L’home que va dir no


El hombre que dijo no

El
cantautor valenciano Raimon Pelegero puso su voz a una época. Hizo que
la palabra viento se convirtiera en un manifiesto contra Franco. Ahora,
al cumplir los 65 años, regresa a los escenarios, mira atrás y se
pregunta cómo pudo resistir tanta indiferencia a partir de la
transición.

JUAN CRUZ 15/01/2006

El
cantautor valenciano Raimon Pelegero puso su voz a una época. Hizo que
la palabra viento se convirtiera en un manifiesto contra Franco. Ahora,
al cumplir los 65 años, regresa a los escenarios, mira atrás y se
pregunta cómo pudo resistir tanta indiferencia a partir de la
transición.

La casa que tienen en un ático de
Barcelona Raimon Pelegero y Analisa Corti Sinceri es como el
apartamento de dos recién casados que aún no han decidido qué poner en
las paredes. Pero si uno se fija detenidamente en los lienzos y dibujos
que han incorporado a sus vidas –Miró, Tàpies, Alfaro… (Miró le
escribió esta dedicatoria, en catalán, hace 42 años: “Para Raimon
Pelegero, este canto del sol de mañana”)– se dará cuenta de que tienen
todo lo adecuado a esta casa soleada en la que ellos parecen, en
efecto, dos recién casados. Y viven juntos desde que este hombre es
Raimon. Ahora, Raimon, aquel chico que le dedicó a Analisa algunas de
sus mejores canciones de amor –“dejaré los libros para abrazarte”–,
acaba de cumplir 65 años. Los cumplió el último 2 de diciembre, “y ya
se notan, eh”; no se notan. Raimon es un hombre jovial, risueño, y
sobre caracteres así las edades se posan levemente.

Ya no tiene
el flequillo viajero que tuvo cuando compuso Al vent en el asiento
trasero de una moto, mientras volvía de Valencia a Xátiva, su tierra
–“he dejado a mi madre, en Xátiva, en la calle Blanca”–; vive un poco
rapado, como si adecuara su cabello para que el viento haga su viaje
más rápidamente. Antes de verle, en Barcelona, uno de los últimos días
de diciembre, vimos a otras personas que nos preguntaron adónde íbamos
con nuestro magnetófono: “A entrevistar a Raimon”. Todos nos dijeron –y
fueron unos cuantos– algo similar a esto: qué tipo más cojonudo; pasea
cantando. Luego, cuando le ves, entiendes que haya esa unanimidad sobre
su carácter e incluso sobre su vida: solidario, alegre, no es para nada
ese ser solemne con el que a veces asocia uno a aquellos que cantan
versos de poetas muy solemnes. Atreverse en este país (en el que habla
catalán y en el que habla español) con poetas como Ausiàs March y como
Salvador Espriu revela un nivel de exigencia intelectual y sensorial
que está muy por encima de otros atrevimientos.

Antes de
conversar, Analisa, que es italiana, de Ostia, y que se encontró con
Raimon casi por casualidad en Valencia después de una manifestación
antifranquista, nos preparó unos espaguetis con calamares cuya receta
quisimos saber: “Se tienen que hacer con mucho amor”, nos dijo. Sobre
la mesa hay naranjas, cómo no; Xátiva nunca ha dejado de latir, y todo
lo que es sabor antes de hablar resulta mediterráneo. La conversación
fue larga, y cómoda; Raimon no impone sus ritmos, deja que el sonido de
lo que se habla vaya envolviendo su propio discurso, y de vez en cuando
ríe sus propias ocurrencias y celebra las ajenas. Ahora, Raimon, que ha
reunido hace poco todo lo que cantó, y que nunca ha dejado de estar en
los escenarios, mira hacia atrás y se pregunta cómo pudo resistir el
bombardeo de la indiferencia, sobre todo a partir de la transición:
antes, en el franquismo, era hasta cierto punto lógico que se le
cerraran las radios y las teles; pero después, ¿qué pasó?

Ahora,
cuando se van a cumplir los 40 años de su histórico recital en el
Olimpia de París, regresa a los escenarios. Desde el 26 hasta el 29 de
enero va a ocupar el Teatre Nacional de Catalunya, en Barcelona,
primero con canciones de las que él ha hecho la letra y la música; al
día siguiente, los 22 poemas de Espriu a los que puso música; el sábado
28, los de Ausiàs March, y el día siguiente, domingo, a las seis de la
tarde, una antología de toda su obra, incluido aquel Al vent que le
hizo mítico entre los que escuchábamos la palabra viento como si fuera
también un manifiesto contra Franco.

De aquellos primeros tiempos
empezamos a hablar, de cuando declaraba en sus letras: “He dejado a mi
madre, sola, en Xátiva, en la calle Blanca”.

¿Qué pasó en Xátiva antes de que usted fuera Raimon?

Fui
el último de la familia. Mi madre me tuvo cuando ella tenía 47 años, y
supongo que me engendraron porque mi padre acababa de salir de la
cárcel. Ya tenían tres hijos, y otro que murió muy pequeño. Había siete
años de diferencia entre mi hermano anterior y yo mismo. Era el
pequeñín de la familia, un juguete. Entraba y salía en las casas, era
el más mimado de la calle. Fui al colegio de los claretianos, y uno de
los curas le dijo a mi padre: “Este chico vale, debe estudiar”. Daban
clases a chicos de entre 6 y 10 años. Antes, en la escuela de cagons,
la guardería, una ex monja me había enseñado a leer y a escribir; así
que a los seis años ya me defendía, sabía leer, escribir, sumar,
restar; así que, cuando llegué a los claretianos, aquel cura ya me vio
muy hecho y le dijo eso a mi padre; así que seguí estudiando, y llegué
a la Universidad de Valencia, e hice Historia.

Así que eso fue Xátiva.

Mi
padre era el presidente de la banda de música, y ya sabes lo importante
que es eso en Castellón. Mi hermano el mayor tocaba la tuba, luego lo
dejó; el otro tocaba el trombón; al otro le gustaba la danza… A toda la
familia le gustaba esto, la música. A mí, de pequeño, me daban la
flauta y el flautín. En Valencia se dice que los valencianos siempre
andamos con un pito o el otro. También hacía teatro, y radio: estuve en
una red de emisoras en Xátiva, la REM [Red de Emisoras del Movimiento];
intenté entrar y me corrigieron mucho el acento: había que hablar en
castellano.

¿Cómo marcó a la familia esa estancia de su padre en la cárcel?

Éramos
rojos todos. A mi hermano pequeño le dijeron los curas, cuando tenía
ocho años: “Tú, calla, que eres un rojillo”. Decirle eso a un chaval
que no sabía nada de nada tenía que marcar. Incluso el que comentó que
yo debía estudiar les aseguró a mis padres que no me daba mejores notas
porque ellos no iban a misa. Entre nosotros estaba siempre ese miedo
que se instaló en la sociedad española a partir de los años treinta y
cuarenta, ese miedo que estuvo siempre presente. Y recuerdo que mi
madre decía algo que yo no comprendía, pero que luego entendí
perfectamente. Ella decía: “Este señor podía haber parado después de
ganar”. Pero no paró: mató a un hermano de mi padre, hubo una represión
tremenda. Después, en el Bachillerato, escuché eso de que teníamos que
ser “mitad monjes, mitad soldados”, lo de “España, una, grande y libre”…

¿Y se lo creyó?

Con
10 o 12 años cómo no te lo vas a creer. Y cuando mi padre me escuchaba
se cabreaba mucho. “¡Para qué te habré dejado estudiar!”. Había grandes
discusiones. Mi padre me gritaba: “¡Que te están engañando!”.

¿Qué era su padre?

Ebanista,
tenía un taller. Era presidente del Sindicato de la Madera, en Xátiva.
Cuando se produjo el levantamiento de Franco le requisaron las
máquinas. Le confiscaron los muebles que tenía y le metieron en la
cárcel. Era anarcosindicalista, y la familia de mi madre, socialista.

¿Y cómo era su madre?

Muy
inteligente, abierta; nunca se sorprendió de que vinieran a verme
franceses, ingleses. Una mujer muy curiosa. Le encantaba comer de lo
que no hubiera comido nunca, quesos franceses. Con una gran capacidad
de trabajo. Había siete personas a su cargo, y no tenía lavadora, no
había agua potable en casa. Esas cosas les dan a quienes las sufren una
gran fortaleza.

Usted dice que gran parte de sus canciones son sobre el miedo. Pero irrumpe con ‘Al vent’, que es un canto de juventud.

Yo
tenía 18 años cuando la hice. Y fue posible por la ebullición que había
en la universidad, en Valencia. Se producía un redescubrimiento,
entraba en juego la generación que pierde el miedo. Nosotros lo hemos
vivido como reflejo del miedo paterno, pero éramos unos tíos de 18 o 19
años e irrumpíamos en un tipo de sociedad en la que hay que ir a la
contra. En ese clima hice Al vent. Me gustaba la música y la poesía, e
iba con la guitarra al castillo de Xátiva. Entonces había arrozales
alrededor –ahora, ya no–, y estaban llenos de agua, como si estuvieras
ante un lago. Escribí allí unos versos horrorosos, que rompí; pero iba
constantemente a escribir versos, y cuando acababa sentía como que
aquél era mi trabajo. Lo cumplía, y después ir a la escuela era como un
complemento. Entonces tendría 14 o 15 años; un profesor de literatura
nos hizo leer a Sartre y a Camus. Alrededor había la atmósfera que hizo
nacer finalmente esta canción, que es como un deseo de ir contra la
adversidad… “Al vent, la cara al vent, al vent del mon…”.

¿Cómo la hizo?

Iba
en moto, en el asiento de atrás. Estaba con un chico asturiano con el
que me había encontrado en el comedor del SEU, y le convencí para que
viniera conmigo a Xátiva –“ése sí que es un paisaje”–. Era un 20 de
octubre. Yo llevaba la guitarra y empecé a rasguearla, y cuando llegué
a Xátiva escribí la canción.

Darla a conocer sí que sería una aventura.

Había
en Barcelona una casa de discos, Edigsa, empeñada en hacer nacer una
canción en catalán. Eliseu Climent [intelectual, promotor cultural
valenciano] tenía contactos, y también Joan Fuster, el escritor. Ellos
lo hicieron posible. Yo escuché mi primer disco en casa de Eliseu,
porque no tenía tocadiscos. Bueno, antes los de la casa de discos
quisieron hacer unos arreglos a la italiana, y me negué. Quico Pi de la
Serra me aconsejó que lo hiciera como yo quería, y finalmente la
grabación salió a mi estilo, con mi guitarra, y entonces con guitarra
sola no había nada. Pero yo quería que saliera sin adulterarla.

Y eso que a usted se le ocurrió en el asiento trasero de una moto se convirtió en un emblema suyo y de su tiempo.

A
los artistas en general se les suele identificar con una parte de lo
que han hecho, y a veces, con una parte mínima. Pero, sí, el impacto
fue enorme. Y después, silencio.

¿Silencio?

Después
de la dictadura se instaló la sensación de que ya lo habíamos hecho,
que ahora ya no tocaba seguir tocando la guitarra. Se instaló este tipo
de razonamiento: contra la dictadura, estos tipos hicieron lo que había
que hacer; pero una vez que no había dictadura, ¿qué coño hacen aquí?
¡Fuera, basta!

Un destino difícil.

Sí, se pensaba
que el destino lógico del artista después de la dictadura era que lo
encerraran con todos los honores en el museo de la resistencia, o que
hubiera muerto. Me ofrecieron cosas para que dejara de cantar. ¡Pero si
lo que yo quería era seguir cantando, cómo lo iba a dejar ahora!

¿Cómo se salvó de esa jubilación precipitada?

Gracias
al público, y gracias a mi esfuerzo y al de mi mujer. Si al lado
hubiera tenido otro tipo de persona distinta de Analisa no sé qué
hubiera hecho, pero sin duda no hubiera hecho lo que he hecho.

Percibió un intento de ocultamiento…

Y
además lo viví mal. Lo viví con gente que nunca hubiera pensado que iba
a tener esta actitud conmigo. Y me parece que ese ocultamiento no se
rompió hasta 1992 o 1993. Hubo tantos pactos tácitos, tantos pactos de
debilidades. Porque la transición fue un pacto de debilidades: la
izquierda no sabía qué tenía, porque venía de la oscuridad, y los
franquistas y sus adláteres tampoco sabían qué coño pasaba, porque
vivían en una burbuja, fuera de la realidad. Entonces se produjo una
especie de pacto de mínimos entre las dos debilidades, con todo lo que
eso supone. Ahora se empieza a hablar de cosas que en los ochenta no
salían en ningún sitio.

Acaso porque el franquismo no nos ha abandonado nunca.

Yo creo que está latente.

¿En qué lo ve usted latente?

En
la negación de la diversidad. Hay una parte de la ideología que hace
posible que Franco esté presente; por ejemplo, en la reacción que se ha
tenido frente al matrimonio de los homosexuales. ¡Si se quieren casar,
que se casen! Un amigo mío dice: “¡Si ya sólo se quieren casar los
curas y los homosexuales!”. La misma reacción que ha producido el
Estatut: antes de saber de qué iba, ya se produjo una reacción en
contra; antes de que se supiera de qué iba, ¡ya era inconstitucional!
La base de todo totalitarismo es la negación de la diversidad, y en el
caso de Franco era la afirmación de una sola religión, de una sola
lengua. Y ahí lo tenemos, otra vez.

¿Una decepción?

Decepción,
no. Como vengo de las clases populares, nunca tendí a hacerme muchas
ilusiones; pero un poco jodido sí me parece. Decepción es una palabra
muy grande.

Otra canción suya muy importante fue aquella ‘Diguem no’. ¿A qué habría que decir no hoy?

Yo
decía no a unas cuantas cosas muy concretas. Al miedo, que creo que
todavía existe; a la sangre; a esta violencia que vemos hoy en Irak,
por ejemplo; al pensamiento que cifra toda solución en la guerra; al
hambre, contra la que nadie hace nada, y a la prisión sin justicia.
Sobre eso se hizo aquel himno, y fíjate si está de actualidad. Pero esa
canción parte de mi propia convicción: yo soy quien dice no; primero lo
digo yo y luego lo dice el himno, “diguem no”. A mí me salían canciones
de tipo general, declaraciones de principios; era incapaz de hacer
canciones sobre la guerra de Vietnam, por ejemplo, y me las pedían.
Hacía canciones sobre la amistad y el amor, y sigo haciendo canciones
sobre lo que me mueve.

Es curioso, usted es un poeta del amor o de la amistad, y la gente lo celebra como un cantante reivindicativo.

Influye
mucho en la imagen que se transmite lo que dicen los medios de
comunicación. El cúmulo de prohibiciones y de dificultades que se me
pusieron en un momento muy largo de mi vida hace pensar que yo nunca
canté a Ausiàs March… Creo que no ha habido, y aún no hay, la
suficiente información en España sobre lo que hacemos los que cantamos
en esta lengua. No hay una información que llegue de todas partes;
sigue habiendo una bipolaridad Madrid-Barcelona, y pesa mucho más
Madrid que Barcelona. Eso repercute sobre mi trabajo.

Volvamos a Xátiva. Usted deja a su madre, sola, en Xátiva. Lo puso en una canción. Debía de ser importante.

Me
costó mucho. A los 26 años tuve una discusión muy fuerte con ella.
Estaba viuda, y era de esas mujeres que preferían vivir solas que vivir
en la ciudad.

Una canción muy autobiográfica.

Xátiva
siempre ha ido conmigo. Con el tiempo puede haber el peligro de que te
lleves la Xátiva que no existe, la de tu infancia, la de tu
adolescencia. Allá fue donde me formé; allí vi la primera luz, los
primeros animales, los primeros humanos, y eso lo llevas siempre
contigo inevitablemente. En el Bachillerato oía desde cualquier sitio
las campanas del colegio, y ahora no oiría nada porque está todo
construido. Xátiva siempre está conmigo, y estaría más si hubiera un
color político distinto gobernando allí…

¿Y qué fue Valencia?

Fue
el despertar de la juventud, del amor. Ya empezaba a tener cierta
capacidad para el enamoramiento, y siempre fui muy enamoradizo. Tuve
unos profesores espléndidos: José María Jover, Miquel Tarradell,
Antonio Bieito, Antonio Gómez… ¡Aquello era Oxford! Y además éramos muy
pocos tíos, con una posibilidad acojonante de relacionarte con el
profesor. En Valencia me encontré con el teatro, con gente como José
María Morera o con Sanchís Sinisterra; conocí la canción francesa, tuve
acceso a la música clásica… Había un problema: querían que habláramos
en un solo idioma; un profesor de literatura, que era espléndido, nos
dijo que debíamos intentar hablar en castellano siempre, porque si no
la sintaxis se nos podía perjudicar… En Valencia me encontré con un
grupo de gente que se decide a reivindicar lo que nos habían negado.

Y eso le hizo comprometerse.

Sí, pero ya había hecho Al vent, que sólo fue hecha para cantar, para expulsar una necesidad casi fisiológica del adolescente.

¿Lo de la lengua fue lo que más le perturbó?

No.
Mi padre no fue a la cárcel por la lengua, sino por la ideología. Fue
una cuestión más amplia, más cultural. La primera vez que oí hablar de
Ausiàs March tenía yo 20 años. Y no en la universidad, sino en una
conmemoración del quinto centenario del poeta.

En aquel ambiente, ¿por qué piensa usted que alcanzó notoriedad?

Era
un momento en que no había otras cosas, era una voz nueva; yo creo que
rompía el paisaje sonoro de aquella época, la gente encontró en mis
canciones la música que le gustaba, y todo eso mezclado con una
juventud que entraba en un tipo de sociedad acojonada por la
posguerra…

La sensación que teníamos de usted entonces era que era alguien muy serio, muy concienciado, como se decía en aquellos tiempos…

Yo
soy un tímido que ríe. Fíjate que escogí poetas como Espriu y como
March, dos tíos tenebrosos. Un tímido que ríe y escoge esos poetas.

Le elogiaron muy pronto gente como Celaya, Hierro, Aranguren… ¿Cómo lo recibió?

Acepté
los elogios, pero no me los acabé de creer. En julio de 1966 actué en
el Olimpia, una semana después de Bob Dylan, y eso internacionalizó mi
nombre y repercutió aquí. Entré, por así decirlo, en el circuito
internacional. Viajé a Estados Unidos, a Japón, a América Latina, a
Suiza, a México…

Tendría que ser un golpe de ego.

No
lo sé, tendría que ir al psicoanalista. Lo cierto es que antes Alberto
Oliveras [comunicador radiofónico, agitador cultural] me había llevado
a un restaurante y me presentó a Joan Miró. Era 1964. Me llevaron allí
porque pensaban que podía hacer carrera en francés, y lo intentaron
porque el tipo de canción que yo hacía podía interesar allá; pero luego
me propusieron cantar en inglés… O sea, que tenían la tendencia a
proponerme cantar en una lengua diferente a la mía. Bueno, pues aquella
vez me encontré con Miró, y él me dijo: “Tenemos que hacer algo
juntos”, y yo me pregunté: ¿qué podremos hacer juntos este señor y yo,
si él no toca el contrabajo? Bueno, pues me envió una litografía a
Xátiva; sirvió para la portada de un disco que yo había hecho con
poemas de Espriu y que Edigsa guardó durante un año porque los
consideraba elitistas.

Esa internacionalización pondría en guardia al franquismo.

Pero también me protegió. Me prohibían, pero no me maltrataban en los interrogatorios.

Un
momento clave fue cuando usted y Salomé interpretaron ‘S’en va a anar’
en el Festival de la Canción del Mediterráneo, en 1963.

Fue
en Barcelona, en el Palacio de Congresos de Montjuïc. Habían
seleccionado una canción en catalán, y mi compañía de discos me propuso
para interpretarla. Me convencieron, a pesar de que yo creía que ése no
era el sitio para mis canciones.

¿Consecuencias?

Que
hubo mayor control sobre mí. Pusieron una lupa sobre mi nombre. Podías
publicar cosas minoritarias; pero en cuanto saltabas esa valla, ya se
estrechaba el control. Controlaron mis viajes, tuvieron más conciencia
de que debían vigilarme.

En el libro de Antoni Batista ‘La
construcción de un canto’ [La Magrana, en catalán; RBA, en castellano]
se revela que el capitán general de Cataluña ordenó que se le vigilara,
que no se emitieran sus canciones, porque usted atentaba contra la
unidad de la patria.

Y yo no sabía que existía ese documento;
lo encontró Batista. Yo percibía que muy simpático no les caía. Había
una dificultad, y yo era consciente de que estaba luchando contra la
dictadura con mis medios, e intenté ser astuto: actué en universidades,
evité los teatros o los lugares donde ellos podían intervenir más
directamente. ¡Tenías que pedir permiso para pedir permiso! Y a veces
llegabas a los sitios y teníamos que volver a guardar los altavoces. Si
no hubiéramos tenido aquella energía, Analisa y yo no hubiéramos
seguido, pero seguimos.

¿Cuándo se dio cuenta de que usted era un artista, que su voz representaba un estilo?

Eso
ocurrió desde el principio. Y era consciente de que lo que estaba
haciendo no tenía nada que ver con lo que existía en el paisaje sonoro
de este país. Escuchaba otras músicas: francesa, americana… Desde lo
primero que hago sé que no estoy haciendo nada que se parezca a lo que
se hace. Ni mejor, ni peor: no se hace.

Parece que la elección de Espriu resulta obvia: una lengua para un espíritu…

E
hice la parte más lírica de Espriu, el núcleo de su lírica. Y después
elegí a Ausiàs March, que no había escrito sus poemas para ser
cantados, sino para ser leídos. Y hacía unos versos que te ponen los
pelos de punta, fascinantes: cazaba versos lapidarios.

Dos poetas y dos riesgos.

Me decían que elegirlos me podía alejar de la gente.

¿Cómo fue su relación con los compañeros que tuvo alrededor?

No
hubo mucha convivencia. Pi de la Serra es mi amigo, lo fue Ovidi
Montllor, lo soy de Joan Manuel Serrat, y hubo aquel incidente cuando
se puso a cantar en castellano [a raíz de la propuesta para que Serrat
representara a España en el Festival de Eurovisión]…

¿Cómo vivió usted aquello?

Lo
vivimos mal, porque ocurrió de improviso, y lo sufrimos porque tuvo
consecuencias en la relación con el público. Muchos pensaron que
empezaríamos a cantar en castellano para dar luego el salto a Madrid.
Después, eso pasó; Serrat, de hecho, no fue a Eurovisión, y el asunto
pasó de largo.

¿Cómo se reconstruyó?

En el fondo
seguimos en el mismo sitio, cada uno con las diferencias que quieras,
en las luchas por las libertades y cada cual a su modo. Yo tengo un
afecto personal por Joan Manuel, y ese afecto está muy por encima de
todas las cosas.

¿Cómo es ahora la relación?

Buena,
absolutamente buena, y espero y deseo que esté bien, coño, porque las
enfermedades siempre hacen daño. Cuando hice mis recitales, enseguida
vino. Y yo iré donde él me diga. No hay problemas con Serrat y sí mucho
cariño. Sabemos que somos dos personas distintas, y no todos tenemos
que hacer lo mismo e ir de la misma manera.

Cuando murió Franco, ya usted era un clásico; pero se acaba el enemigo común…

¡Si
uno pensara que se luchaba sólo contra la dictadura y no por la
democracia y las libertades! Se acaba la dictadura, pero la lucha por
la democracia no se acaba nunca. Nunca hay suficiente democracia. Hasta
1979 me prohibieron recitales. En febrero de 1976 me permitieron en
Madrid sólo uno de los cuatro recitales que estaban previstos. En 1978
pedí el Palacio de Deportes y me dijeron que aquello era para hacer
deporte, no para cantar, y el día que yo lo había pedido cantó María
Dolores Pradera, que es tan deportista como yo… Esas cosas pasaron
hasta 1979, cuando se produjeron las elecciones municipales. A partir
de ahí se llegó a un pacto extraño en virtud del cual algunos
sobrábamos, o nos teníamos que hacer diputados o senadores. ¡Tú qué
coño haces cantando? Hasta los noventa se produce una travesía del
desierto: contaba con el público, pero vivía aparte de los medios, con
lo que eso implica.

¿Cómo ha vivido eso?

A veces,
mal. No estaba en la profesión de manera normal, pero hacía lo que
tenía que hacer. Pero no me arrepiento. En los ochenta había seguidores
que querían que yo repitiera siempre las mismas canciones, y me negué.
Si no insistes en las nuevas canciones, no hay manera de que las
difundas.

Sus actuaciones en Madrid dan idea de la evolución del clima político.

El
primer concierto iba a ser en 1965, organizado por los Amigos de la
Unesco, en el teatro de la Zarzuela. Tuvo que hacerse en un local de
Tirso de Molina. En 1968 actué en Económicas, en la Complutense, un
concierto en el que parece que estuvo todo el mundo. De 1968 a 1976 se
me prohibió cantar. En 1980 actué en el teatro Alcalá; vinieron Javier
Solana y José María Maravall; allí conocí a Manuel Vicent, a través de
Julián García Candau. Hasta los noventa no volví a actuar en Madrid…

Y
en 1997 actuó en Las Ventas, en el homenaje nacional a Miguel Ángel
Blanco, concejal del PP asesinado por ETA. Hubo un gran escándalo
porque a usted le pitó parte del público. Por cantar en catalán. ¿Ha
reflexionado sobre eso?

Lo he intentado analizar. Analisa no
tenía claro que debiera ir. Era unitario, estaban todos, fue lo que le
dije. Y fui. Me negué a ir a La Moncloa, con Aznar, eso no lo quise
hacer; pero me parecía que yo debía estar allí. Había pasado una cosa
tétrica y terrible, aquel asesinato de Miguel Ángel Blanco. Era una
muerte anunciada, un chantaje absurdo: o la independencia, o mato a
este hombre. Quiénes son ellos para decidir quién tiene que morir y
quién tiene que vivir… Y yo había tenido hacía años gente en casa que
pertenecía a la ETA.

Y escribió aquella canción, ‘Tots els colors del verd’, sobre Euskadi…

Que
era la canción que canté en Las Ventas, porque la consideraba adecuada.
Lo que pasó conmigo y con Pepe Sacristán demostró que algo no
funcionaba, no se aceptaba lo diverso: a uno se le silbaba por
comunista, y al otro, porque se había manifestado contra la dictadura,
por cantar en una lengua diferente al español o por decir “gora
Euskadi” en una canción… Y yo he dicho que hay que buscar la paz, y he
dicho: “Cantaremos a la vida del pueblo que no quiere morir…”. No tenía
que forzar nada para estar en aquel sitio… Lo que sucedió me hizo daño
personalmente.

¿Alguien le pidió perdón?

No. Me hicieron llegar algunas declaraciones.

¿Dijo algo Aznar?

No. Álvarez Cascos sí me mandó un casete con unas declaraciones suyas condenando el abucheo.

Han pasado nueve años. ¿Cómo ve las cosas ahora?

Igual
o peor desde el punto de vista del respeto a lo diverso. La no
aceptación de la mentira con respecto a la invasión de Irak o de las
causas del 11-M están generando un clima que no prende más porque la
gente tiene un nivel de vida que impide que se encienda la gasolina que
están esparciendo por ahí. Están creando un clima de odios mutuos.

Raimon, ¿hay alguna canción que le siga emocionando?

Quizá En tu país de Italia, esa que dice que dejaré los libros para abrazar a una chica.

¿Analisa?

Yo decía que era Claudia Cardinale, pero no se lo cree nadie. Hay ahí cierta autoironía que me gusta.

¿Qué supone Analisa para usted?

No se lo digas a ella, pero creo que Raimon sería impensable sin ella.

One response to this post.

  1. Posted by nieveazulada on 31 agosto, 2007 at 19:27

     Me ha encantado Gus, gracias por "colgarlo"

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: