Unamuno contra Astray: la razón contra la violencia


Aquí tenéis, como prometí, la transcripción del incidente que convirtió a Unamuno en héroe y dejó a Millán Astray como lo que era: un canalla violento e integrista: 

Como rector de la Universidad de Salamanca, se encontró al
principio de la guerra civil en territorio nacionalista. Todavía el 15
de Septiembre, continuaba apoyando el movimiento nacionalista en su
“lucha por la civilización contra la tiranía”. Pero el 12 de Octubre
había cambiado. En esta fecha, día de la Fiesta de la Raza, se celebró
una gran ceremonia en el paraninfo de la Universidad de Salamanca.
Estaba presente el obispo de Salamanca, se encontraba allí el
gobernador civil, Asistía la señora de Franco. Y también el general
Millán Astray. En la presidencia estaba Unamuno, rector de la
Universidad. Después de las formalidades iniciales, Millán Astray atacó
violentamente a Cataluña y a las provincias vascas, describiéndolas
como “cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el
sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva,
como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos”. Desde el
fondo del paraninfo, una voz gritó el lema de Millán Astray: “Viva la
muerte”. Millán Astray dio a continuación los habituales gritos
excitadores del pueblo: “¡España!”, gritó. Automáticamente, cierto
número de personas contestaron: “Una “. “¡España!”, volvió a gritar
Millán Astray. “¡Grande!”, replicó su auditorio, todavía algo remiso. Y
al grito final de “¡España!” de Millán Astray, contestaron sus
seguidores “¡Libre!”. Algunos falangistas, con sus camisas azules,
saludaron con el saludo fascista al inevitable retrato sepia de Franco
que colgaba de la pared sobre la silla presidencial. Todos los ojos
estaban fijos en Unamuno, que se levantó lentamente y dijo: “Estáis
esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de
permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir.
Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero
hacer algunos comentarios al discurso – por llamarlo de algún modo –
del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de
lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos
y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo – y aquí
Unamuno señaló al tembloroso prelado que se encontraba a su lado – lo
quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”. Se detuvo. En
la sala se había extendido un temeroso silencio. Jamás se había
pronunciado discurso similar en la España nacionalista. ¿Qué iría a
decir a continuación el rector? “Pero ahora – continuó Unanumo – acabo
de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, que he
pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos
que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que
esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es
un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un
inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en
España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda,
pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general
Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un
mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de
esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los
mutilados a su alrededor.” En este momento, Millán Astray no se pudo
detener por más tiempo, y gritó: “¡Abajo la inteligencia!” ¡Viva la
muerte!”, clamoreado por los falangistas. Pero Unamuno continuó: “Este
es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis
profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza
bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para
persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha.
Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.” Siguió
una larga pausa. Luego con un valiente gesto, el catedrático de derecho
canónico salió a un lado de Unamuno y la señora de Franco al otro. Pero
esta fue la última clase de Unamuno. En adelante, el rector permaneció
arrestado en su domicilio. Sin duda hubiera sido encarcelado, si los
nacionalistas no hubieran temido las consecuencias de tal hecho.
Unamuno moría con el corazón roto de pena el último día de 1936.”
“La guerra civil española”, Hugh Thomas,
España contemporánea, Editions Ruedo ibérico – Libro IV Apartado 42,
Páginas 294 a 295. – Extracto de los sucesos: “Unamuno’s last lecture”
de Luis Portillo.
Extraído directamente de http://www.almargen.com.ar/sitio/seccion/historia/unamuno/index.html

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