¡Quemad los museos!


«¡Quemad las bibliotecas! ¡Desviad el curso de los canales para inundar los sótanos de los museos!» fue el grito de guerra del manifiesto fundacional del movimiento futurista, allá por los años veinte del siglo pasado, redactado por su figura más visible, Marinetti. En su caso, se trató de una reacción contra los cánones del arte impuestos por la tradición. No sería ni el primero ni el último que se revolviera virulentamente contra lo anterior, ante el desprecio y la incomprensión de los académicos. Era una consigna ciertamente llamativa, casi revolucionaria, que llenaba de indignación a viejos momificados en sus cuartos de estudio y despachos, que admiraban los cadáveres inmóviles de las viejas obras de arte y se retenían al tocarla con sus huesudos y ávidos dedos.

Una consigna tan revolucionaria que acabó por formar parte de los movimientos protofascistas que estaban apareciendo: aquella insolencia, ese descaro, esa arrogancia contra lo anterior, muerto; pero también contra lo más nuevo que, en cierto modo, adolecía de lo que ellos consideraban una enfermedad del alma (me refiero a los movimientos socialistas). Lemas que hoy hasta consideraríamos punkis acabaron por engrosar los discursos de Mussolini, aunque después se recondujera al considerar que esas obras de arte reflejaban la grandeza y superioridad del pueblo italiano, heredero genético y moral del grandioso imperio romano, a pesar de que se produjeran cuando Italia no existía más que como una serie de Estados fragmentados unidos por un idioma igualmente fragmentado; eso sí, siempre que se depurara convenientemente de aquellas obras que él consideraba no ser tan italianas, que no le cuadraban en su museo ideológico de la grandeza imperial. Después, Hitler diría que había que eliminar aquellos libros que no solo no se adecuaran al espíritu alemán, sino que también atentaran contra él. Decidió que ciertos libros eran antialemanes y ordenó quemarlos.

Ahora que hemos visto atentados, aunque sea de manera simbólica, contra obras de arte por reclamar una atención hacia el cambio climático, convendría recordar estos hechos. No quiero en absoluto equilibrar ambos sucesos; quiero hacer llamar la atención sobre el peligro abstracto que conlleva utilizar las producciones del espíritu humano como dianas de la reivindicación que sea. No caeré en la tentación demagógica de un diputado que compara estos hechos con los de una Rosa Parks que solo se sentó en un autobús; dicho con respeto, pero mal vamos si nos ponemos en plan drama queen y ponemos a la misma altura de Parks o Gandhi esos gestos que pueden parecer muy revolucionarios pero que, en el fondo, no lo son en absoluto.

Dejando de lado algunas ideas, incluso apoyadas en datos que algunas personas han mostrado, que nos llevarían a planificar una auténtica teoría de la conspiración y que yo estoy por firmar, el creador de la metateoría de la conspiración, que puede leerse en Redención (Nuestro último baile), se va a abstener de exponerla y, en su lugar, desarrollará lo infructuoso y nocivo que estos hechos tienen contra el movimiento ecologista. Después, acabaré con lo que he anticipado con esa entradilla (quizás no del todo exacta, pero sí muy aproximada al suceso histórico), del error que supone usar de blanco de la reivindicación el atentado contra una obra de arte, por muy simbólico y sin ánimo de dañarla sea.

Sostienen que las razones de ejecutar estos actos tan revulsivos y provocadores se han debido a llamar la atención sobre la urgencia del cambio climático. Se basan, por un lado, en la máxima de que si no haces algo tremendo tu reivindicación pasa desapercibida, y, por el otro, por un supuesto dogma que dice que se gasta más en arte que en evitar o paliar el cambio climático. Sobre la segunda afirmación, sin tener datos en la mano, me atrevería a decir que es un poco falaz, ya que otras partidas presupuestarias tienen más fondo y, también, habría que escuchar a los expertos en todo esto. Y sobre la primera, es muy ingenuo pensar así, y siento decirlo. No he visto a un solo mandatario de los que estos días se reúnen en cumbre climática decir: «¡Horror! Hagamos algo antes de que manchen el cristal de otra obra de arte». No han conseguido con esto absolutamente nada salvo el descrédito hacia todo movimiento ecologista, incluso de aquellos que puedan haber formulado su oposición a estos actos. Podemos atestiguarlo al ver cómo, después de que dos activistas se pegaran a los marcos de los cuadros de Goya, la noticia de que cientos de activistas climáticos bloquearon en el aeropuerto de Ámsterdam la salida de jets privados pasó desapercibida o recibió un mísero crédito temporal en los telediarios, al igual que otras acciones.

Otra de las consecuencias ha sido una división de opinión; una polarización que se ha vuelto insoportable y que, disculpas por la sinceridad, ha llenado las redes sociales de argumentos algo estúpidos. Para muchos, condenar o reprobar estos actos es, sin duda, a causa de que la salud del planeta les importa menos que la de un estúpido cuadro de girasoles o de una señora desnuda/vestida, cuando eso no es cierto en absoluto y nos quitamos de la responsabilidad de las opiniones de gente oportunista al respecto. Se llega a plantear una falsa dicotomía que no sabemos de dónde ha venido, como si algún ente superior hubiera llegado y nos hubiera planteado una elección que marcará nuestro destino para siempre: o el planeta, o el arte. En consecuencia, los que no vemos con buenos ojos estas acciones y/o no acabamos de ver el porqué nos hemos quedado fuera y se nos dibuja como a unos viejos amargados que maldicen contra las ideas nuevas. Vamos, unos reaccionarios decimonónicos a los que preocupa más salvaguardar obras de arte que nos muramos extinguidos. Y no hay nada más lejos de la realidad.

Lo cierto es que, sin percatarse de ellos, se ha caído en la misma falacia con la que se ataca al ecologismo. Digamos: ¿a quién le importa el arte cuando el planeta está en peligro?; y ahora subimos un grado: En vez de preocuparos tanto por el planeta, mejor preocuparos por el paro. ¿Seguimos?; en vez de dar dinero a países pobres, mejor fíjate en la gente de aquí. Y rematamos: a los que les va mal aquí es porque son unos vagos que viven de subvenciones y paguitas en vez de ponerse a trabajar cavando zanjas. Y así es como hemos caído en la trampa conceptual. Bienvenidos al infierno de la demagogia.

Por otro lado, tampoco voy a pedir la cabeza en una pica de esas activistas; son demasiado jóvenes como para arruinarles así la vida y creo sinceramente que han sido las cabezas de turco de alguien que les aseguró que era un riesgo calculado; una persona que no cayó en la cuenta de que los marcos forman parte del patrimonio histórico. Porque se ha insistido en el hecho de que las obras no han sufrido daños; no obstante, no son de la misma opinión las personas dedicadas a la restauración y a la conservación.

Pero, al margen de todo esto, considero un gran error perpetrar estas acciones contra el arte pictórico o cualquier otra producción del espíritu humano; precisamente por eso, porque es humano, y la historia ha demostrado que nada bueno se esconde detrás de esas acciones, por muy loable que sea el fin y por mucho que yo apoye, efectivamente, ese fin. Se están usando los mismos medios para distintos fines, y, aunque uno de ellos sea totalmente digno, no es cierto que el medio sea irrelevante si el fin es bueno: a menudo, el medio puede desvirtuar el fin. (Vuelvo a insistir en que no me meto en la teoría de la conspiración aunque crea en ella, en este caso.) Cualquier movimiento que desprecie al ser humano o tome como diana las producciones del espíritu humano no esconde nada sano. Un ecologismo humanista no solo es posible, sino necesario. A fin de cuentas, el ecologismo es también una producción humana, tanto como los cuadros de Goya o las esculturas de Mirón. Un movimiento ecologista que considere al ser humano como un ente parasitario está absolutamente errado en su consideración y podría devenir en cosas mucho peores y peligrosas. Si piensas que la salvación del planeta pasa por la extinción del ser humano, y olvidas que tú eres un ser humano, ¿entonces para qué?

Tal vez parezca una exageración, pero no menor que decir que si no llenas de sopa de tomate un cuadro el mundo será destruido. Mi consideración se apoya en hechos históricos y en la experiencia. Nadie nos está dando elegir entre el arte y el planeta; ningún dios, profeta o elegido nos ha puesto en esa polémica; a ningún mandatario o dirigente de empresa petrolera se le ha removido el alma al ver su cuadro favorito empantanado en sopa. Solo ha servido para que unas ciertas personas acaben por convencer a la gente de que los ecologistas son unos críos mimados de clase alta y que el cambio climático es un cuento de unas, cito textutalmente la palabra favorita de toda teoría de la conspiración que busca una rebelión para someter las voluntades a las de un único individuo o grupo, élites que buscan enriquecerse; y ahí es donde veo yo el jaque mate perfecto.

Las obras de arte, los libros, las películas, las esculturas, los discos…, todo eso nos pertenece a todos, y atentar contra ello es atentar contra ti mismo. Se puede pensar en los museos como mausoleos dirigidos por personas mohosas y revenidas; pero nada más lejos de la realidad. Gracias a los museos, tú puedes ver una obra que te pertenece en cierto modo; si no, esas obras estarían pudriéndose en las cámaras de tesoros de reyes, magnates y dictadores. Eso ha sido un gran esfuerzo y una gran lucha para evitar que el arte esté solo al alcance de unos pocos y no de todos. Y podemos aspirar a mantener el planeta y, a la vez, mantener NUESTRAS obras, estén donde estén.

Y si no, quememos museos, bibliotecas y todo. ¿Para qué se está luchando por la enseñanza de la Filosofía, Humanidades y Artes? Convirtámonos todos en tecnócratas, démosles el gusto. Siempre nos quedarán los bares, queridos. (Y me gusta el bar. Viva el bar y, sobre todo, el Bar Garaje.)

BONUS

-El museo solo es para el arte burgués subvencionado por reyes y millonarios como expresión de su poder.

El arte burgués subvencionado por reyes y millonarios como expresión de su poder:

˜Bartholomäus Strobel el Viejo, Degollación de Juan el Bautista y banquete de Herodes (Museo del Prado)
A %d blogueros les gusta esto: