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Canciones de la victoria: La liberación de París


Et par le pouvoir d’un mot
Je recommence ma vie
Je suis né pour te connaître
Pour te nommer
Liberté!

Paul Eluard, “Liberté

Los himnos revolucionarios clásicos, como nuestra canción de ayer, “La Marsellesa” o “La Internacional”, citando sólo las más importantes, no son exactamente lo que llamamos himnos “de la victoria”. Por supuesto, cuando los partidarios de estas ideologías obtenían una cierta victoria las cantaban: el himno clásico debe llamar a la lucha y (por y para ello) alentar la posibilidad de victoria; por esa razón, el que la interpreta lo debe hacer con el sabor de la victoria en sus labios: son himnos generales. Pero nos referimos más bien a aquellas canciones que celebran ya el hecho victorioso, y no su posibilidad. Pero no necesariamente el autor de la canción ha de haber estado allí y participado de la alegría, como es el caso de nuestra canción de hoy.

LosEspanolesenlaResistencia0061939: el general Franco ha ganado la guerra civil; miles de españoles se agolpan en los puertos levantinos y en la frontera con Francia, mientras la tan presentida nueva guerra mundial va tornándose cada vez más real. Los españoles que cruzan la frontera con Francia descubrirán pronto la cruel indiferencia del teóricamente gobierno (frentepopulista también) amigo de León Blum, quien poco puede hacer, presionado por la derecha y ultraderecha francesa, que, tras haber conseguido la reclusión de los exiliados en campos de concentración, tanto en la metrópoli como en sus colonias, llegan a exigir su entrega a Franco. Finalmente, la tan temida y anunciada guerra contra Alemania estalla, y pronto comienzan las hostilidades contra Francia. En 1940, el país galo se rinde y es ocupado por las fuerzas alemanas; en Francia se hallaban por entonces muchos españoles exiliados, de los cuales, muchos de ellos fueron recluidos en los campos de exterminio. El gobierno de Vichy obligó a los españoles a optar entre trabajos forzados, enrolarse en la Legión Extranjera o ser repatriados “voluntariamente”. Algunos de ellos, se enrolaron en estas compañías, mientras que otros se unieron a la Resistencia. Así, cuando el general Charles De Gaulle se sublevó, los españoles que se encontraban en estas compañías pasaron a engrosar uno de los cuerpos del ejército de la Francia Libre: “La Nueve”, comandada por el francés Raymond Dronne, también conocida como “División Leclerc”, por estar a las órdenes del general Philippe Leclerc de Hauteclocque, pero no sólo en ésta. Sin embargo, aprovechando la estancia en Inglaterra, para el posterior desembarco de Normandía, algunos, que se negaban a estar a las órdenes de De Gaulle, se unieron al ejército británico, en la Spanish Company Number One: obviamente, ellos no simpatizaban con el conservadurismo del mariscal ni con la corona británica, pero les movía las ansias de la revancha y, más importante aún, la posible ulterior liberación de su patria, a parte de no querer olvidar a los ejemplares camaradas que vinieron desde todo el mundo para ayudarles.

LosEspanolesenlaResistencia038Tras muchas campañas, se alcanza la capital de Francia. El primer tanque que llega a la Plaza del Ayuntamiento, la Place de la Ville, efectúa sus primeros disparos; los parisinos, eufóricos, salen a la calle cantando el himno nacional, y descubren que el tanque lleva el nombre de un río español (según la Wikipedia), “Ebro”, y que sus ocupantes son españoles que lo adornan, no con la bandera francesa, sino con la ultrajada bandera de la II República española. Otros más fueron uniéndose, con nombres simbólicos como “Belchite” –población aragonesa destruida por las fuerzas franquistas-, “Guadalajara” –en conmemoración de la derrota de los voluntarios fascistas de Italia en esta provincia-, “Guernica”, “Don Quichotte”, “Madrid”, “Teruel” –cuya reconquista fue una de las grandes victorias republicanas-, etc. Como anécdota, a los anarcosindicalistas no se les permitió llamar a su vehículo “Buenaventura Durruti”, y fue bautizado como “Les Pengoüins”.

Parigi, 24 agosto 1944. Soldato spagnolo della divisione Leclerc salutato dalla folla in festaObviamente, la canción de aquel día fue “La Marsellesa” –probablemente el himno, originariamente revolucionario, que marcaría el estilo de todos los himnos subsiguientes-, pero no es ésa la que vamos a poner. Las tragedias y el dolor de los exiliados españoles fueron plasmados, a finales de los 70, en uno de los primeros proyectos de lo que hoy llamaríamos memoria histórica: el disco Cantata del exilio – ¿Cuándo llegaremos a Sevilla?, con letras y narraciones de Antonio Gómez, música e interpretación de Antonio Resines, y otros cantantes, y los testimonios reales de quienes lo vivieron, como Teresa Pamiés, Eduardo Pons Prades o Mariano Constante, entre otros, narrando sus vivencias en la Resistencia, en los campos de exterminio nazi, o en en el ejército francés. Gómez y Resines interpretan a la perfección la alegría de aquel día de los habitantes parisinos, y como guinda, la voz uruguaya del gran Quintín Cabrera. Quizás por error, o quizás esté equivocada la wikipedia, Antonio Gómez le asigna la entrada triunfal a “Belchite”; ya entonces Antonio luchaba contra la errónea idea (difundida por el cine de Hollywood) de que fueran los estadounidenses los liberadores de París:

Escuchar/ Descargar: https://skydrive.live.com/?cid=61e9b08cebcbe7ee#

Diálogo de Belchite/ Liberación de París

-Vamos corriendo. ¡Corre! Dicen que ha entrado un tanque en la Place de la Ville.
-¿Un tanque?… ¿Americano?
-Un tanque español, cargado de soldados españoles.
-¿Cómo va a ser español? Será americano…
-Será americano… Pero se llama "Belchite".

¡Ay! ¡Qué alegría tienen hoy los balcones!
Banderas de la patria en los corazones;
en los corazones el dolor de los muertos
y las prisiones.
Sal corriendo a la calle y ya no digas
que te miran los guardias en las esquinas,
en las esquinas, madre, en las esquinas,
mudos testigos ciegos de mil heridas.
En el metro leemos sin ningún miedo
L’Humanité diario para entendernos,
para entendernos, madre, para entendernos,
antes nos encerraban por mucho menos.

Con el ruido de guerra la guerra se hizo
un rumor de claveles y de cañizo,
y de cañizo cubriremos las tumbas
de nuestros hijos.
¡Asómate a la ventana!
¡Corre que corren
los tanques calle abajo
llenos de flores!
Llenos de flores, madre, llenos de flores
para los fusilados de tantas noches.
Ya no veo fantasmas cuando me duermo,
que se ha llevado el día los malos sueños,
los malos sueños, madre, los malos sueños
de estos años de sangre, dolor y miedo.

Letra: Antonio Gómez
Música: Antonio Resines
"Diálogo de Belchite" (hablado): A. Gómez
Canta: Quintín Cabrera

NOTA: gracias a la generosidad de sus autores, se me ha permitido compartir este disco que, injustamente, pasó sin pena ni gloria. Podéis encontrarlo en el enlace al disco.

Con la mochila a cuestas IV (Homenaje a Labordeta): el profesor


labord1 Por recomendación de su padre, Labordeta entró a estudiar Derecho, cosa que no le hacía gracia: le espantaba acabar de diplomático. Así que, a pesar del cariño que le profesaba a su padre, cuando éste falleció, José Antonio, tras discusiones con su madre y con el respaldo de su hermano Miguel, entró a estudiar Filosofía y Letras, carrera que le apasionaba más. Siempre tuvo la impresión de que en el Congreso nunca encajó demasiado bien, porque mientras él era un hombre de letras, la mayoría de los políticos profesionales venían de carreras como Derecho, Económicas o Ciencias Políticas, cosa que tampoco está mal, conste, pero que en exceso tampoco puede ser bueno.

Probablemente su decisión por el mundo de la enseñanza le vino por el ejemplo de su padre, quien quizás fuera el maestro que él aspiraba a ser. De todas formas, ya en los últimos años de vida de su padre, José Antonio ayudó a su hermano Miguel en la administración del centro; fue éste quien le convenció para irse sacando la oposición de enseñanza, ya que el centro no daba para mucho. Así comenzó a hacerlo, pero antes, en el año 57, a la hermosa edad de 23 años, le vino una oportunidad dorada de iniciarse en la enseñanza, y más dorada aún si venía con las apetecibles palabras “en Francia”; el problema es que ignoraba qué ocurría en la Francia. De cualquier forma aceptó trabajar de lector de español, en un curso sobre Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós, en Aix-en-Provence, Marsella.

Cuando llega a Francia no reconoce el alegre lugar en donde veraneaba (en la frontera): militares y gendarmes se agolpabanGeorges Brassens sobre las tablas con caras de pocos amigos en las calles. Le explicaron que, debido al proceso de independencia de Argelia, con las hostilidades entre el ejército de la república, por un lado, y los milicianos independentistas, por el otro, contra la población civil de ambos bandos, más la decisión del general Charles de Gaulle, presidente de la república, de otorgar la independencia a la colonia, algunos militares medio-sublevados, aglutinados en torno al ejército clandestino de la OAS, y grupos de ultraderecha que actuaban en la metrópoli, estaban resucitando el fantasma de la guerra civil, que al parecer no fue del todo superado tras la II Guerra Mundial (antes de la ocupación nazi, Francia ya estaba rozando el enfrentamiento civil): viejos fantasmas resurgían de sus ataúdes. En este clima de alta tensión, Labordeta intentaba dar un seminario sobre Galdós a unos alumnos divididos: había una mayoría de alumnos españoles de tendencia ultraderechista que defendían la dependencia de Argelia contra los alumnos autóctonos, la mayoría pro-independencia, que creaba un ambiente enrarecido contra el que el director del centro, a la sazón antiguo brigadista en la guerra civil española, ya le había advertido: “cíñase a Galdós”, le dijo; pero los alumnos españoles le pedían un día para explicar la situación de la colonia a través de la prensa española, ya que en Francia “había mucha censura” (bien, nunca llueve a gusto de todos). Y fue por culpa de esa prensa por la que Labordeta conoció a un buen amigo: Expósito, camarero exiliado español, militante de la CNT, que había pasado demasiado tiempo en cárceles y campos de concentración como para permitirse el lujo de odiar a primera vista a cualquier facha que entrara con el ABC en la mano y servirle de mala manera un café. Pero cuando al reprender su actitud se conocieron, en seguida se cayeron bien. Fue Expósito quien le llevó por los círculos anarquistas de Marsella, quien le llevó al recital de Georges Brassens, “uno de los nuestros”, quien le llevaba a charlas, conferencias, etc. Y fue contra el que sus alumnos pieds-noirs (“pies-negros”: era el nombre despectivo que los argelinos aplicaban a los ocupadores, según algunos debido al calzado, y que durante estos conflictos, los partidarios de “Argelia francesa” tomaron orgullosamente como denominación) le “advirtieron”: Expósito murió en un atentado con bomba en la cafetería donde trabajaba. La violencia de Argelia ya había pasado a la metrópoli: casi todos los alumnos “pieds-noirs” desaparecieron, Labordeta supo de algunos detenidos y otros muertos en disturbios, y seguramente nunca olvidará cuando una noche, al volver a casa, se encontró a la portera con un casco de la I Guerra Mundial diciéndole: “Los paracaidistas vienen y yo voy a defender la República”. También conoció a un buen nutrido grupo de estudiantes latinoamericanos que le pusieron en contacto con las canciones de su tierra, e incluso uno le regaló un revolver contra cualquier hostilidad viniera de donde viniera… Probablemente el mismo que confesó al término de curso que se iba a unir a la guerrilla.

Joaquín Carbonell Llegaron las vacaciones de Navidad y Labordeta volvió a Zaragoza (durante el viaje, todavía habría algunos sobresaltos en el tren debido al conflicto argelino). Pero cuando quiso volver a sus clases, le denegaron el pasaporte debido a ciertos informes provenientes de la ultra-derecha francesa que le acusaban de frecuentar círculos de extrema-izquierda. Así que ya aquí, comienza su estudios para la oposición en enseñanza. En el transcurso de esos años, se casa con Juana, que también es profesora. Ambos sacaron plaza en Teruel, en 1965, en donde encuentran un nutrido grupo de alumnos muy dispuestos a aprender, sobre todo aquello que estaba prohibido. Para entonces, Labordeta ya cantaba y escribía, y era casi irónico que el mismo inspector de la político-social que le vigilaba tenía a su hijo matriculado en la clase de Labordeta (ninguno de los dos se aprovechó nunca de su situación). A Labordeta Teruel, a parte de la alta población de pseudo-ciegos (la secreta pensaba que era una buena manera de vigilar a la población), le parecía como si fuera el lugar en donde se reunía todo el progresismo español, tanto en cuanto a profesores, alumnos, artistas y pensadores se refiere; durante mucho tiempo desarrollaría en esta región sus actividades, tanto pedagógicas, como intelectuales y también políticas. Tuvo alumnos brillantes, del que destacamos al gran Joaquín Carbonell, que quedó deslumbrado cuando supo que su profe cantaba, y encima sus propias canciones. También el dibujante asiduo de El Jueves, Azagra, autor de, entre otras tiras, “Paco Pico/ Pico Vena”, de quien hemos reproducido un fragmento de su viñeta-dedicatoria.

A muchos de ellos Labordeta les parecía un profesor excepcional, si bien es verdad que ya para entonces toda una generación de jóvenes docentes venían no sólo a sustituir a los maestros y curas de la educación nacional-católica y del espíritu nacional, sino a desmantelar su enseñanza con la crítica y con la verdadera cultura española. Labordeta les despertaba su espíritu crítico, les animaba a hacer lo que quisieran; realizó seminarios interesantes sobre literatura, cine, poesía (siempre y cuando etc.); organizó talleres de teatro, del auténtico teatro (nada de “mesa camilla”). Y por eso, a pesar de discrepancias ideológicas de algunos, le recuerdan con cariño, admiración y respeto (que de paso podrían haber trasladado también a alguno de los compañeros de canción de Labordeta, dicho esto con acritud). Considero que no es justo que digan “el alumno que le salió rana”; tal como él decía cuando le preguntaban en qué falló con tal o cual alumno, que se lo preguntasen a los partidos en los que militó. Pienso que muchos, en ese batiburrillo confuso de ideales, siglas, partidos, etc. que fue la transición, se perdieron por el camino y quedaron desilusionados, y de esa desilusión surgió una fuerte reacción contra lo que fueron, y por extensión, contra aquellos en lo que creen ver lo que fueron, reestructurándose todo su universo ideológico. Labordeta fue un genial profesor seguramente, y no siempre se puede achacar a los profesores o a los padres los errores de los alumnos o de los hijos (dicho esto sin acritud).

Para acabar, hoy traemos dos canciones que se refieren a la práctica del mundo docente. Una de sus canciones emblemáticas es ésta, en la que canta/ narra lo que ocurrió cuando un día, al pasar lista, le faltó un alumno: Ramón Cabeza, militante del JGR, que fue detenido y torturado. Impresiona cómo un profesor, un buen profesor, puede preocuparse por sus alumnos, casi como si fueran sus hijos. Eso es un buen profe:

Paisajes urbanos, días escolares 

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza
y al preguntar por él
sus compañeros
me han mirado con rabia,
con tristeza.

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza.

Me dicen que su madre
también pregunta
y que su padre apenas
la pena oculta
luego me dicen que
ayer lo vieron
con frases en la mano
de puerta en puerta.

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza.

Sus frases en la mano
de tierra hablaban
de gestos solidarios
de paz, que hermana,
alguien se las truncó
antes del alba
sus frases en el aire
ahora cabalgan.

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza.

Cabalgan hondamente
por las entrañas
de la raíz profunda
de las montañas
y unidas por el aire
a las del agua
cubrirán todo el mundo
con sus palabras.

Hoy no ha venido a clase
Ramón Cabeza.

Pero los años pesan, las generaciones se suceden una tras otra y da la impresión de que unas son peores que otras, pero que en todas se encuentran grupos de individuos potenciales. El trabajo del profesor es duro, y a veces parece que los alumnos no es que no entiendan, es que no quieren entender, cosa mucho más palpable en primavera cuando las feromonas hacen de las suyas. Es entonces cuando el profesor se acaba preguntando “A veces me pregunto qué hago yo aquí” mientras busca bromas con las que captar la atención de los alumnos.

A veces me pregunto

A veces me pregunto qué hago yo aquí,
explicando la historia que recién aprendí:
los líos de romanos, de moros y cristianos,
el follón del marxismo y el otro coté
donde los yanquis tienen el mango y la sartén.
A veces me pregunto qué hago yo aquí.
viendo como la tarde se duerme frente a mí,
mientras usted Martínez se evade en el jardín,
y la dulce Encarnita García Cortejón
confunde a los etruscos con los negros del Gabón
entre miradas tiernas de Pablo el empollón.
A veces me pregunto qué hago yo aquí,
intentando que aprendan lo de la Ilustración
cuando ellos sólo entienden cosas del rock and roll
y haciendo que comprendan una revolución:
la rusa, la francesa, la de Tutankhamón
y encontrando a Picasso perdido en un balcón.
A veces me pregunto qué hago yo aquí
viendo como los días se pierden sin un fin
y menos mal que a veces una tarde de abril
un alumno te abraza y te dice: “Don José
que bien que lo pasaba en las clases de usted
con la visión cachonda del tiempo que se fue”.
A veces me pregunto qué hago yo aquí.
y en noches de vigilia, te rondan por doquier
los rostros de María, de Pedro y de Javier,
y el gesto de aquel chico que explicaba sin fin.
la batalla del Marne y el cruce sobre el Rhin,
y que leía versos de Rilke y Valery.
A veces me pregunto qué hago yo aquí.

textos de ambas canciones extraídas de

http://50enlasaulas.blogspot.com/2010/09/labordeta-en-clase.html

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