Memorias de la transición: la censura


Todos sabréis que en era del generalito hubo un invento curioso que incluso hoy persiste: la censura. Cualquier obra, musical, teatral, de difusión, periodística… debía pasar por las temibles y castradoras manos del censor; estos señores no tenían un criterio único, esa es la razón por la que da la impresión de que a algunos se les permitía más que a otros, y dependiendo de la época primaban más unos criterios que otros (nacional-catolicistas, falangistas, populistas o despolitizadores). Lejos de amedrentar a los autores, estos se las ingeniaron para crear un lenguaje que todos pudieran comprender y burlar así al censor.
Funcionamiento: siempre se revisa el texto, la imagen… dependiendo del tipo de obra. En la música la revisión era triple: 1) revisión del texto; 2) revisión de la música: no se puede consentir un fondo que fuera “La Internacional”, “A las barricadas“, o “Cara al sol” (José Ramón Pardo dice que este caso ocurrió: no sé quien fue); y 3) la portada del disco: nada obsceno, blasfemo ni que en general atentara contra los principios del nacional-catolicismo.
Trucos: lejos de amedrentar a los autores, enriqueció toda una época que en el afán de comunicación elaboró todo un sistema de metáforas, símiles y demás simbologías. ¿Cómo si no hubiera podido escribir Celaya “A la calle que ya es hora”? Porque el poema fue arropado por un falso patriotismo, o mejor dicho, por un auténtico patriotismo que fue tomado como el oficial.
Otros trucos eran cambiar una palabra por otra que se le parezca; el público haría el resto. Ejemplos, Bibiano escribió en “O can” “¡Abaixo a dentadura”, el público cantaba “¡Abaixo a dictadura!”; Lluís Llach, en “La gallineta”, tuvo que escribir “¡Visca la revulsió!”, pero el auditorio gritaba “¡Visca la revolució!”. En cualquier caso, durante la transición, estas letras pudieron recuperarse, como aquella de Serrat que decía “guirnaldas rojas, verdes y amarillas” pudo volver a ser “guirnaldas rojas, lilas y amarillas”.
La inteligencia del autor era enorme: a Raimon le censuraron de “Diguem no” un verso que él cambió a “Hemos visto que han hecho callar a muchos hombres llenos de razón”. Sobran los comentarios… Aute, por su parte, tenía otra técnica: mandar muchas canciones, las que no le interesaban eran rechazables de antemano, las enviaba primero para después enviar las que quería grabar: así, al censor no le parecería tan grave.
Hoy la libertad de expresión está garantizada, pero en teoría en muchos casos: ¡cómo si no se explica que despidan a trabajadores de los medios de comunicación por negarse a leer un manifiesto o por diferencias políticas! Ay, bon Jesus! Quina idea!
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