NO A LA GUERRA


Recuerdo como una mezcla de miedo y de emociones encontradas los días en los que salimos para decir NO a una guerra ilegal y sin sentido como es ésta de Iraq… Entonces vimos quién era nuestro enemigo.
Bien sé que entonces había (y hay) guerras por todo el mundo de las que no se tiene constancia porque no interesan, no hay beneficios, como dijo el repugnante hermano de George Bush. Pero sí podíamos parar uno…
¿Era el miedo lo que nos impulsaba? Puede ser, pero ante todo era la injusticia: la injusticia que se iba a cometer contra todo un pueblo, que iba a quedar destrozado sobre las calles de Bagdad, en nombre de la democracia y la libertad. Era insoportable oírles hablar de libertad y democracia, era un ejercicio de hipocresía tal que revolvía estómagos y entrañas hasta la náusea.
Hoy en día a veces me dicen que no sirvió de nada, pero eso no es verdad: porque yo vi que a la inmensa mayoría le preocupaba más la muerte de los inocentes que el que Sadam tuviera o no armas poderosas. Yo vi Gran Vía gritar NO A LA GUERRA, y pienso que tan sólo con eso me moriré contento.
Han pasado tres o cuatro años, no sé (para las cifras soy muy malo): Sadam está muerto (se lo merecía), pero el pueblo iraquí, digno y valiente como todos, sigue desangrándose en las calles por culpa del integrismo religioso, y mucho jóvenes soldados americanos mueren a diario, mientras que algunos de sus compañeros, practicando esa asquerosa costumbre que tienen algunos gringos de creerse superior a cualquier pueblo, tortura y mata a la población civil inocente.
Me pregunto si los tres asesinos (foto) pueden dormir tranquilos hoy por hoy, me pregunto si todavía aspiran a ganarse el cielo, me pregunto si son humanos… Por lo menos sé que son tan humanos como Sadam Hussein.
Y yo, seguiré dicieno NO A TODA GUERRA.
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