenían permisos y licencias de las compañías poseedoras del nombre y del juego, pero no el dinero; y aún así…); era un texto más épico que empresarial: un llamamiento a la nostalgia del público potencial. Quizás sí tuvieran los medios y el valor para lanzarlo, pero no lo más importante: permisos y licencias, razón por la cual, ante la petición de la parte que posee los derechos del nombre en Estados Unidos, la plataforma paraliza el proyecto de recaudación. Como la empresa de Sevilla se niega a aceptar las condiciones de la estadounidense para reanudar la campaña (una de las cuales era pedir permiso a la empresa que tiene derechos sobre el juego) se mudan hasta a dos plataformas, pareciendo querer rehuir temas legales.

Ahora, ¿cómo es que los inversores (que es lo que son, aunque se prefiera el modernísimo término de micromecenas o backers, ya rizando el rizo) no se bajan del proyecto y hasta se recluta a nuevos? Pues porque la empresa sevillana utilizó el argumento que tanto nos gusta, y del que se aprovechan algunos para justificarse, de cómo las multinacionales ahogan a las pequeñas empresas: algo que puede ser verdad y que apela a nuestro sentimiento más ácrata, pero que en este caso era falso.

El asunto da lugar a muchas dudas acerca de lo que se ha hecho. Por lo pronto, lo único que parece cierto es que una empresa, registrando el nombre en España, pretendió apropiarse ilegitimamente de algo que no les pertenecía, y que ni se molestaron en pedir permiso, para sacar algo lo suficientemente diferente con el mismo nombre. La gran pregunta es qué se pretendió con esto a nivel empresarial.

Se dice que este proyecto de micro-mecenazgo es el más caro que se ha hecho en España, teniendo ya medio millón de pesetas, pero lo que la empresa va mostrando del desarrollo no convence tampoco a estos micro-inversores. A raíz de esto me he dado cuenta de una cosa, con tal que yo sólo he participado en una campaña para lanzar un proyecto algo más abstracto y de manera altruista: el micro-mecenazgo puede ser un gran timazo. Descontando préstamos bancarios, normalmente alguien que invierte dinero en el desarrollo de un proyecto lo hace como voto de confianza a los responsables, es decir: espera un producto que le agrade o le satisfaga; también pueden tener el derecho de decidir qué y cómo hacerlo. Si el desarrollo no les convence o les disgusta, pueden retirar su inversión alegremente, incluso con el proyecto acabado. Esto no ocurre en el micromecenazgo, cuya única ventaja, a parte de la satisfacción de apoyar un proyecto en el que crees, es la obtención de algún tipo de recompensa: no puedes decidir sobre el proyecto (es un voto de confianza total) ni reclamar la devolución si te sientes defraudado o incluso timado con el resultado final. El tema es tan nuevo que en España no hay legislación al respecto: se actúa sin garantías.

Nostalgia, dulce y cruel: “No tan bueno como lo recordabas”

HEROQUEST-25-Caja-del-juego

Ya en su día, algunos aficionados con canales propios alertaron sobre lo engañoso del proyecto, como Éxito Crítico, y más tarde se pronunció Lumi, un experto en juegos de rol, de mesa y en miniaturas. Ambos esgrimen argumentos de peso. Lo cierto es que daba un poco de lástima ver los comentarios furibundos contra el vídeo del primero, porque la explicación es que estaban recibiendo todo un baño de realidad, y la imagen que te venía a la cabeza era la de alguien intentando engañarse y descargando su frustración contra quien advertía y no contra quien realmente había creado aquella situación: el empresario sevillano. Eran molinos, tenía razón.

Por su parte, Lumi disertaba sobre dos cosas interesantes: las artes de algunos personajes (llámalos banqueros, empresarios, políticos…), cuando anonadado presenció como este empresario se llevó de calle a una defraudad masa furibunda que le pedía explicaciones, algo que a menudo tiene que ver con el sentimentalismo. Pero la más importante es la nostalgia.

Creo que el fenómeno abrumador de nostalgia que desde hace años gobierna nuestra cultura popular se resume perfectamente en la frase que utiliza Éxito Crítico en su vídeo al analizar el juego original: “No tan bueno como lo recuerdas”. El anzuelo para captar inversores, como dice Lumi, fue la nostalgia.

“Nostalgia” es el deseo de revivir una experiencia pasada en la que te parece que todo era mejor, más sencillo: donde o cuando eras más feliz; no es mala en sí y puede ser útil para tu proyecto vital: puede hacerte mejor persona y perseverar para conseguir experiencias satisfactorias en el presente. A menudo usamos la nostalgia para escapar de un presente que nos agobia con sus cargas materiales y existenciales: volvemos la vista atrás al tiempo en que nuestra vida era más sencilla porque éramos niños o jóvenes. Pero la nostalgia incontrolada o sin crítica puede ser perjudicial, sobre todo cuando se ha creado un mercado en torno a ella.

Mercadear con la nostalgia no es algo de ahora, aunque sí relativamente nuevo. Durante muchos años creí ser original porque me gustaba la música rock y folk de los años 60, cuando en realidad fui presa del renacer nostálgico dirigido a aquellos que ahora tenían 40 ó 50 años. Ahí empezó todo, y se desplegó en un montón de subfenómenos comerciales: reposición o reedición de series, películas, discos (contra lo cual, nada en contra)… La razón: los que entonces fueron jóvenes ahora eran adultos con poder adquisitivo.

Pero desde hace cerca de diez años, este fenómeno se ha ido acrecentando y muchos somos el público potencial, por no decir todos. Y, sin ánimo de ofender, a veces creo que nos toman por estúpidos, porque ninguno estamos libres y podemos caer, ya sea en esto o ir al cine a ver la adaptación de una serie o el remake de una pelícual que echaban cuando éramos niños y que quizás entonces ni nos llamaba la atención.

No debemos mirar al pasado con el pensamiento de ¡qué tiempo tan feliz aquél!, porque cada tiempo tiene sus cosas malas y sus cosas buenas; pero el paso inexorable nos hace olvidar muchas veces las cosas negativas, mientras que las cosas positivas se hiperamplifican. Y como no podemos hacer volver cosas, personas o situaciones, nos conformamos con el regreso de aquellas cosas que nos ponían contentos. Pero hay un problema, que es precisamente el de la hiper-amplificación: disfrutaste aquellas cosas cuando tenías 5, 8, 10, 13 ó incluso 20 años: ahora no serán lo mismo. Lo siento: es la realidad, y ya sin mencionar las responsabilidades que nuestra madurez nos ha impuesto.

Se puede mirar al pasado y congratularse con el dulce recuerdo de una película, una serie, un juego o un videojuego, pero no podemos hacerlo sin cierta capacidad crítica o nuestra vida puede acabar pareciéndose a algunos programas musicales que hubo, que, tan anclados en la nostalgia como estaban, repetían una y otra vez los mismos temas, que no sólo es que estuvieran ya rayados, sino que no eran ni de lejos lo mejor que musicalmente se hizo aquí.

La jugada del empresario sevillano era perfecta: era todo una apelación al sentimentalismo en tres aspectos. Por un lado, con el hecho de que fuera una empresa española la que, según decían, había sido la designada para desarrollarlo, apelaba por un lado a cierto patriotismo y, por otro, a la inyección económica que supondría para este país. Y, la tercera, la nostalgia: su escrito estaba dirigido a hacerte revivir la sensación que tuviste cuando jugabas el juego, pero acerca de temas materiales, como los riesgos reales de la microinversión y cosas así, apenas decía nada o bien nada en absoluto. Y aquí la nostalgia sometió al sentido común.

Podría hablar de este hecho en concreto, pero también de otros, que nos hacen ir como en manada en busca de esas sensaciones. Por ejemplo, una cierta serie de acción, acerca de un grupo de mercenarios medio caballeros andantes que protegían a los más débiles, tampoco es tan buena como la recuerdas, ya que cada capítulo era idéntico al otro en trama, estructura y clichés… Pero sacan la película y se va en redil a verla: una peli que no es tan buena tampoco porque sencillamente busca explotar la nostalgia.

Otro caso (aunque no la he visto) fue aprovechar el aniversario de la genial película Cazafantasmas para hacer un remake con protagonistas femeninas, contra lo cual no tengo nada ni puedo juzgar, ya que no la he visto; pero a la luz de las críticas y de las opiniones de quienes la han visto (que son público de la original) deja mucho que desear, incluso como película independiente de la original.

Estamos en manos de una maquinaria industrial que nos trata como a idiotas sólo para sacar beneficio económico, de acuerdo que con juego limpio en la mayoría de los casos, pero en otros, como en éste, no tanto. Y al final acabamos viviendo en un capítulo de Cuéntame, la máxima expresión de la explotación de la nostalgia como mercado en nuestro país, especialmente cuando ya cubre a varias generaciones.

La impresión que le queda a uno es que juegan totalmente con nuestros sentimientos, mejor dicho, con nuestro sentimentalismo, ofreciéndonos todo un renacer de las sensaciones de antaño; pero cuando la partida, la peli o lo que sea se acaba, se vuelve a la realidad con el regusto amargo de “pues no es tan bueno como lo recordaba”, si bien hay cosas que se hicieron tan bien que se defienden por sí solas sin necesidad de recurrir al elemento nostálgico, porque ya son clásicos y hay que acudir a ellas no con la carga nostálgica, que ya de por sí es inevitable la mayoría de las veces, sino porque son arte o, al menos, entretenidas.

Como fenómeno, el affair Hero Quest 25th ha supuesto el primer palo serio a la primacía de la nostalgia sobre cualquier otra cosa en la cultura popular, sobre todo al haberse actuado a ciegas y sin crítica (sin descargar responsabilidades del empresario y su juego no limpio). No quisiera ofender ni nada por el estilo: al contrario, todo esto está escrito con todo el cariño del mundo, pero a veces parecemos los niños que nunca quisieron crecer, y quizás sea verdad, y quizás no sea del todo malo siempre, salvo cuando tratan de hacer negocio con ello, y peor aún: negocio sucio.

Rememorar tu infancia y guardar tu lado infantil puede ser bueno, siempre y cuando tengas capacidad crítica: así te guardarás de los que intentan hacer negocio de tu nostalgia, de los que tratan de engañarte, de los que te toman por tonto y, lo más importante, te apartarás de los aspectos triviales y frívolos que muy a menudo esta explotación de la nostalgia sin crítica tiene. En algún momento puede ser válido y de gran ayuda, pero no puedes creer en enanos guerreros y magos elfos todo el tiempo.

¡Buena suerte, niños de ayer, de hoy!

“Épica en el arte: el caso de la canción de autor”


Mi artículo para la revista de Estética y Teoría de las Artes de la Universitat de València, Laocoonte:

https://ojs.uv.es/index.php/LAOCOONTE/article/view/11071/10317

A %d blogueros les gusta esto: