Historia del folk español II: la posguerra 2ª parte


Así había quedado configurado el país tras la guerra: la dictadura extendía los tentáculos del ideal falangista-nacional-catolicista a todos los ámbitos de la vida pública, y la cultura fue una de ellas. De este modo, tal vez el más mediocre de los aspirantes a poetas españoles, J. Mª. Pemán, fue designado poeta oficial del régimen (cuando entre los franquistas los había mejores); y, como decíamos el otro día, la Sección Femenina se apoderó y desfiguró la bella música tradicional de toda región y lengua de España.
Sin embargo, fue la llegada de los 60 y el fenómeno del turismo, el que acabó por herir de muerte a una de las tradiciones musicales más importantes y bellas, casi más por su exportación, como era la tradición anadaluza, y en particular, el género de la copla.
En los años 20 y 30, la copla estaba bien lejos de las Carmenes Sevilla o de las Marujitas Díaz: era una copla muy culta, con figuras como los compositores y letristas Rafael de León, Quiroga y Quintero, cantantes como la Argentinita, Miguel de Molina, Angelillo o Tomás de Antequera, y colaboradores de excepción como García Lorca. ¡Ay! Bien lejos quedaba la Argentinita cantando “En el café de Chinitas” mientras Lorca la acompañaba al piano cuando, tras la guerra, las letras se transformaron en manifiestos reaccionarios de las excelencias de un régimen desquiciado por sus perpetuas contradicciones. Cualquiera os podrá decir que la canción “Soy minero” reúne en sí el ideal falangista del trabajo y de la reconciliación de clases (y lejos de mí criticar la figura de d. Antonio Molina, que no tenía nada que ver con las letras: a fin de cuentas, era el ídolo de mi abuelo). Pero claro, aún así, disidentes siempre los hay, y es así como Juan Valderrama (que fue republicano) cantó en las mismísimas narices del generalismo (no es un error) la primera canción protesta antifranquista hecha tras la guerra: “El emigrante”, maquillada de tal manera que el Franco se emocionó y le felicitó.
Como digo, la llegada del turismo hirió mucho a la música tradicional andaluza. El franquismo, heredero de la ramplona tradición romántica del tópico regional, convirtió a los jornaleros andaluces, contra su voluntad, en monos de feria (no es mi intención ofender) mientras poblabla las producciones hispano-francesas de falsos gitanos con sus pañolones y sombreros cordobeses limpios de polvo y paja. El flamenco, la voz desgarrada, la amarga protesta de un pueblo que sufría trabajando, se transformó en solaz y recreo de señoritos engreídos a caballo de aquellos que fusilaron a cualquier gitano o jornalero que al arrancarse por soleares les cantaran las cuatro verdades del auténtico pueblo de Andalucía.
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