Una despedida que se prometía fácil


Ayer acabé mi servicio de becario en la secretaría de la facultad. Pensé que se acabaría y ya está, que me iría por la puerta y ya está. Pero, ¡ay! tonto de mí: ¡pues no me descubro al borde del llanto mientras recogía mis cosas! ¡Qué difícil se hizo de repente! Por supuesto, no es que me paguen mucho, no es que sea el trabajo de mis sueños (aunque uno así me gustaría): todos adivinaréis que fue por las compañeras, las secretarias del centro. ¡Cuánta amabilidad, cuánta paciencia, han tenido conmigo! ¡Y cuánto cariño! Así, tras decir "Señoras, ha sido un placer", me fui, después de que me desearan lo mejor.
Después bajé a comer algo ¡cómo se me atragantaba el sandwich mixto! (eso sí, estaba re-bueno): el sollozo golpeando la garganta, las lágrimas aflorando en los ojos, el llanto a flor de piel. Mi sentimiento era sólo equiparable al de Pere Quart en "Corrandes de l’exili", como un exiliado, pero con un regusto dulce a fin de todos.
Muy buen verano y comienzo de otoño he pasado; he trabajado duro pero, sobre todo, he estado a gusto.
Muchas gracias a Alicia, Amelia, Marisa, Edita, Ana y Lucía por vuestro cariño y paciencia. Nos volveremos a ver (¡qué remedio! este papeleo…)
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