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La Hoguera (3-V-2015): ¡Gloria a los Muertos del Mundo del Trabajo!


Funeral_abogados_AtochaLos años 70 fueron especialmente conflictivos en el mundo laboral: las justas peticiones de aumento de salario, reducción de jornada, mejora de las condiciones laborales en general y el formar un sindicato propio, se saldaron con multas, cárceles e incluso el asesinato a sangre fría. Los poetas y cantantes concienciados quisieron denunciar estos hechos y hacer un homenaje a los mártires del mundo del trabajo. Éstas son sólo algunas de ellas, que, como dice la primera canción, esas sevillanas rebeldes de Gente del Pueblo, relatan “¡Qué duros son los caminos!”.

El caso, por ejemplo, de Amador Rey y Daniel Niebla, obreros ferrolanos asesinados por la policía el 10 de marzo de 1972 (dando lugar al Día da Clase Obreira Galega), inmortalizados en un poema de Uxío Novoneyra que Bibiano musicalizó y cantó. O el de los líderes sindicales encausados en el llamado Proceso 1001 (entre ellos, Marcelino Camacho, referente moral de la lucha obrera), héroes de un romance flamenco compuesto y cantado por Manuel Gerena.

Estudiantes, obreros y abogados asesinados por la guardia civil, como Javier Verdejo, cuya pintada por el pan, el trabajo y la libertad, fue interrumpida por un disparo; o los abogados de la calle Atocha, cuyo atroz asesinato por un grupo ultraderechista conmocionó a toda la sociedad. Ambos casos reflejados en un poema por Juan de Loxa, que sería cantado por Aguaviva. Y es que eran tanto los casos, y pocos los que quedaron sin alguna canción, fuera directa o indirecta, que hubo quien, como Imanol, dedicó canciones a todos ellos y, en su caso, alternando el castellano y el euskera.

Pero, a pesar de todo esto, todas las manos, todos los esfuerzos, son necesarios; Luis Pastor lo recordaba, apoyándose en el refranero popular, en su canción “Un grano no hace granero”, que se puede escuchar de fondo por falta de tiempo.

Funeral Vitoria 1976Y si hubo un caso en el que quedó patente la falta de diálogo del gobierno resultante de la dictadura, y de su poca predisposición hacia el cambio democrático, ése fue la violenta represión de los obreros vitorianos en 1976: mientras el ministro de la gobernación (hoy diríamos, del interior) Manuel Fraga estaba en Alemania, convenciendo a la sociedad internacional del cambio democrático en España, las fuerzas del orden, sobre las que tenía potestad, acribillan una asamblea de trabajadores, resultando cinco muertos, ante su indolente indiferencia. Cuando regresa, ante la indignación de la práctica totalidad de la población, sólo es capaz de advertir de que eso debiera “servir de ejemplo” a quien sobrepasa las líneas marcadas. A día de hoy, mientras hay quien trata a esta persona de “padre y ejemplo” de la democracia, los ministros que estuvieron con él, como Martín Villa y Osorio, responsables de la situación, sin ningún pudor en absoluto se atreven a decir que los manifestantes pertenecían al entorno de ETA, que sobrepasaron las líneas rojas y agotaron la capacidad de paciencia del gobierno. Cuenta el gran Lluís Llach que, cuando estaba oyendo las noticias se encontraba sentado al piano, y casi instintivamente golpeó con fuerzas sus teclas, surgiendo los acordes de la canción con la que denuncia a los responsables y rinde homenaje a los obreros: “Campanades a mort”.

Escuchar:

http://www.ivoox.com/gloria-a-muertos-del-mundo-del-trabajo-audios-mp3_rf_4440310_1.html

http://www.getafevoz.es/programas/la-hoguera/

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“Que no amanece por nada…” (35 aniversario del asesinato de los abogados laboralistas de Atocha)


Hijo, abrígate bien. Y ponte la bufanda.
No vayas a coger alguna bala en los pulmones.
Que no está el tiempo bueno todavía.

(“Enfermedades de invierno”, Jesús López Pacheco)

Vídeo resumen de la película de J. A. Bardem

Enero de 1977: manifestación de repulsa por la muerte de los abogados de Atocha durante el entierro de estosHoy se cumplen 35 años desde el brutal atentado terrorista contra unos abogados laboralistas y un trabajador de Comisiones Obreras, en 1977, a manos de un comando de ultraderecha, y hoy como ayer, pasan cosas contradictorias. Su historia ya quedó plasmada en este monográfico en tres partes. Por resumir, tras el éxito de la huelga del transporte privado, tres pistoleros de ultra-derecha, de la Alianza Apostólica Anticomunista (la Triple A, o AAA), irrumpieron en el despacho de los abogados laboralistas que habían llevado el caso de los huelguistas, buscando al líder sindicalista Joaquín Navarro, que no se encontraba allí; los terroristas dispararon a bocajarro contra los indefensos abogados y el empleado, aunque no mataron a todos: fue la culminación de unas jornadas de violencia inédita, cuyo antecedente más directo fue el secuestro de Villaescusa y de Oriol por GRAPO (posible grupo de ultraderecha disfrazado de revolucionario de extrema-izquierda), con los asesinatos, durante manifestaciones por la amnistía, de Arturo Ruiz, a manos de los Guerrilleros de Cristo Rey, y de María Luz Nájera, a manos de las fuerzas antidisturbios de la policía armada. La noche del 24 de enero se produjeron incidentes similares, sin heridos, en varias centrales de los sindicatos, y mucha gente, temiendo una “noche de los cristales rotos”, no durmió en sus propias casas. Pero las cosas habían cambiado algo, gracias al gobierno de Suárez, y la policía detiene a varios militantes de Fuerza Nueva y de los grupos paramilitares, junto a personalidades de la ultra-derecha como el repugnante filo-nazi Blas Piñar, Girón de Velasco (antiguo jefe de los sindicatos verticales) o Mariano Covisa, fundador de Cristo Rey. Pero incluso las sentencias condenatorias fueron suaves, y muchos de ellos se fugaron o salieron antes de tiempo.

garzonSe dan hoy varias circunstancias que sacan a la luz que han quedado muchas cosas pendientes. En primer lugar, justo hoy, comienza el juicio contra Baltasar Garzón, acusado por el pseudo-sindicato Manos Limpias –fundado por gente de Fuerza Nueva, de Piñar-, por iniciar la investigación de los crímenes del franquismo; esto días de atrás, el que ocupara varios cargos durante la dictadura y fundara el partido del franquismo sociológico, Manuel Fraga, recibe honores de Estado mientras los medios de comunicación callan cuidadosamente su responsabilidad en varios asesinatos oficiales. Incluso en esto tuvo su parte de culpa, pues fue ministro de la Gobernación durante 1975 y 1976, año en el que se recrudece la actividad de los grupos paramilitares de ultra-derecha, muchos de ellos, no sólo al servicio, sino también miembros, del sindicato vertical y de la policía política, la brigada político-social: pongo Montejurra por caso y los atentados del Batallón Vasco-Español en el País Vasco, tanto español como francés. Y mientras rendimos honores al tío más listo del búnker, al más trepa de la vieja guardia, a éstos, que sin querer dieron su vida por la dignidad de la clase obrera y de las libertades democráticas en este país, cuya muerte impulso realmente el proceso democrático con la escalofriante muestra de civismo y responsabilidad de la ciudadanía y de los militantes y simpatizantes del PCE durante su funeral –“Madrid: capital del dolor y la gloria”, era el titular de un periódico- no hablará ni uno de los descendientes del pomposamente llamado “padre de la democracia”… Porque hay muchos de ellos que tienen por donde callar. Y sobre Garzón, hago mía las palabras del presidente de la fundación Human Funeral_abogados_AtochaRights Watch, Reed Brody, "es la primera vez que se procesa a un juez por defender los derechos humanos; la primera vez en la UE que un juez es sometido al derecho penal por defender derechos humanos y perseguir crímenes internacionales" (Diario de Mallorca), y aseveraba que, si era declarado culpable, eso diría nada bueno sobre la justicia española. Pero mientras el mundo contempla con el corazón en un puño el juicio contra Garzón, paréceme a mí que el funeral del ex-ministro no ha sido seguido por la prensa internacional más allá de una breve reseña, y quizás diciendo lo que aquí la prensa oficial calla. Si, como colofón de todo esto, Garzón es declarado culpable, se habrá demostrado la clase de hienas que gobiernan este país hermoso.

Pero mi recuerdo es para quien vale la pena, para quien realmente luchó a pesar de todos los peligros, y para el que trabaja la tierra. A ellos les dedico esta canción de Labordeta, de su disco Que no amanece por nada (1978), del cual, algunas frases tienen una escandalosa realidad.

¡Gloria a los muertos del mundo del Trabajo!

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Compañeros

Compañero, compañero,
hasta aquí ya hemos llegado,
atrás dejamos la noche
con la violencia y el miedo.

Dejamos en los caminos
compañeros que no han vuelto,
que no han podido seguir
contra este brutal esfuerzo.

Qué larga ha sido la noche,
y el alba que tanto tarda:
salid al camino hermanos
que no amanece por nada,

y en nombre de los caídos,
de los que nunca llegaron,
hagamos de su esperanza
tiempos de hombres renovados.

Vamos ahora, compañeros,
a defender lo alcanzado
y a seguir hacia delante,
la lucha no ha terminado.

Defendamos os salarios,
los panizos y los ríos,
la igualdad entre los hombres,
las montañas y los trigos.

Qué larga ha sido la noche,
y el alba que tanto tarda:
Salid al camino, hermanos,
que no amanece por nada.

José Antonio Labordeta

http://www.10lineas.com/labordeta/antc.htm

Luis J. Benavides (asesinado);  Alejandro Ruiz (herido);  Enrique Valdelvira (asesinado);  Javier Sauquillo (asesinado);  Luis Ramos (herido);  Mª Dolores García (herida);  Serafín Holgado (asesinado);  Miguel Sarabia (herido);  Ángel Rodríguez (asesinado)

Marcelino


Marcelino Camacho

(1918-2010)

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Sindicalista

Marcelino

Ya estas aquí de pie,
inquebrantable aliento de nosotros.
¿Qué dirán ahora los que ayer?
Te cubrían de lodo.
Cuando habla la razón no cabe la revancha ni el rencor

Hay que apretar el puño y caminar.
Hay que juntar las fuerzas y caminar.

Ya estas aquí de pie
con esa forma tuya de enseñarnos:
dos pasos adelante y uno atrás,
si es necesario.
Se trata de luchar teniendo como arma la verdad.

Hay que apretar el puño y caminar.
Hay que juntar las fuerzas y caminar.

Ya esta aquí de pie
para brindar tu ejemplo al compañero
que dijo alguna vez no puedo mas
y aquí me quedo.
Será fundamental que todos defendamos la unidad.

Hay que apretar el puño y caminar.
Hay que juntar las fuerzas y caminar.

Ya estas aquí de pie,
semilla de un mañana victorioso,
cimiento de una patria elemental
donde hablen todos.
Se trata de arrancar, nunca se regaló la libertad.

Hay que apretar el puño y caminar.
Hay que juntar las fuerzas y caminar.

Letra y música:

Víctor Manuel

40 años de las asociaciones vecinales


3-AAVV Se cumplen esta semana 40 años desde la fundación y la legalización de las llamadas asociaciones de vecinos. Si bien comparadas con los grandes partidos y sindicatos su papel durante el tardo franquismo y la transición parece insignificante, fue, en realidad, una cosa bastante importante y significativa, pues parecía indicar que los tiempos estaban cambiando y la gente común, la de los barrios populares, así lo quería.
Estas asociaciones surgieron en el seno de las grandes ciudades españolas de entonces, las industriales, como Madrid, Barcelona o Bilbao, a menudo auspiciadas por la parroquia del barrio, que solía estar dirigida por un sacerdote afín al cristianismo de base (cuya labor evangélica en los barrios más humildes es tapada una y otra vez por la gran jerarquía), y sus asuntos y problemas los solían llevar casi desinteresadamente abogados laboralistas afiliados a alguno de los sindicatos de clase -ilegales- de entonces, pero muy especialmente CC.OO. La finalidad de estas asociaciones era reclamar mejoras para los barrios en masa, reuniendo firmas conjuntas de todos los vecinos; pero, a finales de los 70, en plena transición, muchas de ellas se manifestaron también a favor de la amnistía política total.
Pero, sin lugar a dudas, su gran reto vino precisamente durante aquellos duros años de finales de los 70. La gigantesca recesión económica de entonces, que había tardado en llegar a España, pero cuando lo hizo lo hizo por la puerta grande, dejó innumerables parados en estos barrios; al mismo tiempo la falta de escuelas no permitía la escolarización de aquellos niños, que se veían jugando en la calle cuando debieran estar en la escuela. Todo esto (paro, desescolarización, falta de ingresos) hizo mella en los barrios populares como Vallecas o Las Minas en las terribles formas de la delincuencia y la drogadicción. Me contó en cierta ocasión una mujer que vivió en aquellos días en Vallecas que fueron precisamente los vecinos los que dieron clase a sus hijos, que para luchar contra todo esto las asociaciones hicieron diversas actividades: recitales, conciertos, teatro, cineforum… Todo ello para luchar contra la miseria, la delincuencia y la drogadicción con la cultura en la mano.
Con la llegada de la democracia la importancia de las asociaciones vecinales fue decayendo, aunque permanecen algunas, muchas de las cuales las llevan históricos de estas luchas barriales. El problema suele ser a menudo, como ha ocurrido aquí en Getafe con una que parecía que podía lograr cosas, que el grupo político que esté en la oposición suele meter en ellas cierta mano negra, no se sabe bien cómo, y las asesinan cuando las financian para convertirlas en grupos políticos con los que se pueda formar una posible coalición. Eso es una pena, ya que las asociaciones vecinales deberían ser independientes: el problema viene siendo, como digo, como ocurre en Getafe con muchas cosas que los vecinos demandan, que el politicastro de turno, haciendo gala de su capacidad oportunista y populista, con el fin de ganar votos (y no quiero mirar a nadie) hace suyo, para su programa electoral, estas reivindicaciones, convirtiéndolas hipócritamente en su caballo de batalla político personal.
Como he dicho, en aquellos años de finales de los 70, las asociaciones vecinales organizaban recitales de música. En los de Vallecas no faltó uno de sus más ilustres vecinos, presentando a los mandamases del ayuntamiento una queja formal:

Vengan a ver (Vallecas 75)

VENGAN A VER
LO QUE NO QUIEREN VER
Vengan a ver,
los que viven sin ver,
vengan a ver,
la luz de mi calle
que no se ve…
VENGAN A VER
LO QUE NO QUIEREN VER
Vengan a ver,
el palacio irreal
que inauguramos ayer
con alfombras de barro
y tapices de papel,
a la luz de la una,
a la luz de la luna,
a la luz de las dos,
a la luna de las tres.
VENGAN A VER
LO QUE NO QUIEREN VER
Vengan a ver,
los jardines y los parques
que podríamos tener.
Vengan a ver.
Vengan de una vez.
Vengan de uno en uno.
Vengan desarmados.
Vengan, atrévanse.
No traigan sus perros.
Venga, no amenacen.
Miren, mejor no vengan.
Venga, váyanse.
Venga piérdanse.
Venga, muéranse.

letra y música:
Luis Pastor

Y también llamando a la acción a los vecinos:

Plan parcial

Un, dos…
Un, dos, tres y
¡Vamos! No lo pienses más,
¡Únete a tus vecinos!
¡que te pilla el plan parcial!
Los que nunca aquí vivieron
han elaborado un plan,
han elaborado un plan,
pero se les ve el plumero.
¡Vamos! No lo pienses más,
¡Únete a tus vecinos!
¡que te pilla el plan parcial!
Han elaborado un plan
para dejarnos sin casas,
sin vecinos, sin amigos,
¡y aún creerán que nos hace gracia!
¡Vamos! No lo pienses más,
¡Únete a tus vecinos!
¡que te pilla el plan parcial!
¿Quién ha dado vida al barrio?
¿Quién tantos años vivió
sin luz, con barro, sin agua?
¡Ese hemos sido tú y yo!,
tú y yo, un día y otro día
luchando por un jornal,
jornal que nos es robado
por los mismos que han hecho el plan.
¡Vamos! No lo pienses más,
¡Únete a tus vecinos!
¡que te pilla el plan parcial!
El plan lo haremos nosotros:
un plan distinto, verás;
razón y fuerza son nuestras,
también sabemos pensar.
De aquí no nos hecha nadie.
De aquí no nos moverán.
Si nos buscan aquí estamos.
¡Y VIVA LA ORGANIZACIÓN POPULAR!

letra y música:
Luis Pastor

Historia de la canción de autor: la canción en la sociedad (II)


(Bibiano Morón en la Festa dos Traballadores -Arquivo Gráfico e Documental de VOCES CEIBES-)
Dijimos en la entrada anterior que la sociedad española dio un paso de gigante entre los años 60 y mediados de los 70: cada vez más, la gente iba perdiendo el miedo a hablar, diversas causas, propias o ajenas, habían llevado a una politización de la calase trabajadora hacia 1975 (aunque fuera un proceso que venía de antes), al tiempo que diversos mitos franquistas iban despedazándose. En esto contribuyeron varias fuerzas y causas sociales: negativamente, es decir, desde causas negativas a efectos positivos, la violencia represora de los cuerpos de seguridad del estado: muchas personas que no querían saber nada de política descubrieron que no era necesario implicarse para que te detuvieran o te golpearan en el transcurso de una manifestación por el simple hecho de pasar casualmente por allí; la crisis económica que se comenzó a sentir plenamente en 1975; las huelgas y manifestaciones que ésta provocó y su violenta represión. Pero también intervinieron en este proceso positivamente diversas fuerzas sociales que operaban activamente: por supuesto, los sindicatos, ilegales entonces, que, por otra parte, eran el único vínculo semi-permitido entre los simpatizantes y sus partidos; las parroquias de los sacerdotes cristianos de base, que estaban haciendo mella en los barrios humildes de las grandes ciudades; las asociaciones de vecinos, amaparadas generalmente por estas parroquias; la progresiva, a veces, libertad de prensa (aunque no fuera homogénea y esa libertad relativa se refiera simplemente a la gestión de Pío Cabanillas como ministro de Información y Turismo); los abogados laboralistas; y, finalmente, la gente del mundo de la cultura: escritores, poetas, actores, dramaturgos, periodistas, cantautores y grupos musicales que eran conscientes, por decisión propia, de hacer su trabajo dirigido al público que ellos querían. En su caso, el público que ellos más deseaban se les resistía por las razones que vimos en la anterior entrega, y que pueden resumirse principalmente en dos ideas básicas: desconocimiento y miedo. Así que el público de los cantautores era bastante reducido en sus comienzos: universitarios e intelectuales que, generalmente, ya sabían de lo que se les estaba hablando. El siguiente paso fue cantar para los que necesitaban oír realmente lo que estaba ocurriendo, pero no desde una perspectiva elitista y snob, propia del despotismo ilustrado, sino desde unas ansias solidarias de situarse al lado de las clases humildes y un afán de explicar las cosas. Sería, por primera vez, cuando algunos cantautores, especialmente los que provenían de familias más o menos de clase media, verían que sus mensajes se ajustaban completamente a la realidad y al sentir de la sociedad de entonces: una sociedad a la que le había costado, a veces sangre, comenzar a despertar y plantar cara. 

Remontándonos a los principios: muchos de los cantautores de la Nova Cançó pertenecían a familias de clase media con tendencias liberales: sus padres eran médicos, abogados, profesores; los fundadores de Setze Jutges, por ejemplo, eran profesores. Aunque en otras circunstancias este hecho hubiera sido meramente accidental y nada importante, a mediados de los 60, con unas diferencias sociales enormes, este hecho, aunque no muy determinante, era bastante importante para tener en cuenta, especialmente para sus detractores. Bien es cierto que en ninguno o en muy pocos casos se llega al paternalismo, pero para muchos era un dato importante para rechazar el mensaje: para sus detractores era un argumento de peso para poder sentenciar que esta gente no tenia motivos reales para quejarse, mientras que las clases humildes no veían claro que unas personas con niveles de vida bastante más altos que los suyos fueran capaces de expresar lo que a ellos realmente les pasaba. Este dato lo aporta Manuel Vázquez Montalbán, escritor que defendió la Nova Cançó, pero que también ofreció críticas a ella. Ciertamente, dentro de las universidades el mensaje era acogido con entusiasmo y fervor, pero, como expliqué en la entrada anterior, acerca de la experiencia desastrosa de un recital de Canción del Pueblo en una aldea castellana contada por Antonio Gómez, el ambiente que había fuera de la universidad era bien distinto: cuando salían a dar recitales en lugares así, los cantautores se encontraban de frente con otra realidad que estaba conformada por varios fenómenos: la incultura, el desconocimiento, la prudencia (o miedo)… Posiblemente en esos choques con la realidad, bien distinta de lo que era el pueblo que explicaba Karl Marx, bien ajena a los conceptos de materialismo dialéctico y lucha de clases, los cantautores vieron la urgente necesidad de hacer una canción comprometida diferente, más de “situarse con” que “cantar para”; y tal vez, como idea muy peregrina, esto influyera en el acercamiento de algunos cantautores a formas musicales más folklóricas. Comenzaron a recbir cursos acelerados de “populogía” y “proletariología”, a escuchar a la gente de la calle y a comprender que había mucho más de lo que pudiera parecer en León Felipe, en Machado, en Espriu, etc. de lo que en principio parecía, y que el pueblo merecía comprender mediante la poesía lo que le pasaba y lo que quería.
No obstante, la diferencia de clases, a veces falsa y propugnada por medios interesados, no resulta tan determinante como los fenómenos de miedo y desconocimiento: a fin de cuentas, antes, durante y después, surgieron siempre cantautores que venían del pueblo; por citar a algunos: Manuel Gerena (electricista de profesión), José Menese (ambos de Puebla de Cazalla, Sevilla), Elisa Serna, Luis Pastor, Joan Manuel Serrat, y, hecho que se empeñaron en ocultar continuamente con miles de cuentos sobre sus posesiones y su vida privada, Raimon, aunque de ellos distinguiríamos de entre los que pasaron por la universidad como estudiantes (Raimon) y los que no (Luis Pastor), en donde encontramos una curiosa transfusión en la que unos adquieren la cultura que no han podido adquirir hasta entonces, y otros la fuerza popular, la rabia de las clases trabajadoras. Pero esta situación iba a cambiar muy pronto.
Ya en 1970 se producían los primeros acercamientos. En este vídeo sobre el espectáculo “Castañuela 70”, algunos miembros de Tábano explican como los obreros que trabajaban en las salas les confesaban que, tras la función, entre ellos hablaban sobre lo que habían visto:

Los historiadores suelen señalar que, durante la transición y el tardo-franquismo, hubo varios motores sociales que contribuyeron al cambio. Haciendo una lectura algo libre de esto, podemos hacer una escala de lo más lejano, por imposibilidades legales, a lo más cercano al pueblo: en primer lugar los partidos políticos y asociaciones de toda tendencia que no estuvieran enmarcados en los principios del Movimiento; en segundo lugar, los sindicatos, dependientes (excepto la anarquista CNT y la obrero-católica USO) de los partidos, también ilegales, pero relativamente tolerados (y con mucho ojo en lo de relativo: no conviene olvidar que los 70 se abren con el llamado proceso 1001, que encarcela a varios miembros de CC.OO que no vuelven a la calle hasta que muere Franco, con la primera amnistía concedida por el rey); y, finalmente, las asociaciones de vecinos y las parroquias de los curas progresistas, que suelen gestionar, junto a los abogados laboralistas, dichas asociaciones. En las parroquias progresistas y en los clandestinos centros sindicales está la clave para entender como la cultura, y más propiamente hablando, la cultura de izquierda, se introduce en los barrios y en algunas aldeas.
En aquellos recitales que los sacerdotes o los distintos sindicatos realizaban, los obreros, las amas de casa, los viejos campesinos, oían un lenguaje nuevo para ellos, que a veces en realidad databa del siglo XVII: estaban oyendo en esos recitales de poesía y música todas sus inquietudes, todos sus miedos, toda su rabia: ni siquiera necesitaban tener simpatías políticas, ni saber quién era exactamente Antonio Machado o Pablo Neruda, ni tampoco les estaban diciendo lo que querían oír; en palabras de Tuñón de Lara sobre José Antonio Labordeta, no era cantar al pueblo, sino cantar con el pueblo. El público que tenían era mayoritariamente joven desde siempre, pero progresivamente, durante los mediados de los años 70, los auditorios, siempre que el precio fuera asequible -tan asequible o gratuito como lo podía ser en la parroquia- comenzaron a llenarse de gente de edades muy diversas: como hemos dicho, desde jóvenes estudiantes, pasando por obreros de mediana edad y amas de casa, hasta ancianos campesinos, sin olvidar tampoco a los niños. EL recital de Raimon en Madrid en 1976 reunió a centenares de personas, compuestos mayoritariamente por jóvenes y estudiantes, pero también por obreros de mediana edad, por amas de casa, padres con niños, ancianos… Esta actuación de Raimon de finales de los 70 nos sirve para ejemplificarlo:

Sobre las edades del público, sería conveniente hacer una reflexión sobre la música. La música de los cantautores, en general, nunca fue excesivamente compleja, excepto en algunos casos de cantautores que preferían las enormes posiblidades que la música contemporánea les ofrecía (Hilario, Pau…): por un lado, aquéllos que optaban por el folklore, y por otro, aquéllos que preferían líneas musicales más sencillas, bien fuera para mantener la primacía del texto, bien, quizás, pensando en llegar a gente de todas condiciones, aunque no se renuncie a la creatividad musical.

Hacia 1975 la sociedad española está altamente politizada: en esto contribuyó todo esto, junto con la creciente crisis económicas y las huelgas. La clase obrera toma plena conciencia de su situación. La libertad sindical promulgada en 1976 ayudó a que ya nadie tuviera que depender del verticalismo para defender sus intereses: es decir, la voz de los trabajadores era ahora de los trabajadores. Pero hasta entonces, el creciente éxito de los cantautores entre las clases populares se debió principalmente al estado ilegal en el que estaban los sindicatos y los partidos: los cantautores se convirtieron en el nexo de unión para todos ellos, un centro en el que reunirse y expresarse, aunque se expresaran por boca de otro. Pero el recital constituía un evento liberador dentro de la falta de libertad de expresión del régimen, aunque fuera por el mero hecho de aplaudir palabras que hasta entonces nadie se atrevía a decir en público. Y ya, a finales de los 70, el recital se convirtió en un evento perfectamente propicio para gritar lo que fuera.
La fama contestataria de diversos cantautores, incluso de aquellos que estaban muy vinculados a su región, atravesó fronteras. No sólo en España se cantó en centros sindicales, sino en el extranjero: en Francia, en Suiza, en Alemania, en Italia… Se actuaba para sindicatos y casas de amigos de España, por llamar así a aquellas asociaciones que contribuían a dar mala imagen exterior del régimen y apoyar a la oposición. Obviamente, aquellos cantautores como Paco Ibáñez o Imanol, que vivían exiliados, pero muchos más como Benedicto, Nuberu, Labordeta, etc., asistían como participantes en aquellos mítines de partidos y sindicatos españoles residentes en el extranjero o foráneos, en donde compartían escenario con cantautores de todas partes del mundo. En el extranjero también se actuó en casas regionales de exiliados o emigrados; durante los años 60, el régimen, mediante las embajadas y las instituciones nacionales en el extranjero, llevaban a las fábricas que tenían contratados a emigrantes españoles mediante convenios con el gobierno a figuras importantes como eran Manolo Escobar o Carmen Sevilla; los centros disconformes les traían a los cantautores. Un ejemplo fue el de Amancio Prada, que cantó ante emocionados trabajadores gallegos que coreaban el verso rosaliano “Adiós ríos, adiós fontes”.
No era casual. Piénsese en cuántos campesinos se vieron reflejados en “El niño yuntero” de Miguel Hernández, en boca de Serrat, de Luis Pastor, de Enrique Morente o de Francisco Curto; cuántos emigrantes se emocionaron al oír “Adiós ríos, adiós fontes” o “Mi Puebla se quea sola”; cuántos obreros contenían la emoción en un gesto afirmativo mordiéndose los labios al escuchar “Jo vinc d’un silenci”; cuántas mujeres se vieron reflejadas en “Reina Perola”. Contrario a lo que hemos dicho arriba sobre la generalidad de los primeros cantautores, en realidad muchos venían del campo, de los pueblos, de las fábricas: sus padres, sus abuelos, sus vecinos y sus paisanos estaban allí presentes, en sus canciones. Allí estaba lo cotidiano de su vida, su rabia, sus ilusiones, su desesperación. No sabría decir si la canción de autor entró en la clase obrera o fue la clase obrera la que se metió en la canción de autor.

Historia de la canción de autor: La canción en la sociedad (I)


Aunque ya hablé en otro momento de cómo influyó la canción de autor en su tiempo, el por qué de esta influencia, y la importancia y compromiso que el cantante adquiría con su público, voy a enfocar el tema ahora desde el lado del público, teniendo en cuenta que el público fue muy variable a lo largo de los años. La idea principal es de cómo se comenzó a cantar únicamente en los círculos universitarios, para acabar cantando en medios obreros y campesinos, e incluso internacionalmente.

Fijándonos en los inicios, a veces imprecisos, de la canción de autor. Dos de los primeros en grabar algo que pudiera considerarse canción de autor en español fueron Paco Ibáñez y Chicho Sánchez Ferlosio, a parte de la precursora de la Nova Cançó, Teresa Rebull, que cantaba desde finales de los 40 (Rebull era una exiliada que había sido enfermera y militante del POUM durante la guerra). Paco comienza su andadura tímidamente en el 59, con la primera musicación que hizo de un poema -de Góngora, en este caso-: gracias al apoyo de los cantautores franceses y sus círculos, y a la simpatía que los izquierdistas franceses, especialmente los universitarios, profesaban entonces a los españoles opuestos a Franco, Paco comienza a convertirse en un ídolo para los estudiantes franceses: sus palabras, aunque hechas con poesías castellanas, eran también válidas para todo aquel alumnado que en Mayo del 68 salió a buscar la arena bajo los adoquines. Chicho, por su parte, comienza grabando hacia el 63 en Suecia: “Julián Grimau, hermano” y otras canciones englobadas en una colección que salió allí como Canciones de la nueva resistencia española y Canciones contra el fascismo . Canciones de la nueva resistencia española venían sin firma y muchos creyeron que en realidad eran canciones de la guerra civil. Por ejemplo, Víctor Jara, cuando en un concierto versiona “La hierba de los caminos” la presenta como una canción que “nació en las llanuras de España durante la guerra”). Pero claro, hay que tener en cuenta que tanto Paco como Chicho graban en el extranjero. Cuando Ángel Álvarez lleva a Paco a su “caravana” (el programa de radio que presentaba), hacia el año 63, se le empieza a conocer en España, pero dentro de los círculos universitarios y siempre vigilado, hasta el punto de tener que volver a abandonar España.
La situación de los cantantes que vivían en España era algo diferente, pero no del todo.

 

Entre 1963 y 1968 comienzan su andadura los diferentes colectivos y cantantes semi o independientes de estos: la Nova Cançó Catalana, con Raimon como pionero (después, por supuesto, de Teresa Rebull, aunque ella tuviera menor repercusión incluso dentro de los Països Catalans), los Setze Jutges y el Grup de Folk: los primeros y el espejo (sobre todo los Jutges) en los que se mirarán los siguientes colectivos; Canción del Pueblo, la Nueva Canción Castellana (aunque en este momento lo que los periodistas llamaban la Nueva Canción Castellana no era más que un truco publicitario, imitando la denominación catalana, que comprendía ciertos cantautores no tan duros y explícitos como lo eran Canción del Pueblo); la Euskal Kanta Berria (nueva canción vasca), con Ez Dok Amairu; y la Nova Canción (a veces Cantiga) Galega, con Voces Ceibes. A estos añadir también, más antes, después o durante, Manifiesto Canción del Sur, Nuevo Flamenco, Nueva Canción Aragonesa, Nueva Canción Canaria, Canciú Mozu Astur… y los primeros intérpretes de música tradicional, especialmente castellana, que configurarán más adelante el folk patrio. Todos ellos, a pesar de sus peculiaridades lingüísticas y temáticas -pero no ideológicas, por lo menos no en la superficie- tienen un escenario-origen común: la universidad, y un público común: los estudiantes.
En aquellos inicios, asociaciones (clandestinas) o sindicatos (ilegales) de estudiantes organizaban, a veces en colaboración de algún profesor, recitales en los colegios mayores. Tal y como dice Raimon en una entrevista de hace pocos días a “El País“:

“(…) Cuando empecé, el mundo era otro y nadie cantaba en los teatros en solitario si no eras Antonio Machín. Lucho Gatica, por ejemplo, actuaba en las salas de fiesta como el Emporium. Después estaban los cantantes que iban con compañías de variedades y salían en la segunda parte. (…) El recital en mi época no existía. Lo tuve que inventar porque no me veía cantando Diguem no en una sala de fiestas. Así que recurrí a otros espacios como universidades y sacristías. Inventamos una nueva manera de hacer las cosas, porque la cançó era diferente. Durante la dictadura usamos todo tipo de lugares para luchar. Después, el mejor lugar para apreciar nuestra música eran los teatros.”

Efectivamente, en los primeros años, entre el 63 y el 68, los cantautores son considerados un género minoritario, y, muy probablemente, se consideraran a los catalanes, vascos y gallegos como algo así parecido a asociaciones culturales folklóricas. Lo demuestra el hecho de que ante la perspectiva y las protestas que levantó el que Raimon representara a España cantando en catalán, “Se’n va anar”, en el Festival del Mediterráneo, Fraga, entonces ministro de Información y Turismo dijera “no pasa nada porque haya una canción en catalán”. Otra cosa hubiera dicho si pudiera haber previsto que arrasó, lo cual, como consecuencia, conllevó que las autoridades estuvieran mucho más pendiente del xativés. No obstante era Mayo del 68, y, dada la simpatía que los jóvenes franceses contestatarios profesaban a los renegados españoles no era de extrañar que sintieran curiosidad, respeto, admiración y solidaridad hacia aquellos cantantes que simbolizaban todo aquello que respetaban y admiraban en sus compañeros españoles: Paco Ibáñez y Raimon serían los primeros en tocar en el Olympia de París, con un público que era casi mitad español, mitad francés; les seguirán Lluís Llach, Pi de la Serra, Manuel Gerena, Pablo Guerrero, Ovidi…
El caso es que el círculo de actuación de los cantautores era muy reducido, principalmente dos, que son los que nombra Raimon. En la universidad siempre se ha cocido el pensamiento crítico y el ánimo de la subversión (hablar de subversión en la era del franquismo no debe conllevar para nada matices peyorativos); así que, siendo la mayoría de ellos universitarios (excepciones son, por ejemplo, Luis Pastor, Serrat, Elisa Serna y Manuel Gerena), e incluso alguno profesor (Celdrán y Labordeta), no era de extrañar que se eligiera este primer circuito, en donde el público era más abierto, más receptivo y entendía de lo que se le hablaba. El segundo escenario eran las capillas de los curas progresistas: después del Concilio Vaticano II, propiciado por Juan XXIII y continuado por Pablo VI, los sacerdotes españoles más jóvenes adquieren una conciencia muy crítica de lo que ha sido el papel de la iglesia española en la sociedad y deciden actuar. Crean charlas, debates, ayudan a asociaciones vecinales, promueven la erradicación del analfabetismo en las zonas rurales (y no tan rurales), y llenan las iglesias de música: los coros de jóvenes por un lado, que lo primero que cantan son adaptaciones de Aguaviva y Nuestro Pequeño Mundo, y por otro, la celebración de recitales de cantautores que, ante la negativa o imposibilidad de celebrar sus conciertos en salas, auditorios o teatros, encuentran entre la congregación joven del barrio un público valioso y entregado. La labor de estos sacerdotes no acababa tampoco aquí: González Lucini, autor experto en la canción de autor al que me he referido varias veces, declara en Crónica de los silencios rotos como su primer acercamiento a la canción de autor fue gracias a un joven sacerdote que le regaló el primer EP de Raimon. De estos recitales parroquiales saldrían también nuevas figuras, siendo Luis Pastor el más notorio. El único cantautor, aunque fuera justo esa noche en la que se revelara como un cantante testimonial, que tocara en un teatro en España, fue el argentino residente en España Alberto Cortez, que hasta entonces había sido un cantante de temas comerciales; aquella noche de 1967, Cortez llenó el teatro de la Zarzuela (creo recordar) con la música andina de Atahualpa Yupanqui y los versos de Antonio Machado.

Pero, ¿qué ocurría fuera de estos ámbitos de acción? Se resume en una idea, aunque parezca mentira: era demasiado pronto todavía.
Desde el año 40, con la victoria de los nacionales el año anterior, se impone en toda España un régimen totalitario que pretende estar día y noche en la vida, tanto pública como privada, de todos los españoles, y lo hará de dos maneras. La primera de ella, la más vistosa, era la eliminación física de cualquiera que pudiera representar una oposición, por mínima que fuera, al pensamiento nacional-sindicalista y nacional-catolicista del régimen. La segunda, aunque pudiera parecer más inofensiva, no obstante tendrá unos efectos devastadores en el subconsciente de los españoles: se basaba en la repetición de consignas y canciones. En las escuelas se rezaba a diario, los curas enseñaban que los enemigos de España eran enviados del infierno, se cantaba el “Cara al sol”; en los años 40 y 50, toda agrupación juvenil, evidentemente dirigida por el partido único, tenía su himno, en el que se recordaba insistentemente a Franco, José Antonio y su identificación con el imperio español y los héroes medievales de la reconquista. En las prisiones, a los presos políticos se les obligaba a cantar también “Cara al sol” o el “Oriamendi” en Navarra y País Vasco. Ante la acción de eliminar al rival político, la gente tenía miedo y callaba; pero de la segunda acción no podía escapar nadie: de eso ya se ocupaba el aparato propagandístico del régimen, encarnado en el NODO, que se pasaba en el cine antes de la película, que era junto con la radio la única distracción que la gente de a pie tenía ante la amarga realidad. En el NODO, e incluso en la película, se explicaba como el régimen velaba por los trabajadores y los campesinos, que estaba ahí para ellos, que el sindicato vertical podía solucionar todos sus problemas… Una mentira que algunos creyeron a fuerza de verla repetida, otros por confianza o desilusión, y otros que jamás se la creyeron, pero que no tenían más remedio que callar. Estamos hablando ahora mismo de una derrota moral a la población trabajadora propiciada por un total desarme ideológico, excepto los días de fiestas patrióticas. Silencio y resignación eran los lemas: la resignación era recomendada por el clero de la guerra. Éste aleccionamiento ideológico pesó sobre las clases humildes, especialmente rurales, hasta el año 74 ó 75 por lo menos.
Así pasaba como nos cuenta Antonio Gómez, teórico e ideólogo de la canción de autor, y más concretamente activista de Canción del Pueblo, de cuando en el año 68 el colectivo fue a dar un recital a un pueblecito castellano, convencidos del éxito que iban a tener, teniendo en su mente aquella idea, dice el honesto Antonio, que ellos tenían de “el pueblo”. Lo que ocurrió fue que al evento no acudieron más que dos muchachos algo despistados sobre qué era lo que se iba a celebrar. La decepción del colectivo fue doble: tanto artística como ideológica. Pero nada se le puede achacar a ellos: la verdad es que era demasiado pronto. Pero las cosas iban a cambiar pronto para ellos y para mucho respecto a la receptividad de un público que al principio o desconocía su labor o se le resistía, por varios factores.
Aunque siempre insisto en esto, que no debe constituir una alabanza total hacia Fraga, lo cierto es que su llegada a la cartera de Información y Turismo supuso una pequeña brecha por la que se iban a colar sutilmente cosas muy interesantes en literatura, cine, música, publicaciones, etc. El comentario de entonces para compararlo con su antecesor Arias Salgado era “Con Salgado todo tapado. Con Fraga hasta la braga”. Fraga, en cine, al contrario que su antecesor, no se fijaba tanto en la impudicia como en posibles mensajes políticos. No obstante, era obvio que Fraga era mucho más liberal que su antecesor. Ya a finales de los 70, la llegada de Pío Cabanillas a esta cartera dio a los periodistas y a muchos profesionales de la opinión artística mucha libertad: bajo su cartera se gozó del período de libertad de opinión y artística más amplio que el régimen había conocido. Lo que ocurrió fue que en el año 74, ante la reacción del búnker, la cabeza de Pío Cabanillas fue la primera de los ministros liberales en rodar. Se volvió entonces a una nueva etapa de oscurantismo artístico y publicativo.
A pesar de la gestión del ministro Cabanillas, nadie debe llamarse a engaño: la censura seguía existiendo, y no se había ablandado para nada. Cabe recordar que la censura, a menudo, era un mecanismo bastante desestructurado que dependía casi exclusivamente del gobernador civil. Por otra parte, la censura era total en casos muy contados: nadie en su sano juicio entonces mandaría una canción, un poema, una obra de teatro o una obra cinematográfica demasiado explícita. En la canción, por ejemplo, se solía dar el visto bueno para su grabación y posterior venta, pero impedir su radiación; en los recitales, las mismas canciones que eran posibles de radiar eran presentadas ante el gobernador civil: este decidía si esa canción sería interpretada o no. De esta manera, el mecanismo censor del régimen creía así cubrirse las espaldas ante obras que cuestionaran la paz y cohesión del país. No obstante, a pesar de sus esfuerzos, los mismos cantautores que aparecieron entre el 63 y el 68, junto a otros nuevos, fueron adquiriendo mayor protagonismo y presencia en la sociedad. Quizás el período ministerial de Cabanillas y su liberalidad hubieran tenido algo que ver, pero aún así, no fue lo determinante. La sociedad iba cambiando, las cosas se veían de otra manera, y la misma gente que años atrás guardaba silencio o creía por resignación en la mentira nacional-sindicalista, comenzaba a hablar sin miedo.

Entre los años 73 y 75 lo que se produjo fue una total toma de posiciones por parte de todos. Los obreros y campesinos (aunque éstos menos) comenzaban a tomar conciencia de clase. Para el año 74, la sociedad estaba sumamente politizada: la izquierda (en general) había penetrado en la sociedad abrumadoramente mediante publicaciones, cine, libros, discos. La clase obrera, alimentada también por la visión del mundo que tenían los obreros más jóvenes, comienzan a adquirir una visión más crítica de la sociedad y del gobierno. Fueron varios los factores los que propiciaron este cambio. El ya mentado ministerio de Cabanillas, aunque no determinante, fue importante para que la sociedad descubriera otros modos de pensar en el mundo y en España. Sumar a esto la labor de los curas jóvenes de barrios y aldeas que hemos indicado arriba, y la fuerza que los cristianos de base y su sindicato, USO, había ido ganando. Amén de todos los productos culturales que se fueron publicando gracias, en parte, a la liberalidad de este ministerio. Prueba de esto lo constituye el resultado de las elecciones sindicales del año 75, en las que CC.OO decide presentarse a cara descubierta a los puestos de base y los gana abrumadoramente, frente al verticalismo, que copa los puestos de arriba (“Aunque no lo parezca, ganó el equipo colorado”, decía el eslogan de Comisiones): esta victoria no fue ni mucho menos casual. aunque todo esto es interesante e importante, el factor determinante es que, aunque fuera sutilmente todavía, los efectos de la crisis económica mundial comenzaban a sufrirse en España, y la sufría, cómo no, la clase trabajadora. A parte, pero no ajeno a esto, era que cada vez menos gente se creía el dogma nacional-sindicalista, principalmente por experiencias propias: los despidos, las regulaciones de empleo y el nulo caso que el sindicato vertical hacía a los trabajadores ayudó a acrecentar este escepticismo hacia las instituciones franquistas, especialmente hacia aquellas destinadas a las relaciones laborales. Todo esto, junto a la represión violenta que se aplicaba a todas las huelgas que empezaban a ser más numerosas y más intensas que en años anteriores, ayudaron a hacer ver a muchos que el verticalismo, el régimen y, por extensión, su fundador y cabeza máxima no eran realmente los auténticos veladores y benefactores de la clase obrera.
Esta misma clase trabajadora requiere su puesto y sus lugares para manifestarse: y aquí es en donde entran, entre otros, los cantautores.

Vitoria/ Gasteiz, 1976: Campanadas a muerto


 

Hace 32 años exactamente, tuvo lugar en Vitoria uno de los hechos más vergonzantes de la historia, ocurrido durnate la llamada transición democrática: el asesinato por parte de las fuerzas policiales de cinco obreros que luchaban por sus derechos, por el que, a día de hoy, no sólo nadie ha sido juzgado y tal como garantiza cualquier estado democrático, sino que se siguen vertiendo mentiras aberrantes desde las perspectivas patronales. Los responsables políticos no sólo no han sido juzgados, sino que, hoy por hoy, se les condecora como padres de la democracia. Los obreros Pedro María Martínez, Francisco Aznar, Romualdo Barroso, José Luis Castillo y Bienvenido Perea fueron víctimas de un año duro, de enorme controversia política y económica, pero también de la irresponsabilidad política de ciertos ministros y de un presidente del gobierno que parecía confiar en que el general pudiera resucitar.

Durante los primeros 70, todavía bajo la jefatura de Franco, debido a la peculiar política económica, España parecía todavía totalmente ajena a la enorme crisis económica que se abatía sobre el mundo (principalmente debido al conflicto árabe-israelí y el consecuente encarecimiento del petróleo): en 1974 las clases medias y altas españolas podían todavía derrochar al tiempo que alababan lo que aún se conocía como “el milagro económico español”, al tiempo que los emigrantes españoles eran expulsados de Francia, Suiza, Alemania, etc. debido a la imposibilidad de pagarles que sufrían estos países por culpa de esa crisis. Pero era una situación que cualquier analista económico hubiera podido preveer: muy pronto caen grandes empresas dedicadas a la industria turístico-inmoviliaria por fraude. Hacia 1975 los efectos de la recesión mundial comenzaron a notarse fieramente entre la clase obrera, y en 1976 todo esto comenzó a estallar.
En Enero de 1976 se juntaban varias cosas en un conglomerado peligroso e insostenible. Políticamente, no hacía ni tres meses que Franco había muerto y el príncipe Juan Carlos había asumido la jefatura del estado; la presidencia del gobierno la ocupaba todavía Carlos Arias Navarro. Aunque parecía existir esa voluntad de apertura por parte de algunos ministros, los reformistas, como Manuel Fraga, ministro del interior, y Areilza, ministro de exteriores (y el mejor valorado por la casi plena oposición democrática), Arias Navarro seguía con su dinámica de inclinarse repetidamente hacia el sector duro del gobierno, los llamados inmovilistas, o, popularmente, “el búnker” (Girón de Velasco, Piñar, casi todos los ministros militares…), frenando continuamente todos los proyectos aperturistas, como la Ley de Asociaciones políticas, que, aunque siguiera sin reconocer la legalización del PCE y similares debido a una cláusula, contaba con el rechazo de plano del búnker. No obtsante, consiguió ser aprobada. Mientras tanto, entre los ultras comienza a surgir un nuevo lenguaje que ya habían inventado algunos todavía en vida de Franco: esos traidores de los juramentos y los pactos. Lo cual crea una situación de reacción generalizada en muchos campos todavía dirigidos por gente afines al búnker: la policía y el ejército principalmente.
Económicamente, como ya he dicho, la enorme recesión mundial comenzaba finalmente a hacer estragos en España desde finales del 75. El Enero del año 76 se recuerda como el de más amplio movimiento huelguista de la historia reciente, con medio millón de trabajadores en huelga en Madrid, Cataluña y País Vasco. Estas huelgas tampoco eran ajenas al momento político realmente. El sindicato que promovía casi todas las huelgas era Comisiones Obreras, el sindicato del Partido Comunista, el cual estaba planteando las huelgas como un reto político hacia el gobierno. Sumar a esto también que desde el año 73 al 74, la sociedad se había politizado sumamente y poco a poco se iba hablando con más convicción y menos miedo; la clase trabajadora cada vez menos se creía el cuento nacional-sindicalista de que Franco velaba y cuidaba de ellos y que el sindicato vertical estaba allí para ellos, e iban adquiriendo una tremenda conciencia de clase: las razones creo que son obvias.
El caso más dramático estaba aconteciendo en Vitoria, con los obreros de Industrias Alabesas; se estaba en esos momentos negociando 2000 convenios colectivos, los obreros no cobraban y muchos temían por su puesto. Las mujeres de los trabajadores, en solidaridad con sus maridos, caminaban por las calles de Vitoria con las cestas de la compra vacías en señal de denuncia.
Por su parte, había gran indignación por el discurso dado ante las cortes de J. M. Villar Mir, ministro de hacienda: un discurso muy ajustado a la realidad, pero que indignó a todos: a los políticos porque culpaba de la crisis a la falta de previsión ante la crisis mundial, y a los obreros porque también culpaba de la crisis el desmedido aumento de los sueldos (decía).

Sin embargo, entre Enero y Marzo los conflictos laborales fueron suavizándose en casi todos los lugares, excepto en Vitoria. Pero antes debiera abordar un aspecto que, aunque no parezca determinante, podría explicar la actuación de ciertos elementos de la policía y del gobierno, y que tiene que ver con el estigma que el pueblo vasco lleva arrasrando desde hace muchos años. El por qué lo pienso así lo explican las declaraciones de uno de los ministros de entonces de las que trataré más adelante.
La situación política de Euskadi era la más alarmante de todas las regiones. ETA estaba casi omnipresente en el  día a día de los vascos: promueve huelgas, manifestaciones pro amnistía (sólo para presos vascos), extorsiona a los empresarios que no ceden a las exigencias de las huelgas llegando incluso al asesinato, y los atentados contra miembros de las fuerzas de seguridad e incluso del gobierno provincial, y también asesina a todo aquel que consideraran un traidor. Esto conlleva una enorme represión sobre el pueblo vasco, en el que las detenciones, torturas y hasta asesinatos sobre supuestos miembros de ETA alcanzaban unas cuotas tan altas que no existían en otras regiones. Lo cual conlleva a su vez que gran parte de la población apoyara abiertamente a ETA. Imposible ser neutral cuando toda la población tenía o conocía a alguien preso por ideas políticas, o podía ser represaliado por mostrarse disconforme ante las acciones de la banda.
El gran problema de su brazo político era además que estaban completamente solos: los partidos de izquierda a nivel, digamos, nacional (PCE, PCE (m-l), PSOE,…) tenían sus diferencias, mientras que en Cataluña todos los grupos de oposición, de izquierda a derecha, formaban una piña que se pudo observar perfectamente en la manifestación de barcelona del 1 de Febrero: la de mayor trascendencia, según informes policiales; pero para la extrema-izquierda abertzale el problema no era exactamente apertura/ inmovilismo, ruptura/ continuismo, franquismo/ democracia o izquierda/ derecha: el problema era españolismo/ socialismo abertzale; para ellos el PCE o el PSOE no eran distintos de FN, FET y de las JONS o Comunión Tradicionalista, porque, al igual que ellos, eran partidos españolistas. Cualquier partido que no abogara directa y abiertamente por la independencia de Euskadi era un enemigo.
Todo esto conformaba un panorama de excesiva violencia.

Los problemas laborales que habían tenido lugar desde Enero en las principales ciudades industriales se habían ido atenuando hasta casi disminuir en Marzo, pero no en Vitoria, en donde, al contrario, el problema se había ido agudizando alcanzando extremos dramáticos que culminarán el día tres.
Aquel día tres de Marzo de 1976, a las cinco de la tarde, 5000 obreros se hallaban en asamblea (la número 241 desde Enero) en el interior de la iglesia de San Francisco de Asís. Al mismo tiempo, treinta policías acordonan la iglesia, pero rodeados a su vez por tres ó 4000 obreros. Según testigos que hablaron para una grabación clandestina del PCE, varios botes de humos disparados penetraron por las ventanas, obligando a los trabajadores asfixiados a abandonar el local. En ese momento, los treinta policías disparan contra los obreros fuego real y cargan contra ellos: el resultado son 100 heridos, 45 de ellos de bala, y tres muertos: Pedro María Martínez, 37 años, trabajador de “Forjas Alavesas”; Francisco Aznar, 18 años, de profesión panadero; en los días sucesivos fallecerían por sus heridas Romualdo Barroso, José Luis Castillo y Bienvenido Perea.

http://es.youtube.com/watch?v=8PWbgttdBF8
http://es.youtube.com/watch?v=BU4BN8aN49o

Tras estos acontecimientos la indignación es máxima, y la tensión se hace insoportable. Se suceden los disturbios y Gasteiz presenta un panorama desolador de destrozos. Alguien llega incluso a arrojar una granada de mano contra la sede del gobierno civil. Se suceden las cargas policiales.
El entonces ministro de la gobernación, Manuel Fraga Iribarne, se encuentra cuando estallan los disturbios en Alemania, intentando convencer a la cancillería alemana de la naciente democracia española, habiendo delegado en Adolfo Suárez. Fraga es telefoneado para informarle de los sucesos y para requerir su presencia, pero la respuesta que el ministro da es desconcertante: “ese es un problema de trabajo: que se ocupe el ministerio del trabajo y de relaciones sindicales”. Suárez, que será presidente en alrededor de un año, se encuentra así con su primer reto político importante.
El presidente Arias propone imponer de inmediato el estado de excepción en Vitoria. Por fortuna se le oponen Suárez, Rodolfo Martín Villa (ministro de relaciones sindicales) y Osorio, convenciéndole de enviar más refuerzos desde las provincias limítrofes. Suárez comienza a analizar y gestionar la situación, confiando en frenar cualquier derramamiento de sangre.
El cinco de Enero, viernes, tuvo lugar el funeral. Fue imposible de calcular, incluso a día de hoy, la asistencia: miles de personas se apiñaban en el interior de San Francisco de Asís para despedir a sus compañeros, mientras miles de miles seguían el funeral por megafonía desde el exterior. Mientras tanto, las fuerzas de seguridad se mantenían acuarteladas y dispuestas a actuar.
En el interior, el funeral, concelebrado por ochenta sacerdotes, adquiere en sus sermones de tintes de reivindicación obrera. Interviene en el acto Jesús Fernández Naves, líder sindical de aquellas jornadas, aprovechando para hacer un llamamiento a secundar la huelga general que tendrá lugar en Euskadi.
De camino al cementerio, 50.000 personas forman el cortejo fúnebre. No habían salido muy bien los ataúdes de la iglesia cuando una voz fuerte surcó el aire gritando: “¡Gloria a los muertos del mundo del trabajo!”, que se convirtió en el lema del funeral. Algunos policías se encuentran apostados en formación en algunas calles: la multitud indignada les insulta, pero algunas personas, mujeres, hombres y niños, deciden hacer un cordón humano alrededor de ellos para evitar agresiones. La tensión va subiendo de grado conforme el cortejo se acerca a la sede del gobierno civil. El capitán general de la zona informa al gobierno de que está dispuesto a dar la orden de atacar si la asaltan. Suárez le disuade y asume plena responsabilidad de lo que pueda ocurrir.
La visión política más clara que el gobierno tuvo fue que peligraba el proyecto de ley de asociaciones, ya que esto venía a confirmar la teoría principal de la ultra-derecha de que el orden y la paz de la que hasta ahora habían gozado estaba desapareciendo.
El Sábado día 6 de Marzo, Fraga y Martín Villa visitan a los heridos. Los familiares les reciben con miradas hostiles, y alguno se atreve a preguntarles que si es que venían a rematar a los heridos. Otro de los heridos del 3 de Marzo fallecería en esos días.
Pero Vitoria daría todavía algún muerto más. Aquel mismo día seis, durante los enfrentamientos con la policía en una manifestación por lo de Vitoria, un joven moría tiroteado por la policía en Basauri (Vizcaya). En esa semana venidera se proclama la huelga general en el País Vasco.
Tras esos incidentes, el gobierno quedó muy tocado, especialmente el ministro de la gobernación y el de relaciones sindicales, cayendo en desprestigio ante una sociedad, cuya lectura era, como dice Victoria Prego en la serie “La Transición”, “el rotundo fracaso de un gobierno que promete democracia, pero practica el totalitarismo; que promete libertades, pero actúa con violencia”.

Han pasado 32 años desde estos tristes sucesos. 32 años desde los que no se ha podido procesar a los responsables políticos. Si bien poca cosa se le puede reprochar a Adolfo Suárez, que se hizo cargo de una situación debido a la indolencia e irresponsabilidad de Maniel Fraga -a quien estaba sustituyendo mientras éste vendía en tierras germanas la borbónica faz democrática de Juan Carlos-, sí que tuvieron una responsabilidad absoluta el ministro de relaciones sindicales, Rodolfo Martín Villa, el ministro de la presidencia, Alfonso Osorio, y, por supuesto, el ministro de la gobernación Manuel fraga, más por su indolencia, irresponsabilidad e incompetencia que por otra cuestión. A estos tres hombres, junto a su presidente Carlos Arias Navarro, no sólo no se les han exigido responsabilidades políticas, no sólo no han sido condecorados por “traernos” la democracia, no sólo no han pedido perdón, sino que desde entonces se han dedicado a verter mentiras. Fraga, en aquellos días, sentenciaba que esto sirviera como ejemplo para aquellos que quisieran romper el orden y la normalidad: unas declaraciones francamente democráicas. El propio Osorio, en el documental “La Transición”, no sólo declaraba que con los huelguistas en los meses anteriores a Marzo se había sido tolerante en exceso, sino que asegura que detrás de la huelga estaba, no la mano de CC. OO o de UGT, sino de ETA: ¡Fíjese señor Osorio! ¡Fíjese si eran de ETA que hasta hicieron un cordón humano para evitar que nadie agrediera a las fuerzas de seguridad! De hecho, he visto muchos vídeos y en ninguno se llega a oír a nadie gritar ni uno solo de los lemas más coreados por entonces por la extrema izquierda abertzale, ni siquiera se oye a nadie hablar en vasco.
A pesar de todo hay buenas noticias. Si, como venía en algunos medios, prospera la iniciativa de un grupo de estudio del gobierno vasco, es muy posible que se consiga llevar a juicio a estos tres hombres.
Ignoro si, como dicen ellos, fue culpa de los sindicatos y su manera irresponsable de llevar la huelga. No lo sé, pero no lo creo. Sólo me constan dos cosas: que éste es casi el único capítulo de “La Transición”, el documental, en el que no se es objetivo y claramente culpa a la actuación del gobierno, y que, como dijo George Orwell, si veo a un obrero enfrentado a un policía, no necesito mucho tiempo para posicionarme. Por eso no me avergüenzo, porque soy de la clase obrera, gritar como entonces:

 

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