Marina Ginestà


1389002072488marina-galc4

Diecisiete años tenía Marina Ginestà (a la que en este blog, por un error gramatical en el original, hemos llamado siempre “Ginesta”) cuando el fotógrafo Hans Gutmann la tomó esta foto en la azotea del hotel Colón en Barcelona, tomado después de que fuera abandonado por sus dueños tras la insurrección militar y la resistencia popular y política que se produjo. Conocimos mi amigo y yo esta foto en el artículo de un periódico, no recuerdo si era sobre un libro o una exposición de fotografías tomadas durante los primeros momentos de la guerra civil, cuando se respiraba más optimismo y se confiaba realmente en la unidad de las fuerzas populares, políticas, culturales y militares leales, para alcanzar la victoria frente al fascismo. Nos enamoró. A una belleza física, propia de una joven, se unían muchos factores: esa mirada llena de fuerza y de rebeldía, esos altos ideales de un mundo en donde todos fueran iguales, y la figura siempre imponente de una guerrillera o de una miliciana. Figura que salía en aquellas producciones literarias de entonces: eran mujeres fuertes, valientes y con una gran fe en sus ideales; no las retrataron los poetas de las maneras más cursis que tradicionalmente la literatura y el folklore depararon a las mujeres en tiempos de guerras; frente a las novias que lloran y esperan de las canciones de quintos, frente a las madres que rezan el rosario por sus hijos en el frente (figura muy explotada por la cursilería fascista italiana en esas estampas de la mamma despidiendo a su hijo, voluntario hacia Etiopía o España, entre besos y lágrimas), o las enfermeras que son besadas por los marineros en Times Square tras la victoria… No eran estas figuras pasivas, sino activas; y no sólo las milicianas, como la “Rosario dinamitera” de Miguel Hernández, sino otras mujeres que sufrían la guerra, pero la hacían frente, como la madre del niño muerto que describe Antonio Machado, o la inocencia de una lavandera llamada Encarnación Jiménez, mujer anónima que fue inmortalizada por Félix Paredes… Incluso el tema que podría llamarse “el descanso del guerrero” se trastoca, pues cuando Miguel Hernández escribe “Canción del esposo soldado” no piensa en eso: para él su mujer Josefina era la libertad. Mujeres que quizás no pudieron vencer las contradicciones machistas, por pequeñas que fueran, y que no se dieron por vencidas cuando se ordenó que se retiraran del frente, y continuaron haciendo otras actividades, frente a aquellas novias, esposas, madres que lloraban y rezaban (actitudes muy respetables y también dignas de admiración, pero demasiado explotadas por una imaginería que ha pecado a menudo de cursi), o de aquellas Juanas de Arco o Agustinas de Aragón, que también fueron valientes, pero demasiado explotadas por la reacción como para simbolizarse; y, a parte, lo que las diferenciaba de estas heroínas históricas es que ellas dos eran la excepción para el conservadurismo que las tomaba como símbolos, y en ese campo la excepción ocurre una vez en la historia, y aunque haya mucha devoción, nunca es deseable su repetición. No pasaba eso con las luchadoras de la república, fuera en el frente, en la retaguardia o en la resistencia.

Letra: https://albokari2.wordpress.com/2007/05/17/dulce-muchacha/

One response to this post.

  1. Posted by Antonio Resines on 21 enero, 2014 at 8:36

    El corazón en un puño. Un puño en alto.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: