«Hokkaido, 1869» (relato de una heroína japonesa)


Un relato para el concurso #Heroínas de Zenda Libros. Se trata de una licencia: el hipotético encuentro de un espadachín derrotado del Shinsengumi con una joven prostituta.

Hokkaido, 1869

«Belleza», de Gion Seitoku

Espero paciente al hombre que conmigo compartirá esta noche mi lecho.

Entró en el local, con su raído kimono y su ancho sombrero que bien le protegía de la lluvia. Se negaron a servirle hasta que no mostró el dinero con un gesto de desdén. Yo le miraba, sumido en cavilaciones mientras comía esos grasientos fideos que hace la asquerosa de Inoue, y la soldadesca borracha reía y brindaba por Meiji y gritaba «¡Muerte a los samuráis!». Se alegraban de la derrota del almirante Enomoto Takeaki y sobre todo de la muerte del comandante del Shinsengumi, Hijikata Toshizo, al que llamaban puerco. Para ellos la victoria suponía una nueva era, en la que todos los japoneses serían iguales, libres del yugo del shogunato y de la sumisión a los nobles samuráis. Pero nadie se acordaba de nosotras: valíamos lo mismo tanto a los ojos de los plebeyos como de los nobles.

Nadie advirtió el gesto de ira y dolor de aquel hombre al escuchar esas proclamas, salvo yo. Adiviné quién era incluso antes de que el cerdo de Takeshi, mi dueño, le ofreciera mi compañía.

Me acerqué a él, con la cabeza agachada y las manos cruzadas, mostrando sumisión, como me enseñaron a hacer si no quería la vara del amo sobre mi lomo.

—Me llamo Kiyoko. Le serviré en todo lo que desee, mi señor.

Noté que le agradaba. Me parecía atractivo, a pesar de la suciedad acumulada por su viaje y su gesto rudo, por lo que me ruboricé mientras le servía el sake al notar su mirada. Después informó a Takeshi de que le gustaría pernoctar conmigo. Yo no pude oponerme ni mostrar conformidad: no me estaba permitido.

A media luz, de espaldas a la puerta y mostrando mi hombro reluciendo a la luz de la luna, oigo entrar al viajero. Pero me lo cubre y se sienta a mi lado hablando.

—No deseo obligaros a hacer lo que no queráis porque haya pagado. Solo quería estar con alguien agradable después de lo que he visto en la guerra. Si mi compañía os desagrada, me iré.

Quedé perpleja y quise saber de él.

—¿Sois miembro del Shinsengumi? —pregunté.

—Así es, mi señora. No soy un noble déspota, como dicen esos cerdos, que se engañan sustituyendo a un amo por otro: solo soy un campesino que encontró una manera de vivir en el camino de la espada. Yo deseaba proteger a los débiles, no luchar en una guerra que no me importa. Shogun o emperador: seguiremos siendo un pueblo de cobardes que bajan la testuz.

Calló un momento, reflexionando, y entonces me dijo con euforia:

—Venid conmigo. Hablaré con el dueño del local y compraré vuestra libertad. Juntos podremos hacer una nueva vida en la que ninguno volverá a servir a amo alguno, sino solo a nosotros mismos.

—Mi señor, no toméis ofensa, pero mi libertad la obtendré: nunca será comprada ni vendrá de la mano de ningún hombre. Es algo que me prometí hace mucho tiempo.

El samurái lo entendió. Fue a buscar entre sus cosas y sacó una katana.

—Os la ofrezco para que consigáis vuestra libertad. “Destruir el mal inmediatamente” era nuestro lema, y aquí os halláis rodeada de él. Yo quedaré dormido y borracho; diré que unos ladrones me la robaron y que debieron de asesinar a vuestro esclavista. Huid lejos de aquí y haced una nueva vida. ¡Que los dioses os den fortuna!

Entré con el arma en los aposentos de Takeshi. Se encontraba rodeado de dinero, haciendo sus cuentas mientras se regocijaba con el tacto del oro resbalando entre sus huesudos dedos, con una sonrisa que más que avaricia era lujuria y la codicia reflejándose con fiereza en sus abyectos ojos. Nuestra desgracia era su fortuna; nuestro dolor, su alegría; nuestra esclavitud, su riqueza. Podía perdonar, en el nombre del todomisericordioso Buda, a todo aquel que con sus actos hubiera hecho que yo acabara en esta cloaca, pero no a Takeshi, que nunca mostró la mínima bondad hacia nosotras, golpeándonos cuando se le antojara por cualquier razón, humillándonos como a bueyes y abusando de nuestros cuerpos. No: el feudalismo no fue derrotado, perviviría entre muros como estos.

Y no solo eso: Takeshi era de aquellas personas que se habían lucrado con la guerra; le había visto rezar al misericordioso Sidharta que esta durara cien años para ver sus arcas aumentadas por los soldados lujuriosos y violentos que venían a descargar ese otro furor de la batalla en nosotras: hasta Hijikata, hombre recto, severo y de moral intachable, llegó a perdonarle la vida a cambio de una generosa rebaja en los víveres.

Se percató de mi presencia. Sin apenas levantar la vista, dijo:

—¿No deberías estar haciendo tu trabajo? Aunque hayas conseguido aburrir tanto a ese vagabundo hasta que se durmiera, tu deber es estar con él para lo que necesite. ¡Vuelve allí si no quieres ser castigada, insolente!

El Señor Buda predicó que había que mostrar piedad y misericordia por todo ser, hasta incluso con alguien como Takeshi.

—¿Acaso eres sorda o estúpida? —dijo furioso mientras se levantaba agarrando la vara con la que nos golpeaba con gozo libidinoso—. ¡Que vuelvas inmediatamente allí o te dejo para el arrastre, zorra!

Pero ni yo soy Bodhisatva ni aspiro a serlo. Takeshi se abalanzaba sobre mí, dispuesto a castigarme con toda la violencia con la que fuera capaz, pero, en cuanto estuvo casi encima de mí, instintivamente desenvainé la katana y fue a clavarse, como si tuviera voluntad propia, en el estómago de tan repulsivo hombre. Quedó inmóvil, sorprendido, atravesado de lado a lado, hasta que finalmente se desplomó sin vida. Cogí todo el dinero que había en la habitación y hui.

Así obtuve mi libertad con su sangre. Conseguí rehacer mi vida, lejos de la ciudad que había supuesto mi perdición.

Era el comienzo de la nueva era.

Transcurridos muchos años, vi a un policía cuyo rostro me era familiar. Cuando le pregunté su nombre, me respondió: Goro Fujita.


Original de Gustavo Sierra Fernández

Registro en Safe Creative: 01/03/2020 2003013205514

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