Oda a Walt Whitman


Hoy quisiera dedicar esta hermosa poesía de Federico García Lorca a l@s homosexuales: no sólo a aquellos que van a participar en la semana del orgullo gay, sino a todos, y especialmente a aquellos que, como se dice ahora, no han salido del armario por miedo; pero de ningún modo a aquellos otros hipócritas que siendo homosexuales se disfrazan de heterosexuales y luego, en sus vacaciones, o en correrías nocturnas, abusan de los niños que son obligados a prostituirse, que es de lo que más o menos trata este poema.
Walt Whitman fue uno de los mejores poetas norteamericanos, escribió a mediados y finales del siglo XIX; se le considera el poeta de la democracia norteamericana, demostrando en sus escritos una solidaridad hacia los indios, los negros y los inmigrantes; era homosexual, y sufrió mucho por ello: si hoy es difícil serlo, imaginadlo en aquellos tiempos, o en tiempos de Lorca, cuando ni siquiera la izquierda los aceptaba, e incluso muchos eran expulsados o no aceptados en el Partido Comunista de cualquier país por su condicón sexual: muy pocos heterosexuales lo entendían, y de aquellos podemos decir con verdad que se adelantaron a su tiempo. Esto quiere ser a su vez una llamada de atención sobre el festival del orgullo: ¿sabéis? un colega mío, un compañero, homosexual, bromeaba diciendo que iba a comenzar una campaña para la fiesta del orgullo gay para que, como en el día del padre y de la madre, la gente hiciera regalos a su gay favorito; él era muy crítico con todo esto. Corréis el peligro de que la fiesta de vuestro orgullo se convierta en un burdo folklorismo, como le ha sucedido al día de la mujer trabajadora, y comencéis a ver que sólo se reivindiquen a aquellos gays, lesbianas, travestis, transexuales, homosexuales en general, que han triunfado en sus trabajos millonarios, que han escalado por encima de los demás, y todas esas cosas. Claro, que esto no es culpa vuestra, sino de los medios de comunicación que siempre buscan la lágrima y la ñoñería, ignorando que sobre la condición sexual vuestra sois personas normales y corrientes.
Perdón por el discurso: sin más dilación os pongo la hermosa poesía de Lorca, que debiera ser todo un referente para vosotros y para nosotros, más un par de regalitos: la versión original que Patxi Andión hizo del poema y una actuación suya interpretando este tema:

Oda a Walt Whitman

Por el East River y el Bronx

los muchachos cantan enseñando sus cinturas,

con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.

Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas

y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,

ninguno quería ser el río,

ninguno amaba las hojas grandes,

ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough

los muchachos luchaban con la industria,

y los judíos vendían al fauno del río

la rosa de la circuncisión

y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados

manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,

ninguno quería ser nube,

ninguno buscaba los helechos

ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga

las poleas rodarán para turbar el cielo;

un límite de agujas cercará la memoria

y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,

Nueva York de alambres y de muerte.

¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?

¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?

¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,

he dejado de ver tu barba llena de mariposas,

ni tus hombros de pana gastados por la luna,

ni tus muslos de Apolo virginal,

ni tu voz como una columna de ceniza;

anciano hermoso como la niebla

que gemías igual que un pájaro

con el sexo atravesado por una aguja,

enemigo del sátiro,

enemigo de la vid

y amante de los cuerpos bajo la burda tela.

Ni un solo momento, hermosura viril

que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,

soñabas ser un río y dormir como un río

con aquel camarada que pondría en tu pecho

un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,

hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,

porque por las azoteas,

agrupados en los bares,

saliendo en racimos de las alcantarillas,

temblando entre las piernas de los chauffeurs

o girando en las plataformas del ajenjo,

los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan

sobre tu barba luminosa y casta,

rubios del norte, negros de la arena,

muchedumbres de gritos y ademanes,

como gatos y como las serpientes,

los maricas, Walt Whitman, los maricas

turbios de lágrimas, carne para fusta,

bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos
teñidos

apuntan a la orilla de tu sueño

cuando el amigo come tu manzana

con un leve sabor de gasolina

y el sol canta por los ombligos

de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,

ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,

ni la saliva helada,

ni las curvas heridas como panza de sapo

que llevan los maricas en coches y terrazas

mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,

toro y sueño que junte la rueda con el alga,

padre de tu agonía, camelia de tu muerte,

y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite

en la selva de sangre de la mañana próxima.

El cielo tiene playas donde evitar la vida

y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía agonía, sueño, fermento y sueño.

Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,

la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,

los ricos dan a sus queridas

pequeños moribundos iluminados,

y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo

por vena de coral o celeste desnudo.

Mañana los amores serán rocas y el Tiempo

una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,

contra el niño que escribe

nombre de niña en su almohada,

ni contra el muchacho que se viste de novia

en la oscuridad del ropero,

ni contra los solitarios de los casinos

que beben con asco el agua de la prostitución,

ni contra los hombres de mirada verde

que aman al hombre y queman sus labios en silencio.

Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,

de carne tumefacta y pensamiento inmundo,

madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño

del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos

gotas de sucia muerte con amargo veneno.

Contra vosotros siempre,

Faeries de Norteamérica,

Pájaros de la Habana,

Jotos de Méjico,

Sarasas de Cádiz,

Apios de Sevilla,

Cancos de Madrid,

Floras de Alicante,

Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!

Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,

abiertos en las plazas con fiebre de abanico

o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte

mana de vuestros ojos

y agrupa flores grises en la orilla del cieno.

¡No haya cuartel! ¡Alerta!

Que los confundidos, los puros,

los clásicos, los señalados, los suplicantes

os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson

con la barba hacia el polo y las manos abiertas.

Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando

camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.

Duerme, no queda nada.

Una danza de muros agita las praderas

y América se anega de máquinas y llanto.

Quiero que el aire fuerte de la noche más honda

quite flores y letras del arco donde duermes

y un niño negro anuncie a los blancos del oro

la llegada del reino de la espiga.

De Poeta en Nueva York,

Federico García Lorca, 1929-1930

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