Archive for 7/10/06

La tierra de las mil músicas: una crítica, varios errores


El año pasado más o menos, TVE no ofreció el último gran trabajo del fallecido Joaquín Luqui: La Tierra de las Mil Músicas, una serie de documentales que, en la medida en que podía -en una hora-, pretendía ser exhaustiva. La serie es muy buena y contiene gran información, vinculando además cada momento musical a la etapa que le tocó vivir.
Pero, sin querer desprestigiar la profesionalidad del gran Luqui, hay dos episodios en los que comete varios errores graves. Yo quiero manifestarlos aquí a modo de información y no a modo de difamación: así que si ofendo a los seguidores de Luqui (que sé que son muchos) que se tranquilicen, que esa no es mi intención.
Concretamente me refiero a dos de ellos:
El 1º es el titulado “La protesta”, donde repasaba varios momentos de la canción protesta. Pero el reportaje desilusiona poque no ofrece mucha información sobre los cantautores vascos y gallegos más que en una y breve, a la vez que insuficiente, reseña en la que podemos ver a Mikel Laboa, Ordorika y Knörr por un lado, y por otro a Benedicto y a otro que no tenía mucho que ver. Podría haberse ahorrado hablar de los problemas con la censura que tuvo Georgie Dann o los boleros más ñoños que nunca se hayan podido oír.
Errores:
Cuando habla de la Nova Cançó comete varios. Serrat no es el pionero de la canción protesta ni en castellano ni en catalán; cualquier entendido (que no soy yo) dirá que los pioneros fueron, entre otros, Paco Ibáñez, Chicho Sánchez Ferlosio (al que se le puede oír, pero no se le ve en el documental salvo por una foto mal colocada) y Raimon. De hecho, Serrat es reclutado antes de ser conocido, por Espinàs y demás fundadores para el colectivo Setze Jutges casi a la vez que Lluís llach o Quico Pi de la Serra. Por otro lado, María del Mar Bonet, por chocante que resulte, no perteneció a El Grup de Folk, sino a Els Setze Jutges.
Por otro lado, cuando habla de la canción en gallego, podemos disfrutar de un vídeo de Benedicto, al cual no nombra, y oímos a Luqui hablar del colectivo Voces Ceibes muy bien hasta que incluye a un elemento extraño en el sistema cuando dice “el miembro más célebre de Voces Ceibes, Andrés do Barro”: sí, podemos considerarlo cantautor si se ponen así (yo no tengo nada en contra de do Barro, incluso me parece que dentro de lo comercial que había era lo mejor), y es cierto que canta en gallego (lo cual se había puesto de moda), pero es que ni por asomo: Andrés do Barro jamás perteneció a Voces Ceibes, ni siquiera hacía protesta.
Sobre el vídeo titulado “Lo folk” más que errores son exclusiones e inclusiones flagrantes que curiosamente vuelven a tener a do Barro (que creo que lo metía en todos los vídeos que pudo) como protagonista. De nuevo en torno al folk galego, vuelve a excluir a figuras tan importantes como Bibiano, Benedicto y grupos como Fuxan os Ventos , padres del folk galaico para incluir descaradamente a Andrés do Barro, porque tenía una base folklórica (?) en sus canciones, y a Juan Pardo, porque había cantado la Charanga (canto popular). Lo de do Barro se empieza a hacer cuesta abajo: cuesta trabajo enfadarse con él, porque no tiene la culpa si le gustaba cantar en gallego (era su derecho y nos parece muy bien), pero cuando os cuente lo de Pardo vais flipa-la. Cuando en el año 76, ya muerto el señor aquel de las pistolas, los sellos discográficos comienzan a fijarse en los cantautores debido a su éxito, el señor Pardo publicó un disco de canción protesta nacionalista llamado “Galicia: miña nai dos mares” o algo así; dicen que está muy bien, pero siempre te preguntas: ¿es qué no tuvo huevos de hacerlo antes? ¿Era realmente militante gallego anti-franquista o sólo un oportunista? Y años antes había grabado la Charanga seguramente debido al éxito que el folk empezaba a tener: hasta entonces se había disfrazado de beatle y simultaneaba los yeyes con el castellano.
Por supuesto los vídeos tienen cosas buenas, y a pesar de estos errores os animo a verlos: sabiendo ya esto no os decepcionarán y descubriréis cosas muy buenas. Joaquín Luqui patinó un poco, quizás de esto no sabía tanto como de los Beatles o de la Movida.
Es una pena que el sr. Luqui haya muerto, porque podría mejorar el documental. A pesar de esto, gracias señor Luqui y buena suerte.
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Historia del folk español III: la canción protesta


Con todo lo sucedido en aquellos años respecto a la música tradicional, su panorama quedó bien malherido: la juventud desdeñaba la música tradicional por varias razones; por un lado, los llamados yeyes la despreciaban al quedar inmersos y enamorados de los calientes y trepidantes ritmos que Beatles o Rolling Stones traían; por otro lado, la juventud más contestataria no podía dejar de vincular lo tradicional al tradicionalismo: así pues, cuando un joven Joaquín Díaz, con su aire de profe universitario, comienza a grabar sus discos recopilando canciones tradicionales castellano-leonesas es tachado de reaccionario, siendo todo lo contrario; el posterior desarrollo del folk le rehabilitaría como un cantautor, tal vez no muy al uso, que en vez de escribir su propia protesta, reflejaba a través de la tradición musical la protesta del pueblo. Sin embargo, esto no fue un fenómeno uniforme y hay que verlo por regiones.Hay dos tipos de regiones: las que despreciaron, en un principio, la música de su tierra, y las que se aferraron a ella como a un clavo ardiente.
Catalunya i Valencia. Queriendo crear un estilo músico-literario catalán alejado de las saradanas sobreexplotadas por el régimen y más cercano al estilo francés (Brassens, brel), algunos músicos ya maduros como Espinàs, Abella y Remei Margarit (profesores universitarios) deciden crear el colectivo Els Setze Jutges, para el que reclutan a algunos jóvenes que harán historia como Serrat o Llach. Rechazan de plano el folklore catalán de llos tres Paísos Catalans. Aunque claro, esto no es ni tan estricto ni tan rígido: Mª del mar Bonet es miembro de este movimiento.
Galicia. “Un suplicio eterno” que dijo Curros Enríquez, también despreciaba su música: la Sección Femenina se había cebado en exceso con la música gallega, y las gaitas y pandeiros, muiñeiras, pandeiradas y foliadas que hoy tanto gustan a un público amante de la música celta eran entonces sinónimo de rancio y de represión. Los jóvenes fundadores del colectivo Voces Ceibes: Benedicto, Xerardo, Javier… no ocultaban su desdén por la música da sua terra.
Éste era el panorama para los detractores. Se puede observar que son algunas regiones que tienen lengua propia. ¿Pero qué pasaba con el resto? Pues seguramente esto: las demás regiones, al no tener un signo tan externo de expresión tuvieron que amarrarse a lo que mejor las definía: el folklore, por muy tocado que estuviera. He dicho regiones con lengua propia. Falta una, ¿verdad?
Euskadi. La música euskalduna estaba tan tocada como todas; y dirás: ¿cómo es posible entonces que el colectivo Ez Dok Amairu y el colectivo Argia en sus comienzos utilizarán ritmos e instrumentos tradicionales en sus arreglos? Pues, fácil es de saber: todo está en el alma vasca; ya podía Falange buscar bases ideológicas en unos textos en vasco que mutilaban una y otra vez, que el vasco más abertzale (significa “nacionalista”) siempre estará orgulloso de su lengua y de su tradición heredad, amén de unos fantástico cancioneros recopilados y elaborados fielmente durante el s. XIX que son el orgullo del legado de una tradición ancestral.
Andalucía. Al igual que los vascos, los andaluces se sentían tremendamente orgullosos de su legao musical,así que en lugar de esconder la cabeza desligaron la auténtica música andalucía de los tópicos ramplones atrae-turistas. Manuel Gerena, José Menese y Enrique Morente, los tres cantaores-protesta, supieron devolver al pueblo su quejío ancestral; mientras que el joven Carlos Cano devolvía a la copla su buenhacer anterior a la guerra. Después proliferaron  grupos de folklore andaluz como Jarcha o Gente del Pueblo reivindicando el orgullo de ser andaluz de verdad.
Islas Canarias. Los muyayos insulares también tuvieron que aferrarse a su tradición para hacerse oír. Los primeros, siguiendo la senda de grupos andion-latinoamericanos como Quilapayún o Inti-Illimani, fueron Los Sabandeños, que desde entonces quedaron como símbolo de la reivindicación canaria. Tras ellos, grupos como Verode, Chincanarios o Gofiones.
Castilla y León, Castilla-La Mancha. O las dos Castillas y León. Mucho más desamparados por el tema del lenguaje -estas otras regiones tenían sus dialectos- comprendieron que lo único que los definía era el folklore. Por eso, además de solistas como Elisa Serna, surgieron bandas como Nuevo Mester de Juglaría, Jubal, Carcoma, La Fanega… Y esto fue bajo los auspicios de un importante etnólogo y dulzainero como lo fue Agapito Marazuela, prácticamente el gran responsable del desarrollo del folk en todo el país con sus colaboraciones o con sus producciones.
Aragón, Asturias y otras regiones, aunque más tardiamente, tuvieron al folklore como base musical.
Pero el gran desarrollo del folk estaba por llegar a finales de los años sesenta. De esto hablaremos otro día, así que estar a la espera. 

Historia del folk español II: la posguerra 2ª parte


Así había quedado configurado el país tras la guerra: la dictadura extendía los tentáculos del ideal falangista-nacional-catolicista a todos los ámbitos de la vida pública, y la cultura fue una de ellas. De este modo, tal vez el más mediocre de los aspirantes a poetas españoles, J. Mª. Pemán, fue designado poeta oficial del régimen (cuando entre los franquistas los había mejores); y, como decíamos el otro día, la Sección Femenina se apoderó y desfiguró la bella música tradicional de toda región y lengua de España.
Sin embargo, fue la llegada de los 60 y el fenómeno del turismo, el que acabó por herir de muerte a una de las tradiciones musicales más importantes y bellas, casi más por su exportación, como era la tradición anadaluza, y en particular, el género de la copla.
En los años 20 y 30, la copla estaba bien lejos de las Carmenes Sevilla o de las Marujitas Díaz: era una copla muy culta, con figuras como los compositores y letristas Rafael de León, Quiroga y Quintero, cantantes como la Argentinita, Miguel de Molina, Angelillo o Tomás de Antequera, y colaboradores de excepción como García Lorca. ¡Ay! Bien lejos quedaba la Argentinita cantando “En el café de Chinitas” mientras Lorca la acompañaba al piano cuando, tras la guerra, las letras se transformaron en manifiestos reaccionarios de las excelencias de un régimen desquiciado por sus perpetuas contradicciones. Cualquiera os podrá decir que la canción “Soy minero” reúne en sí el ideal falangista del trabajo y de la reconciliación de clases (y lejos de mí criticar la figura de d. Antonio Molina, que no tenía nada que ver con las letras: a fin de cuentas, era el ídolo de mi abuelo). Pero claro, aún así, disidentes siempre los hay, y es así como Juan Valderrama (que fue republicano) cantó en las mismísimas narices del generalismo (no es un error) la primera canción protesta antifranquista hecha tras la guerra: “El emigrante”, maquillada de tal manera que el Franco se emocionó y le felicitó.
Como digo, la llegada del turismo hirió mucho a la música tradicional andaluza. El franquismo, heredero de la ramplona tradición romántica del tópico regional, convirtió a los jornaleros andaluces, contra su voluntad, en monos de feria (no es mi intención ofender) mientras poblabla las producciones hispano-francesas de falsos gitanos con sus pañolones y sombreros cordobeses limpios de polvo y paja. El flamenco, la voz desgarrada, la amarga protesta de un pueblo que sufría trabajando, se transformó en solaz y recreo de señoritos engreídos a caballo de aquellos que fusilaron a cualquier gitano o jornalero que al arrancarse por soleares les cantaran las cuatro verdades del auténtico pueblo de Andalucía.
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