Con la mochila a cuestas II (Homenaje a Labordeta): El alumno (Rosa rosae y también el valor de pi…)


115D7VIZ001_1 El año de 1935 fue crucial en muchos aspectos en la historia del país. La derecha, que gobernaba desde 1934, sufría un importante descrédito por su actuación durante la revolución de Asturias, y finalmente se descalabraría con el escándalo del “straperlo”; los grupos de ultraderecha se organizaban y eran cada vez más violentos; los partidos de izquierdas se comenzarían a organizar en el Frente Popular viendo la deriva fascista que tomaba el gobierno, el cual parecía querer boicotear la república desde arriba; las revueltas campesinas y las huelgas eran cada vez más duras, y más aun su represión… Al año siguiente, el Frente Popular ganaría las elecciones, y poco después se produciría el levantamiento militar y la guerra civil. En el año de 1935, José Antonio Labordeta Subías, hijo de Miguel Labordeta sr. y Sara Subías nacía, quizás no en un buen momento para hacerlo, en Zaragoza.

José Antonio era demasiado pequeño como para poder recordar la guerra civil, pero sí lo bastante mayor como para percibir el ambiente; durante su infancia, a través de lo que familiares le contaban, supo lo que había pasado. A diferencia de otros cantautores, eminentemente más jóvenes (a excepción de Paco Ibáñez, que cuenta con una edad relativamente parecida), José Antonio vivió plenamente la dura posguerra, con todo lo que esto tenía. Esto le dio cierta ventaja en el conocimiento de las cosas respecto a sus más jóvenes compañeros de guitarra, que tuvieron que ir aprendiendo poco a poco, a veces por el método de ensayo-error.

La familia Labordeta-Subías fue relativamente afortunada. Gracias a una herencia misteriosa, a la que a José Antonio nunca se le reveló su origen, salvo que era un pariente que había residido en las américas, la familia consiguió subsistir del colegio que su padre dirigía, el Santo Tomás de Aquino. Probablemente, por lo que se desprende de sus memorias, fuera su padre su modelo de docente, ya que prácticamente todos los alumnos agradecieron la labor de d. Miguel. Cuenta José Antonio que en los convulsos años de preguerra, un grupo de jóvenes falangistas (FE-JONS se había vuelto un partido violento que practicaba el terrorismo) se había atrincherado armados; al saber que fueron alumnos suyos, d. Miguel fue a hablar con ellos, consiguiendo que depusieran las armas. Años más tarde, cuando los sublevados fueron a “visitar” al profesor Labordeta, iban algunos de estos falangistas; uno de ellos susurró algo al oído del oficial, y entonces decidió no “dar el paseo” al maestro. A pesar de la amenaza “Labordeta, ¡tú el siguiente!” que se oyó cuando, tras una persecución por los tejados del colegio cayó abatido uno de los maestros, a la sazón también oficial del Ejército Popular, el agradecimiento de los alumnos salvó al profesor Labordeta de engordar la lista de represaliados de la guerra. Durante la guerra y la posguerra, d. Miguel, siendo consciente de las penurias de muchas familias, llegó a matricular “gratis” a algunos alumnos, diciendo a las compungidas madres: “Mujer, ya me lo pagará el chico cuando pueda”, algo que ocurría la mayor parte de las veces.

Sin embargo, por alguna razón que a José Antonio nunca le fue confesada, en el año 41 sus padres le matricularon en uno de Tanque "Teruel"esos colegios que las embajadas nazis abrieron en España, mal que lo nieguen algunos. El colegio alemán, con sus germánicos y prusianos profesores, cerró las puertas poco antes de la victoria aliada. Por la mañana, los profesores le hablaban a José Antonio de “infamia contra Alemania”, invocando toda la parafernalia nacional-socialista; pero por la noche, a hurtadillas, escuchaba a su padre y a sus hermanos mayores celebrar, escuchando Radio España Independiente, los éxitos de los aliados. Probablemente no entendería aún nada, pero pensaba que era bueno: años después se enteraría de que fueron los españoles, con un tanque llamado “curiosamente” “Belchite”, los libertadores de París.

José Antonio y sus hermanos pasaron a estudiar en el colegio que, a duras penas, pero con entusiasmo, dirigían sus padres. En esto también fue relativamente afortunado: además de los profesores afines al régimen, propagadores de la mentira oficial institucionalizada, su padre contrató para el colegio a muchos que habían sido represaliados y que contrarrestaron mucho la enseñanza oficial: la Institución Libre de Enseñanza pervivía, clandestinamente, pero dando frutos estupendos. De esta manera, José Antonio y sus compañeros descubrieron a los “otros”: la auténtica cultura española, que había sido asesinada o había echado por pies. Una estancia gracias a un programa de intercambio en Bretaña también le ayudó abrir los ojos, más una pequeña aventurilla de índole sexual bastante graciosa (si queréis saberla, os compráis el libro).

Y llegaron los años de Bachillerato, de teatro, del primer y único amor… El descubrimiento de Lorca, de Alberti, de León Felipe…1284634153457 a veces gracias a su hermano Miguel o a sus amigos poetas. La influencia de un padre humanista fue determinante en su formación tanto personal como intelectual, lo cual no quitó cierto fastidio al tener que cumplir su voluntad de estudiar derecho, porque ya había un poeta en la familia. Sin embargo, aunque quería mucho a su padre, cuando éste murió, decidió romper sus votos y meterse a Filosofía y Letras, que le molaba más. Y en este trasiego de colegios e institutos, de vacaciones en la frontera francesa, de asombro y de interés, el alumno fue convirtiéndose en el maestro.

Hemos dicho que su infancia y educación fue relativamente afortunada; esto no quiere decir que no sufriera los mismo avatares que sus coetáneos: el miedo, la represión moral, el creerse los cuentos… Ellos eran niños, pero no tontos ni ciegos: sabían lo que había pasado, e intuían que cuando contaban lo aprendido en casa, el silencio de sus padres no era precisamente de asentimiento. Una de sus mejores canciones, recogida en Cantes de la tierra adentro, recoge esta amalgama de sentimientos de la misma manera que también lo hacían otros cantautores:

Rosa rosae

Rosa rosae
y también el valor de pi
y el recuerdo final por los muertos
de la última guerra civil.
Así, así, así crecí.

Dulcemente educados
en tardes de pavor,
conteniendo la risa
el grito y el amor.
Sin comprender la fuerza
de un viento abrasador,
fuimos creciendo en filas
de dos en dos,
cruzando las ciudades,
los barrios, la ilusión,
dejando todo atrás
sin comprensión.

Rosa rosae
y también el valor de pi
y el recuerdo final por los muertos
de la última guerra civil.
Así, así, así crecí.

Tristemente avanzando
bajo la lluvia, el sol,
el aire pavoroso
de un padre sin valor,
después de amargas horas
de fuego y de terror.
Y la mudéjar torre
aupándose
sobre un barrio vacío
como ojo escrutador,
testigo de la vida,
la muerte y el dolor.

Rosa rosae
y también el valor de pi
y el recuerdo final por los muertos
de la última guerra civil.
Así, así, así crecí.

Salimos adelante,
nunca sé la razón,
quizás como testigos
o naúfragos o heridos,
para plasmar la voz
del que nunca la alzó
sobre el viejo mercado,
turbio y atroz,
de gritos y verduras,
al frío o al calor,
de los eternos días
creciendo alrededor.

Rosa rosae
y también el valor de pi
y el recuerdo final por los muertos
de la última guerra civil.
Así, así, así crecí.

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