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¡LORCA VIVE!


El 18 ó el 19 de Agosto de 1936, moría asesinado por las fuerzas sublevadas el poeta granadino Federico García Lorca, ejecutado bajo los cargos de ser espía de Rusia y envenenar al pueblo con su poesía, bajo los auspicios del régimen homicida que Queipo de Llano había establecido en toda Andalucía: no se podía esperar nada más de parte de quienes buscaban hacer retroceder a la España laica y moderna que intentaba ser la segunda República a siglos atrás de su historia, a la España de la superstición, la intolerancia, los privilegios, frente a esa otra que quería ser la España de la ciencia y de las artes, de la libertad, de la igualdad y de la libertad. El asesinato de Lorca es utilizado en la propaganda de la República, pero lejos de maniqueísmos, todos los escritores e intelectuales del mundo, incluso aquellos que no simpatizaban con la República, condenaron el hecho como una atroz injusticia; y su verso fue vengado en elegías y plantos por compañeros de aquí y de allá: Alberti, Hernández, Prados…
Hoy en día, muchos jóvenes, como hizo éste que escribe, cautivados por la leyenda de su injusta muerte, se asoman a la ventana que el poeta de Granada abrió hacia su alma, olvidando de repente toda esa mala historia para dejarse deslumbrar por la inmortal obra de Lorca.

El asesinato de Lorca tuvo mucho de simbólico, más allá de lo que dijera el bando republicano. Federico no fue un campesino, pertenecía a una familia de pequeño-propietarios liberales, lo cual no le impidió observar y comprender el hambre que su pueblo padecía bajo los caciques de Andalucía, protegidos por la guardia pretoriana de estos: los guardia civiles. Quizás por el hecho de pertenecer a una condición incluso mucho más marginada que ellos, el ser homosexual, le ayudó a comprender la injusticia del mundo, y denunciar los abusos del poder que sufrían jornaleros andaluces, negros de Nueva York, gitanos de Andalucía, y mujeres y homosexuales de todo el mundo. Nunca se definió políticamente como esto o aquello, excepto por su simpatía hacia la República, la modernidad que ésta trajo de la mano de la Institución Libre de Enseñanza, y las reformas liberales primero y, después, del Frente Popular, especialmente en lo que al campo y a la enseñanza tocaba. Implicado en la regeneración cultural nacional, participó en las misiones pedagógicas que el gobierno de Azaña había creado para erradicar el analfabetismo (analfabetismo que no fue erradicado del todo hasta finales de los 80); en esa labor se circunscribía su proyecto teatral: el grupo La Barraca recorrió pueblos y aldeas de todo el país llevando a los rincones más olvidados los tesoros del teatro castellano de Lope de Vega, Calderón de la Barca o los suyos propios.
A mediados de los años 30, su modernidad, su declarado anti-fascismo y sus denuncias le granjeó no pocos enemigos que empezaban a agruparse en los partidos y grupúsculos de ultra-derecha, financiados por caciques rurales, burgueses urbanos y la iglesia católica pío-nonista, reaccionara y filo-fascista. Los estrenos de obras como Yerma o La casa de Bernarda Alba, su última obra de teatro atraía tanto a admiradores como enconados enemigos defensores de las "buenas tradiciones españolas". Por eso, porque envenenó al pueblo con palabras de denuncia, porque le ayudó a pensar, porque acercó la sabiduría a los que no tenían medios de comprarla, los que pretendían la sempiterna y tradicional ignorancia del pueblo le asesinaron. La España de siempre había asesinado al hombre nuevo de España.

Durante el franquismo, la figura de Lorca fue motivo de recuperación y denuncia: ni siquiera los escritores afines al régimen, excepto Pemán, no entendían el por qué de aquel asesinato, al tiempo que se esforzaban por sacar a Miguel Hernández y a otros escritores de las cárceles. Fue reivindicado y homenajeado por los poetas nuevos de la generación del 50 y siguientes. Cantado por los cantautores si se podía, ya que su verso irregular muchas veces, le hacían difícil de cantar.
Por esta razón, y por una vez, la obra del genio trasciende su figura, entremezclada con su persona, y sobre todo trasciende la injusticia de su muerte, devolviéndonos al poeta y al dramaturgo alejado de todo cualquier posible maniqueísmo. Por esa razón, ¡LORCA VIVE!

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