Como mi Madrid no hay


Hoy voy a hablar de un caso curioso de ¿nacionalismo?… Bueno, no es exactamente un nacionalismo o un regionalismo, sino una enfermedad que afecta a algunos casos curiosos de habitantes de la meseta, mejor dicho, de la ciudad de Madrid y de algunos pueblos/ ciudades que lo rodean. Hay gente que sigue viendo a sus vecinos como a través de una mala película de José Frade.

Existe en la ciudad de Madrid y en algunas de las ciudades que la rodean, la falsa tendencia a concebir que vivimos en una especie de isla bajo el sol, de paraíso privilegiado y civilizado en mitad de los pueblos bárbaros que nos rodean, porque no tenemos acento (creen); sólo tenemos el castellano como lengua, con lo cual no tenemos que pelear con nadie; que somos más modernos y europeos que otras regiones, a cuyos habitantes se los imaginan vestidos con trajes regionales; que nuestro desparpajo meseteño (tópica y falsa y chulería madrileña del que algunos hacen alarde) cae bien en todo el mundo, y si no, son unos incultos que viven en cavernas y usan hondas para espantar a los lobos…Y, además, nos creemos con derecho a que, allá donde vayamos, podemos tomar todo aquello que queremos porque ¡coño!, vivimos en la capital de España. Y si viene alguien, ya sea de visita, ya sea a trabajar, está en la obligación de aprender el castellano o la forma de hablar de la Villa, a perder su acento, mientras que si viajamos a Cataluña, por ejemplo, no sólo deben hablarnos en castellano (esto es comprensible), sino que tienen que quitarse ese asqueroso acento anti-constitucional. Y todo esto al tiempo que los taxistas sermonean: "Si no quieren ser españoles, que se vayan de España" (disculpas a los taxistas inteligentes que no comparten esta forma de ver la vida y no escuchan a Losantos).
El síndrome meseteño lleva siglos operando en la mentalidad de la gente bien, que poco a poco la fueron exportando a las clases humildes y trabajadoras, que generalmente venían de otras regiones.

En los años en los que Madrid fue uno de los objetivos de la emigración interna, al igual que pasaba en ciudades como Bilbao o Barcelona, los bárbaros que venían con su acentillo, o incluso hablando otra lengua, con boinas, zamarras, jaulas llenas de pollos y zurrones llenos de embutidos, eran despreciados por la gente de bien vivir, para los que, curiosamente, los emigrantes acababan trabajando de diversas maneras: desde la "chacha" hasta el mecánico; los consideraban incultos, sin considerar que su incultura se debía a falta de medios y no a una inherencia natural. También pensaban que aquel acento era fruto de la incultura: el problema es que cuando intentaban ocultarlo aquellos que escalaban en la sociedad terminaban adquiriendo un acento mucho más ridículo (por ejemplo: si habéis oído hablar alguna vez a un señorito andaluz, sabréis de lo que hablo). Aquellas personas que viniendo de las zonas rurales conseguían un puesto determinado entre la sociedad media o alta, hacían lo imposible por ocultar todo su pasado rural, cambiando el acento generalmente, adoptando el deje pijo que da mala fama a todo madrileño (NOTA: los madrileños no tenemos acento pijo, sólo lo tienen los pijos de verdad) y, lo que es mucho más grave, inventándose un pasado urbanita del que carecía. Por poner un ejemplo práctico, muchos recordaréis la película "La ciudad no es para mí", protagonizada por Paco Martínez Soria (cómo no, si la ponen siempre) y la genial frase de Gracita Morales cuando el abuelo irrumpe en casa de su nuera gritando "¡Luciana! ¡Lu-cia-NA!": "¡Tanto Luchi, tanto Luchi, y se llama Luciana!"… Verum dignum justum est.
Esta nueva media-alta sociedad mediocre (dicho esto tanto en el sentido lato, como imbécil, como en el sentido estricto, mediano, del término) era, si cabe, mil veces peor que la alta-media sociedad autóctona de Madrid: no sólo no despreciaban al que venía de fuera con más intensidad que aquellos, sino que además traicionaban todo su pasado: no tenían abuelos pastores o padres jornaleros ya, sino unas inciertas y ficticias raíces llenas de glorias, escudos, medallas y/ o dinero; o, más comunmente, decían venir de aquél pueblo en el que sus padres poseían más de la mitad de la tierra. Los que la conozcáis, podéis encontrar un buen ejemplo en la canción de Víctor Manuel "La alemana": canción de una mujer de una aldea de Asturias y Galicia que se va de allí y comienza a alardear de modernidad y de dinero mientras sus ancianos padres se matan a trabajar la tierra.

Esto, diréis, son cosas del pasado, que no se dan ya. No: lo que pasa es que, desde el mal llamado regreso a los pueblos (fenómeno que en realidad esconde espantosas tramas inmobiliarias) aquella tendencia se camufló en un nuevo señoritismo: el señorito de ciudad que se compró una casa o un chalet en el pueblo (que puede ser el suyo o no) y va allí los fines de semana y las vacaciones a regentear, como decía mi abuela: a hacer ostentación de sus bienes y ganancias.
Sin embargo, respecto a ciertas generaciones de sofisticados urbanitas mesteños, que presumen de ser cools, que se dice ahora, como sus padres decían ser chiks, que en mi pueblo se dice señorito de ciudad, se ha regresado curiosamente a ese racismo decimonónico respecto a las otras regiones de España, o incluso respecto a los pueblos de la Sierra o del sureste madrileño (que se lo pregunten al buen José Luis, vecino de Morata de Tajuña). Aquel racismo del que hacían gala gente de incluso una talla intelectual como Pío Baroja, o los primeros nacionalismos burgueses catalanes y vascos hacia, generalmente, andaluces, gallegos y extremeños (huelga decir que esto era un fenómeno meramente urbano), y que también impregnaba a la burguesía madrileña, pues dicho sea de paso, no era exactamente un problema de nacionalismos, sino de clases y de entornos, ha renacido en la mente estéril de ciertos jóvenes de la Villa y de las ciudades circundantes que, además, se autoproclaman progresistas y de izquierdas algunos, y otros simplemente cools, que generalmente provienen de familias acomodadas o de profesiones liberales (escritores, periodistas, profesores). Con una mentalidad de vivir en una especie de Nueva York peninsular e ibérica, hacen ostentación de su supuesto privilegio local: Madrid, ciudad moderna, ciudad de cultura, ciudad abierta… En realidad, ciudad de snobs, que es lo que son. Ese snobismo que permite mirar por encima del hombro a la gente que viene de fuera, de otras regiones de España, a los que consideran (¡a estas alturas!) como bárbaros que visten con boinas y zamarras.
La razón de mi cabreo es la existencia de un cierto personaje que pulula por ahí y del que no pienso hacer la más mínima publicidad salvo ésta, con lo que zanjaré el tema, porque no se me pega la regalada gana, que ha llegado a poner en su medio cibernético cosas que recuerdan a ese racismo inculto del que intelectuales y burgueses que presumían de cultura y de modernidad ostentaban indecentemente: aludir a que porque uno sea vasco ya tiene que comer cuajada y partir troncos en Euskal-Herria día sí y noche también, o apartarse con vergüenza porque oye en un país extranjero hablar a unos compatriotas con marcado acento andaluz son los síntomas de que muchos todavía no han superado el síndrome decimonónico del que hablo. Soy extremeño por parte de madre, por tanto, huelo a oveja y a cabra; soy salmantino por parte de padre, luego, según esta lógica, cabezón, intransigente y reaccionario; por mis venas corren con mucha probabilidad ríos de sangre vasca, asturiana, andaluza e incluso francesa, y tal vez esté remotamente emparentado con los indios de los Andes… y vete a saber cuántas aguas corren por estos cauces: creo que tengo derecho a sentirme ofendido.

Cuando comencé a escuchar música folk y de raíz, me di cuenta de que aquí, como en muchos otros medios urbanos, se podían reír de mí. Claro, el tío Anselmo cantando seguidillas, o incluso Nuevo Mester de Juglaría no tienen el grado cool del gran pop anglófono. Así que: ¡venga esa jota! me decía, y al que no le guste que se vaya. Puedes ver vagar de pub en pub a estos tíos cantando canciones de los Beatles, porque son muy guays para escuchar lo de ahora, y mirar con desprecio a la gente que no va vestida tan cool o que no le gusta esa música (por cierto, a mí los Beatles me chiflan); se desgañitan cantando en un inglés oxfordiano y se escandalizan al oír cantar en otra lengua de por aquí. Dicen no ser de derechas, ni de izquierdas, pero si viene alguien de fuera enseguida le dan la tabarra con un idiota discurso sobre la unidad nacional.

Total, que qué bonita región en la que vivo: sin tener orgullo ni tradición pretende imponer al resto su forma de ver las cosas. En cuanto a mí, nací en Madrid, pero sé de donde vengo, y aunque nunca vaya, no lo olvido ni me avergüenza, al contrario; y conozco aragoneses, catalanes, andaluces de Haén y gallegos con un acento tan fuerte que hueles el verde, y ninguno somos más que nadie. Cuando Madrid entera acepte sus múltiples raíces, entonces será de verdad la ciudad cultural a la que aspira ser.

Quen non viu cantar un vello/ non sabe o que é cantar-Quien no vio cantar un viejo/ no sabe lo que es cantar
(Benedicto)

2 responses to this post.

  1. Posted by FEDE on 15 agosto, 2007 at 17:59

    Hola Gustavo, es gratificante ver como alguien como tu a quien ni siquiera conozco personalmente se interesa por las tonterias que escribo, siendo que algunos familiares y amigos cercanos lo consideran sin ninguna importancia y hasta piensan que estoy un poco loco. Te dire que lo que tu opinas de que puede el libro haber sido plagiado esoy seguro que no, ya que el argumento es completamente distinto, puede que la portada si, y es lo que intento averiguar para que no se crean que los que nos gastamos pasta en libros somos tontos. Hablando de otros temas te dire que tu ultima entrada me parecia interesante, me puse a leerla y casi me dejo los ojos en el monitor, la letra es muy pequeña, pense en copiar el texto y ponerlo con mis documentos para ampliar luego la fuente, pero comenzo a hacer un ruido terrible el PC no me obedecia ni teclado ni mouse y tuve que apagar todo. ¿Tendrás alguna protección para que no te copien? Salu2.

  2. Posted by nieveazulada on 22 agosto, 2007 at 19:31

    … Desheredados, grandezas y miserias de gentes que viven para aparentar. … cobrar y en la que aparece el retablo más descarnado de la miseria madrileña.. Ya lo escribía Pérez Galdós en Novelas españolas contemporáneas. Así llamó Galdós a veinticuatro novelas que publicó a partir de 1880. Es un impresionante cuadro del Madrid y de la España del momento, en que se dan cita toda clase de ambientes, tipos, sentimientos, desde los más nobles a los más bajos. En estas obras el autor ya no utiliza planteamientos maniqueos religiosos o políticos para valorar las conductas de sus personajes, y con plena libertad analiza sus sentimientos, deseos y frustraciones. Lo que surge es un conjunto impresionante de mezquinos, bondadosos, burgueses adinerados, nobles arruinados, desheredados, grandezas y miserias de gentes que viven para aparentar. Galdós consigue captar esta pluralidad social y vital con técnicas narrativas nuevas sirviéndose tanto del monólogo interior, como del estilo indirecto o del personaje narrador —que ya había utilizado en los primeros Episodios Nacionales—. Ahora el autor presenta y el lector juzga.
     
    La primera de estas novelas es La desheredada (1881), obra naturalista en la que la protagonista, una muchacha loca que está en el manicomio de Leganés (Madrid), se cree descendiente de un aristócrata y acaba en la prostitución; El amigo Manso (1883) —obra que ya anuncia las “nivolas” de Miguel de Unamuno— plantea el contraste entre un profesor krausista y su superficial y taimado alumno; en Tormento (1884) la protagonista es engañada y seducida por un sacerdote disoluto y la recoge un indiano enriquecido aunque no se casa con ella; en Miau (1888) describe las penalidades de un cesante progresista durante un gobierno conservador, y el infierno de la burocracia; la usura aparece tratada en Torquemada en la hoguera (1889) en la que se narra la ascensión social de un usurero que acaba convertido en senador. Entre todas estas obras destaca Fortunata y Jacinta (1887) el mural más extraordinario sobre la historia y la sociedad madrileña de la época y una de las mejores novelas de la literatura española: Juan Santa Cruz es el amante de una muchacha pobre, apasionada y enamorada, pero se casa con su prima, la dulce Jacinta, que sufre las infidelidades del marido. Fortunata se queda embarazada y el “señorito satisfecho” —como Ortega y Gasset definió al prototipo de este personaje— busca otra amiga. Fortunata tiene a su hijo pero llena de celos provoca una riña con la nueva amante que la llevará a la muerte no sin antes haber entregado el hijo a Jacinta. Sobre este argumento central en el que se tejen otros y con la realidad político social del momento de fondo, Galdós se situó como narrador cómplice de la Naturaleza que rectifica los errores de sus hijos.
     
    En los años noventa surge una actitud espiritualista en la novelística de Galdós. El tema ético y religioso se aborda en Nazarín (1895) —que Luis Buñuel llevó a la pantalla, como también hizo con otra novela de Galdós, Tristana— en la que se ve a un sacerdote perder la fe porque su pureza evangélica no es comprendida ni aceptada por un mundo mezquino; Misericordia (1897) está considerada como una de sus obras maestras y en ella retrata a la dulce Benina que mendiga para llevar dinero a la casa en la que trabaja de criada sin cobrar y en la que aparece el retablo más descarnado de la miseria madrileña.
     
    Besos
     

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