La Insignia


Durante la guerra civil, en ambos bandos, muchos fueron los poetas que pusieron su poesía al servicio de la causa, unos de mejor manera, otros de peor manera (Pemán), y otros sublimemente: Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti, José Bergamín… y León Felipe.
En realidad, la actividad poética de León Felipe durante los años 36-39 no fue especialmente intensa, limitándose a dar conferencias en Latino-América, en donde residía desde antes del estallido de la guerra. Pero hizo una que valía por todas, a su estilo libre, en donde importan más las palabras que las formas que tomen los versos: "La insignia (Alocución poética)". Este poema, publicado por el órgano de la CNT, dentro de aquel ciclo, para mí y respetando a todos los autores, es el poema absoluto de la contienda, porque, aunque enmarcado en la actividad literaria del bando republicano, es una llamada de atención a todos y a todo, y una invocación al sentido de la justicia real y universal, tan presente en toda su obra, y, desde esa perspectiva, un llamamiento a la unidad contra la injusticia de los pudientes. No se puede decir muchos más, porque como dijo Tuñón de Lara refiriéndose a Labordeta, "Nuestras palabras sobran, las suyas bastan":

La Insignia
(Alocución poética)

¿HABÉIS hablado
ya todos?
¿Habéis hablado ya todos los españoles?

Ha hablado el gran responsable revolucionario,
y los pequeños responsables;
ha hablado el alto comisario,
y los comisarios subalternos;
han hablado los partidos políticos,
han hablado los gremios,
los Comités,
y los Sindicatos,
han hablado los obreros y los campesinos;
han hablado los menestrales:
ha hablado el peluquero,
el mozo de café
y el limpiabotas.
Y han hablado los eternos demagogos también.
Han hablado todos.
Creo que han hablado todos.
¿Falta alguno?


¿Hay algún español que no haya pronunciado
su palabra?…
¿Nadie responde?… (Silencio). Entonces falto yo
sólo.
Porque el poeta no ha hablado todavía.


¿Quién ha dicho que ya no hay poetas en el
mundo?
¿Quién ha dicho que ya no hay profetas?


Un día, los reyes y los pueblos,
para olvidar su destino fatal y dramático
y para poder suplantar el sacrificio con el cinismo y con
la
          pirueta,
substituyeron al profeta por el bufón.
Pero el profeta no es más que la voz vernácula
de un pueblo,
la voz legítima de su Historia,
el grito de la tierra primera que se levanta en el barullo
del
           mercado, sobre el vocerío de los traficantes.
Nada de orgullos
Ni jerarquías divinas ni genealogías eclesiásticas.

La voz de los profetas -recordadla-
Es la que tiene más sabor de barro.
De barro,
del barro que ha hecho al árbol -al naranjo y al
pino-
del barrio que ha formado
nuestro cuerpo también.
Yo no soy más que una voz -la tuya, la de todos-
la más genuina,
la más general,
la más aborigen ahora,
la más antigua de esta tierra.
La voz de España que hoy se articula en mi garganta,
como
           pudo articularse en otra cualquiera.
Mi voz no es más que la onda de la tierra,
de nuestra tierra,
que me coge a mí hoy como una antena propicia.
Escuchad,
escuchad, españoles revolucionarios,
escuchad de rodillas.
No os arrodilléis ante nadie.
Os arrodilláis ante vosotros mismos,
ante vuestra misma voz,
ante vuestra misma voz que casi habíais olvidado.

De rodillas. Escuchad.


Españoles,
españoles revolucionarios,
españoles de la España legítima,
que lleva en sus manos el mensaje genuino de la raza para
            colocarle humildemente en el cuadro armonioso de
            la Historia Universal de mañana,
y junto al es fuerzo
            generoso de todos los pueblos del mundo…

escuchad:


Ahí están -miradlos-
ahí están, los conocéis bien.
Andan por toda Valencia,
están en la retaguardia de Madrid
y en la retaguardia de Barcelona también.
Están en todas las retaguardias.
Son los Comités,
los partidillos,
las banderías,
los Sindicatos,
los guerrilleros criminales de la retaguardia ciudadana.

Ahí los tenéis.
Abrazados a su botín reciente,
guardándole,
defendiéndole,
con una avaricia que no tuvo nunca el más degradado
           burgués.
¡A su botín!
¡Abrazados a su botín!
Porque no tenéis más que botín.
No le llaméis ni incautación siquiera.
El botín se hace derecho legítimo cuando está
sellado por
          una victoria última y heroica.


Se va de lo doméstico a lo histórico,
y de lo histórico a lo épico.
Este ha sido siempre el orden que ha llevado la conducta
del
          español en la Historia,
en el ágora
y hasta en sus transacciones,
que por eso se ha dicho siempre que el español no
aprende
           nunca bien el oficio de mercader.
Pero ahora,
en esta revolución,
el orden se ha invertido.
Habéis empezado por lo épico,
habéis pasado por lo histórico
y ahora aquí,
en la retaguardia de Valencia,
frente a todas las derrotas,
os habéis parado en la domesticidad.
Y aquí estáis anclados,
Sindicalistas,
Comunistas,
Anarquistas,
Socialistas,
Trotskistas,
Republicanos de Izquierda…
Aquí estáis anclados,
custodiando la rapiña,
para que no se la lleve vuestro hermano.
La curva histórica del aristócrata, desde
su origen popular y
            heroico hasta su última degeneración actual, cubre
            en España más
de tres siglos.
La del burgués, setenta años.
Y la vuestra, tres semanas.


¿Dónde está el hombre?
¿Dónde está el español?
Que no he de ir a buscarle al otro lado.
El otro lado es la tierra maldita, la España maldita
de Caín,
         aunque la haya bendecido el Papa.
Si el español está en algún sitio,
ha de ser aquí.
Pero, ¿dónde, dónde?…
Porque vosotros os habéis parado ya
y no hacéis más que enarbolar todos los días
nuevas
       banderas con las camisas rotas y con los trapos
       sucios de la cocina.
Y si entrasen los fascistas en Valencia mañana, os
       encontrarían a todos haciendo guardia ante las cajas
       de caudales.
Esto no es derrotismo, como decís vosotros.
Yo sé que mi línea no se quiebra,
que no la quiebran los hombres,
y que tengo que llegar hasta Dios para darle cuenta de algo
          que puso en mis manos cuando nació la primera
          substancia española.

Esto es lógica inexorable.


Vencen y han vencido siempre en la Historia inmediata, el
           pueblo y el ejército que han tenido un punto de
           convergencia, aunque este punto sea
tan endeble y
           tan absurdo como una medalla de aluminio
           bendecida por un
cura sanguinario.
Es la insignia de los fascistas.
Esta medalla es la insignia de los fascistas.
Una medalla ensangrentada de la Virgen.
Muy poca cosa.
Pero, ¿qué tenéis vosotros ahora que
os una más?


Pueblo español revolucionario,
¡estás solo!
¡Solo!
Sin un hombre y sin un símbolo.
Sin un emblema místico donde se condense el sacrificio
y la
          disciplina.
Sin un emblema solo donde se hagan bloque macizo y único
          todos tus esfuerzos y todos tus sueños de redención.
Tus insignias,
tus insignias plurales y enemigas a veces, se las compras
en el
           mercado caprichosa
mente al primer chamarilero de
           la
Plaza de Castelar,
de la Puerta del Sol
o de las Ramblas de Barcelona.
Has agotado ya en mil combinaciones egoístas y heterodoxas
           todas las letras del alfabeto.
Y has puesto de mil maneras diferentes, en la gorra y en
la
          zamarra
el rojo
y el negro,
la hoz,
el martillo
y la estrella.


Pero aún no tienes una estrella SOLA,
Después de haber escupido y apagado la de Belén.


Españoles,
españoles que vivís el momento más
trágico de toda nuestra
          Historia,
¡estáis solos!
¡Solos!
El mundo,
todo el mundo es nuestro enemigo, y la mitad de nuestra
          sangre -la sangre podrida y bastarda de Caín- se ha
          vuelto contra nosotros
también.


¡Hay que encender una estrella!
¡Una sola, sí!
Hay que levantar una bandera.
¡Una sola, sí!
Y hay que quemar las naves.
De aquí no se va más que a la muerte o a la
victoria.
Todo me hace pensar que a la muerte.
No porque nadie me defiende
sino porque nadie me entiende.
Nadie entiende en el mundo la palabra "justicia".
Ni vosotros
           siquiera.
Y mi misión era estamparla en la frente del hombre
y clavarla después en la Tierra
como el estandarte de la última victoria.
Nadie me entiende.
Y habrá que irse a otro planeta
con esta mercancía inútil aquí,
con esta mercancía ibérica y quijotesca.
¡Vamos a la muerte!
Sin embargo,
aún no hemos perdido aquí la última
batalla,
la que se gana siempre pensando que ya no hay más
salida que la muerte.
¡Vamos a la muerte!
Este es nuestro lema.
Que se despierte Valencia y que se ponga la mortaja.


¡Gritad,
gritad todos.
Tú, el pregonero y el speaker,
echad bandos,
encended las esquinas con letras rojas
que anuncien esta sola proclama:
¡Vamos a la muerte!
Que lo oigan todos. Todos.
Los que trafican con el silencio
Y los que trafican con las insignias.
Chamarileros de la Plaza de Castelar,
chamarileros de la Puerta del Sol,
chamarileros de las Ramblas de Barcelona
destrozad,
quemad vuestra mercancía.
Ya no hay insignias domésticas,
ya no hay insignias de latón.
Ni para los gorros
ni para las zamarras.
Ya no hay cédulas de identificación.
Ya no hay más cartas legalizadas
ni por los Comités
ni por los Sindicatos.
¡Que les quiten a todos los carnets!
Ya no hay más que un problema.
Ya no hay más que una estrella,
Una sola, SOLA, y ROJA, sí,
pero de sangre y en la frente,
que todo español revolucionario ha de hacérsela
hoy mismo,
ahora mismo
y con sus propias manos.
Preparad los cuchillos,
aguzad las navajas,
calentad al rojo vivo los hierros.
Id a las fraguas.
Que os pongan en la frente el sello de la justicia.


Madres,
madres revolucionarias,
estampad este grito indeleble de justicia
en la frente de vuestros hijos.
Allí donde habéis puesto siempre vuestros
besos más
         limpios.
(Esto no es una imagen retórica.
Yo no soy el poeta de la retórica.
Ya no hay retórica.
La revolución ha quemado
todas las retóricas.)


Que nadie os engañe más.
Que no haya pasaportes falsos
ni de papel
ni de cartón
ni de hojadelata.
Que no haya más disfraces
ni para el tímido
ni para el frívolo
ni para el hipócrita
ni para el clown
ni para el comediante.
Que no haya más disfraces
ni para el espía
que se sienta a vuestro lado en el café,
ni para el emboscado que no sale de su madriguera.
Que no se escondan más en un indumento proletario
esos
          que aguardan a Franco con las últimas botellas de
          champán en la bodega.

Todo aquel que no lleve mañana este emblema español
         revolucionario, este grito de ¡Justicia! sangrando en
         la frente, pertenece a la
Quinta Columna.


Ninguna salida ya
a las posibles traiciones.
Que no piense ya nadie
en romper documentos comprometedores
ni en quemar ficheros
ni en tirar la gorra a la cuneta
en las huídas premeditadas.
Ya no hay huídas.
En España ya no hay más que dos posiciones
fijas e
         inconmovibles.
Para hoy y para mañana.
La de los que alzan la mano para decir cínicamente:
"Yo soy
          un bastardo español"
y la de los que la cierran con ira para pedir justicia bajo
los
           cielos implacables.
Pero ahora este juego de las manos ya no basta tampoco.

Hace falta más.
Hacen falta estrellas, sí, muchas estrellas,
pero de sangre,
porque la retaguardia tiene que dar la suya también.


Una estrella de sangre roja,
de sangre roja española.
Que no haya ya quien diga:
esa estrella es de sangre extranjera.
Y que no sea obligatoria tampoco.
Que mañana no pueda hablar nadie de imposiciones,

que no pueda decir ninguno que se le puso la pistola en
el
           pecho.
Es un tatuaje revolucionario, sí.
Yo soy revolucionario,
España es revolucionaria,
Don Quijote es revolucionario.
Lo somos todos. Todos.
Todos los que sienten este sabor de justicia que hay en
          nuestra sangre y que se nos hace hiel y ceniza cuando
          sopla el viento del norte.


Es un tatuaje revolucionario,
pero español.
Y heroico también.
Y voluntario además.
Es un tatuaje que buscamos sólo para definir nuestra
fe.
No es más que una definición de fe.


Hay dos vientos hoy que sacuden furiosos a los hombres de
          España,
dos ráfagas fatales que empujan a los hombres de
Valencia.
El viento dramático de los grandes destinos, que
arrastra a
          los héroes a la victoria o a la muerte,
y la ráfaga de los pánicos incontrolables
que se lleva la carne
          muerta y podrida de los naufragios a las playas de la
          cobardía y del silencio.

Hay dos vientos, ¿no los oís?
Hay dos vientos, españoles de Valencia.
El uno va a la Historia.
El otro va al silencio.
El uno va a la épica.
El otro a la vergüenza.


Responsables:
El gran responsable y los pequeños responsables:

Abrid las puertas,
derribad las vallas de los Pirineos.
Dadle camino franco
a la ráfaga amarilla de los que tiemblan.
Una vez más veré el rebaño de los cobardes
huir hacia el
           ludibrio.
Una vez más veré en piara la cobardía.

Os veré otra vez,
asaltando, con los ojos desorbitados, los autobuses de la
           evacuación.

Os veré otra vez
robándole el asiento
a los niños y a las madres.
Os veré otra vez.
Pero vosotros os estaréis viendo siempre.
Un día moriréis fuera de vuestra Patria. En
la cama tal vez.
          En una cama de sábanas blancas, con los pies
          desnudos (no con los zapatos puestos,
como ahora
          se muere en España), con los pies desnudos
y
          ungidos, acaso, con los óleos santos. Porque moriréis
          muy santamente, y de seguro con un crucifijo y con
          una oración
de arrepentimiento en los labios.
          Estaréis ya casi
con la muerte, que llega siempre. Y
          os acordaréis
-¡claro que os acordaréis!- de esta vez
          que
la huistéis y la burlásteis, usurpándole
el asiento a
          un niño en un autobús de evacuación.
Será vuestro
          último pensamiento. Y allá,
al otro lado, cuando ya
          no seáis más que una
conciencia suelta, en el tiempo
          y en el espacio, y caigáis
precipitados al fin en los
          tormentos dantescos -porque o
creo en el infierno
          también- no os veréis
más que así,
siempre, siempre, siempre,
robándole el asiento a un niño en un autobús
de evacuación.
El castigo del cobarde ya sin paz y sin salvación
por toda la
           eternidad.


No importa que no tengas un fusil,
quédate aquí con tu fe.
No oigas a los que dicen: la huída puede ser una
política.
No hay más política en la Historia que la
sangre.
A mí no me asusta la sangre que se vierta,
a mí me alegra la sangre que se vierte.
Hay una flor en el mundo que sólo puede crecer si
se la riega
           con sangre.
La sangre del hombre
está hecha no sólo para mover su corazón
sino para llenar los ríos de la Tierra,
las venas de la Tierra, y mover el corazón del mundo.


¡Cobardes: hacia los Pirineos, al destierro!
¡Héroes: a los frentes, a la muerte!


Responsables:
el grande y los pequeños responsables:
organizad el heroísmo,
unificad el sacrificio.
Un mando único. Sí.
Pero para el último martirio.
¡Vamos a la muerte!
Que lo oiga todo el mundo.
Que lo oigan los espías.
¿Qué importa ya que lo oigan los espías?

Que lo oigan ellos, los bastardos.
¿Qué importa ya que lo oigan los bastardos?

¿Qué importan ya todas esas voces de allá
abajo,
si empezamos a cabalgar sobre la épica?
A estas alturas de la Historia ya no se oye nada.
Se va hacia la muerte…
y abajo queda el mundo de las raposas,
y de los que pactan con las raposas.


Abajo quedas tú, Inglaterra,
vieja raposa avarienta,
que tienes parada la Historia de Occidente hace más
de tres
           siglos
y encadenado a Don Quijote.
Cuando acabe tu vida
y vengas ante la Historia grande
donde te aguardo yo,
¿qué vas a decir?
¿Qué astucia nueva vas a inventar entonces
para engañar a
           Dios?
¡Raposa!
¡Hija de raposos!
Italia es más noble que tú.
Y Alemania también.
En sus rapiñas y en sus crímenes
hay un turbio hálito nietzscheano de heroísmo
en el que no
           pueden respirar los mercaderes,
un gesto impetuoso y confuso de jugárselo todo a
la última
           carta, que no pueden comprender los hombres
           pragmáticos.
Si abriesen sus puertas a los vientos del mundo,
si las abriesen de par en par,
y pasasen por ellas la Justicia
y la Democracia Heroica del hombre,
yo pactaría con las dos para echar sobre tu cara
de vieja
          raposa sin dignidad y sin amor
toda la saliva y todo el excremento del mundo.
¡Vieja raposa avarienta:
has escondido,
soterrado en tu corral,
la llave milagrosa que abre la puerta diamantina de la
         Historia…

No sabes nada.
No entiendes nada y te metes en todas las casas
a cerrar ventanas
y a cegar la luz de las estrellas!
Y los hombres te ven y te dejan.
Te dejan porque creen que ya se les han acabado los rayos
a
            Júpiter.
Pero las estrellas no duermen.
No sabes nada.
Has amontonado tu rapiña detrás de la puerta,
y tus hijos,
          ahora, no pueden abrirla para que entren los
          primeros rayos de la aurora nueva del
mundo.
Vieja raposa avarienta,
eres un gran mercader.
Sabes llevar muy bien
las cuentas de la cocina
y piensas que yo no sé contar.
Sí sé contar.
He contado mis muertos.
Los he contado todos,
los he contado uno por uno.
Los he contado en Madrid,
los he contado en Oviedo,
los he contado en Málaga,
los he contado en Guernica,
los he contado en Bilbao…
Los he contado en todas las trincheras,
en los hospitales,
en los depósitos de los cementerios,
en las cunetas de las carreteras,
en los escombros de las casas bombardeadas.
Contando muertos este otoño por el Paseo de El Prado,
creí
           una noche que caminaba sobre barro, y eran sesos
           humanos que tuve por mucho tiempo
pegados a la
           suela de mis zapatos.
El 18 de noviembre, sólo en un sótano de cadáveres,
conté
          trescientos niños muertos…
Los he contado en los carros de las ambulancias,
en los hoteles,
en los tranvías,
en el Metro…,
en las mañanas lívidas,
en las noches negras sin alumbrado y sin estrellas…
y en tu conciencia todos…
Y todos te los he cargado a tu cuenta.
¡Ya ves si sé contar!
Eres la vieja portera del mundo de Occidente,
tienes desde hace mucho tiempo las llaves de todos los
          postigos
de Europa
y puedes dejar entrar y salir a quien se te antoje.

Y ahora, por cobardía,
por cobardía nada más,
porque quieres guardar tu despensa hasta el último
día de la
           Historia,
has dejado meterse en mi solar
a los raposos y a los lobos confabulados del mundo
para que se sacien en mi sangre
y no pidan enseguida la tuya.
Pero ya la pedirán,
ya la pedirán las estrellas…


Y aquí otra vez,
aquí
en estas alturas solitarias.
Aquí,
donde se oye sin descanso la voz milenaria
de los vientos,
del agua
y de la arcilla
que nos ha ido formando a todos los hombres.
Aquí,
donde no llega el desgañitado vocerío
de la propaganda
                  mercenaria.
Aquí,
donde no tiene resuello ni vida el asma de los diplomáticos.

Aquí,
donde los comediantes de la Sociedad de Naciones no tienen
           papel.
Aquí, aquí
ante la Historia,
ante la Historia grande
(la otra,
la que vuestro orgullo de gusanos enseña a los niños
de las
          escuelas,
no es más que un registro de mentiras
y un índice de crímenes y vanidades).
Aquí, aquí
bajo la luz de las estrellas sobre la tierra eterna y prístina del
          mundo
y en la presencia misma de Dios.
Aquí, aquí, aquí
quiero decir ahora mi última palabra:


Españoles,
españoles revolucionarios:
¡El hombre se ha muerto!
Callad, callad.
Romped los altavoces
y las antenas,
arrancad de cuajo todos los carteles que anuncian vuestro
           drama en las esquinas del mundo.
¿Denuncias? ¿Ante quién?
Romped el Libro Blanco,
no volváis más vuestra boca con llamadas y
lamentos hacia
          la tierra vacía.
¡El hombre se ha muerto!
Y sólo las estrellas pueden formar ya el coro de
nuestro
         trágico destino.
No gritéis ya más vuestro martirio.
El martirio no se pregona,
se soporta
y se echa en los hombros como un legado y como un
          orgullo.

La tragedia es mía,

mía
,
que no me la robe nadie.
Fuera,
Fuera todos.
Todos.
Yo aquí sola.
Sola
bajo las estrellas y los Dioses.
¿Quiénes sois vosotros?
¿Cuál es vuestro nombre?
¿De qué vientre venís?
Fuera… Fuera… ¡Raposos!
Aquí,
yo sola. Sola,
con la Justicia ahorcada.

Sola
,
con el cadáver de la Justicia entre mis manos.
Aquí
yo sola,
sola
con la conciencia humana,
quieta,
parada,
asesinada para siempre
en esta hora de la Historia
y en esta tierra de España,
por todos los raposos del mundo.
Por todos,
por todos.
¡Raposos!
¡Raposos!
¡Raposos!
El mundo no es más que una madriguera de raposos
y la Justicia una flor que ya no prende en ninguna latitud.


Españoles,
españoles revolucionarios.
¡Vamos a la muerte!
Que lo oigan los espías.
¿Qué importa ya que lo oigan los espías?

Que lo oigan ellos, los bastardos.
¿Qué importa ya que lo oigan los bastardos?

A estas alturas de la Historia
ya no se oye nada.
Se va hacia la muerte
y abajo queda el mundo irrespirable de los raposos y de
los
           que pactan con los raposos.
¡Vamos a la muerte!
¡Que se despierte Valencia
y que se ponga la mortaja!…

EPÍLOGO


Escuchad todavía…
Refrescad antes mis labios y mi frente… tengo sed…
Y quiero hablar con palabras de amor y de esperanza.
Oíd ahora:
la Justicia vale más que un imperio, aunque este
imperio
           abarque toda la curva del Sol.
Y cuando la Justicia está herida de muerte y nos
llama en
           agonía desesperada, no podemos decir:
"yo aun no estoy preparado".
La Justicia se defiende con una lanza rota y con una visera de
            papel.
Esto está escrito en mi Biblia,
en mi Historia,
en mi Historia infantil y grotesca,
y mientras los hombres no lo aprendan el mundo no se salva.


Yo soy el grito primero, cárdeno y bermejo, de las
grandes
            auroras de Occidente.
Ayer, sobre mi sangre mañanera, el mundo burgués
edificó en
            América todas sus factorías
y mercados,
sobre mis muertos de hoy, el mundo de mañana levantará
la
            Primera Casa del Hombre.
Y yo volveré,
volveré porque aun hay lanzas y hiel sobre la Tierra.

Volveré,
volveré con mi pecho y con la Aurora otra vez.

León Felipe

León Felipe, ¡siempre serás nuestro poeta!
León Felipe, sempre seràs el nostre poeta!
León Felipe, gure poeta izango beti zara!
León Felipe, ¡sempre serás o noso poeta!

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