Juramos la alegría contra la barbarie


profanacion-del-monumento-a-miguel-hernandez-en-san-sebastian-de-los-reyes-580x351Fue ayer cuando me enteraba de que el pasado 12 de agosto, un grupo de neonazis profanaba el monumento dedicado a Miguel Hernández en San Sebastián de los Reyes. La noticia me llenó de indignación (¡siempre!), pero me llevó a otras reflexiones que acrecentaban este sentimiento tan “de moda”. La primera es que casi ningún medio oficial se ocupó de la noticia sobre este atentado cultural, y sólo hay enlaces en medios extranjeros y de la izquierda de aquí, cuando otras profanaciones (sin ánimo de ofender o menoscabar –a quien no se merece tal desprecio) son el pan nuestro de cada día. Y la segunda, y más demoledora, es la contradicción: pueden profanar los monumentos, las calles, plazas y las tumbas de los poetas, que nunca hicieron daño a nadie, por los que incluso los poetas de falange pidieron su amnistía, pero eso sí, las calles y las tumbas donde reposan eternamente los asesinos, ésas, ¡ni tocarlas!, que nos podemos cabrear y la volvemos a liar a parda (pardo era el uniforme de las SA nacionalsocialistas), y uno no puede evitar el pensar que, por intentar ser moderados, no cabrear a la Elegía.gente (a una inmensa minoría), las instituciones gubernamentales apoyan la victoria de la violencia y la muerte sobre la razón… Pero claro, las blasfemias contra los nombres de los poetas, verdaderos forjadores de la cultura española, no crean división entre, los que a ellos gustan pomposamente llamar, los españoles… Será que, después de todo, como Ian Gibson –el gran conocedor de Lorca-, somos irlandeses.

En 1976, nuestro amigo Adolfo Celdrán, en su disco homenaje al poeta de Orihuela, Al borde del principio, musicalizaba esta bella poesía de Miguel, incluida en su Viento del pueblo, el “Juramento a la alegría”, poema que he elegido para demostrar otra manera de pensar y de vivir, alejada del odio y emparentada con la vida:

“Cantando a Miguel Hernández en su centenario”. Aula CAM 22/10/2010

Juramento a la alegría

SOBRE la roja España blanca y roja,
blanca y fosforescente,
una historia de polvo se deshoja,
irrumpe un sol unánime, batiente.

Es un pleno de abriles,
una primaveral caballería,
que inunda de galopes los perfiles
de España: es el ejército del sol, de la alegría.

Desaparece la tristeza, el día
devorador, el marchitado tallo,
cuando, avasalladora llamarada,
galopa la alegría en un caballo
igual que una bandera desbocada.

A su paso se paran los relojes,
las abejas, los niños se alborotan,
los vientres son más fértiles, más profusas las trojes,
saltan las piedras, los lagartos trotan.

Se hacen las carreteras de diamantes,
el horizonte lo perturban mieses
y otras visiones relampagueantes,
y se sienten felices los cipreses.

Avanza la alegría derrumbando montañas
y las bocas avanzan como escudos.
Se levanta la risa, se caen las telarañas
ante el chorro potente de los dientes desnudos.

La alegría es un huerto del corazón con mares
que a los hombres invaden de rugidos,
que a las mujeres muerden de collares
y a la piel de relámpagos transidos.

Alegraos por fin los carcomidos,
los desplomados bajo la tristeza:
salid de los vivientes ataúdes,
sacad de entre las piernas la cabeza,
caed en la alegría como grandes taludes.

Alegres animales,
la cabra, el gamo, el potro, las yeguadas,
se desposan delante de los hombres contentos.
Y paren las mujeres lanzando carcajadas,
desplegando en su carne firmamentos.

Todo son jubilosos juramentos.
Cigarras, viñas, gallos incendiados,
los árboles del Sur: naranjos y nopales,
higueras y palmeras y granados,
y encima el mediodía curtiendo cereales.

Se despedaza el agua en los zarzales:
las lágrimas no arrasan,
no duelen las espinas ni las flechas,
y se grita ¡Salud! a todos los que pasan
con la boca anegada de cosechas.

Tiene el mundo otra cara. Se acerca lo remoto
en una muchedumbre de bocas y de brazos.
Se ve la muerte como un mueble roto,
como una blanca silla hecha pedazos.

Salí del llanto, me encontré en España,
en una plaza de hombres de fuego imperativo.
Supe que la tristeza corrompe, enturbia, daña…
Me alegré seriamente lo mismo que el olivo.

Miguel Hernández

Nº 212 de "Hermano Lobo" (29-5-76): por desgracia, sigue vigente

(El tachado de la lápida es aquel que la policía realizaba sobre las pintadas políticas para hacer ilegible su mensaje)

One response to this post.

  1. […] Y hay heridas que se empeñan en que no cicatricen. La pasividad y la desinformación con la que pasó desapercibida la profanación del monumento a Miguel Hernández por parte de un grupo de ultraderecha me resultó especialmente repugnante. Eso sí, los “demócratas” pueden darse palmadas en la espalda porque se ha detenido a un rapero que dijo unas tonterías… Adolfo Celdrán, interpretando su canción sobre uno de los mejores poemas de Hernández: […]

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: