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Billy (“Algo es algo”)


Ésta es la sinopsis y recensión de mi primera novela, Billy (“Algo es algo”), la cual busca casa editorial. Interesados, dejar comentario aquí o en la sección de Comentarios

Tres cosas atormentan al ex inspector de policía Guillermo Niño Pérez: un vecino que le obsesiona, el recuerdo de un crimen y una querella por sus torturas durante el franquismo. Por si esto fuera poco, se une la inquietud hacia un asesino en serie que parece pretender imitarle. Convencido de su intuición, el antiguo policía se dispone a desvelar cuál es la identidad del asesino, mientras los recuerdos le asaltan una y otra vez, entrelazándose con sus inquietudes, mientras su juicio se presenta inminente.

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Portada promocional

Billy (“Algo es algo”) es una novela de hechos y personajes ficticios, inspirados en hechos y personajes reales, con un final sorprendente y desconcertante. Tiene una lectura ágil, conjugando el misterio de la novela policíaca y una clase de historia en la que no se juzga, sino que son los actos los que hablan: es una novela que hace reflexionar. Su estructura puede denominarse de “capas de cebolla”: es un rompecabezas en el que cada capítulo nos desvela un hecho o un detalle de sus protagonistas, de manera que el lector va completando la imagen de unos personajes complejos en su cabeza. Es una lectura cautivadora: quien la lee se ve impelido a satisfacer la intriga. La variedad de registros y modos lingüísticos añaden riqueza a su lectura, convirtiéndola en una novela muy detallista. Adornan la narración distintos recursos, como flashbacks, simultaneo de escenas y algunos efectos visuales y narrativos que captan la atención del lector. Como colofón a su originalidad, los nombres de los capítulos son versos de canciones y poemas, debidamente citados al final de la novela.

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Con la mochila a cuestas II (Homenaje a Labordeta): El alumno (Rosa rosae y también el valor de pi…)


115D7VIZ001_1 El año de 1935 fue crucial en muchos aspectos en la historia del país. La derecha, que gobernaba desde 1934, sufría un importante descrédito por su actuación durante la revolución de Asturias, y finalmente se descalabraría con el escándalo del “straperlo”; los grupos de ultraderecha se organizaban y eran cada vez más violentos; los partidos de izquierdas se comenzarían a organizar en el Frente Popular viendo la deriva fascista que tomaba el gobierno, el cual parecía querer boicotear la república desde arriba; las revueltas campesinas y las huelgas eran cada vez más duras, y más aun su represión… Al año siguiente, el Frente Popular ganaría las elecciones, y poco después se produciría el levantamiento militar y la guerra civil. En el año de 1935, José Antonio Labordeta Subías, hijo de Miguel Labordeta sr. y Sara Subías nacía, quizás no en un buen momento para hacerlo, en Zaragoza.

José Antonio era demasiado pequeño como para poder recordar la guerra civil, pero sí lo bastante mayor como para percibir el ambiente; durante su infancia, a través de lo que familiares le contaban, supo lo que había pasado. A diferencia de otros cantautores, eminentemente más jóvenes (a excepción de Paco Ibáñez, que cuenta con una edad relativamente parecida), José Antonio vivió plenamente la dura posguerra, con todo lo que esto tenía. Esto le dio cierta ventaja en el conocimiento de las cosas respecto a sus más jóvenes compañeros de guitarra, que tuvieron que ir aprendiendo poco a poco, a veces por el método de ensayo-error.

La familia Labordeta-Subías fue relativamente afortunada. Gracias a una herencia misteriosa, a la que a José Antonio nunca se le reveló su origen, salvo que era un pariente que había residido en las américas, la familia consiguió subsistir del colegio que su padre dirigía, el Santo Tomás de Aquino. Probablemente, por lo que se desprende de sus memorias, fuera su padre su modelo de docente, ya que prácticamente todos los alumnos agradecieron la labor de d. Miguel. Cuenta José Antonio que en los convulsos años de preguerra, un grupo de jóvenes falangistas (FE-JONS se había vuelto un partido violento que practicaba el terrorismo) se había atrincherado armados; al saber que fueron alumnos suyos, d. Miguel fue a hablar con ellos, consiguiendo que depusieran las armas. Años más tarde, cuando los sublevados fueron a “visitar” al profesor Labordeta, iban algunos de estos falangistas; uno de ellos susurró algo al oído del oficial, y entonces decidió no “dar el paseo” al maestro. A pesar de la amenaza “Labordeta, ¡tú el siguiente!” que se oyó cuando, tras una persecución por los tejados del colegio cayó abatido uno de los maestros, a la sazón también oficial del Ejército Popular, el agradecimiento de los alumnos salvó al profesor Labordeta de engordar la lista de represaliados de la guerra. Durante la guerra y la posguerra, d. Miguel, siendo consciente de las penurias de muchas familias, llegó a matricular “gratis” a algunos alumnos, diciendo a las compungidas madres: “Mujer, ya me lo pagará el chico cuando pueda”, algo que ocurría la mayor parte de las veces.

Sin embargo, por alguna razón que a José Antonio nunca le fue confesada, en el año 41 sus padres le matricularon en uno de Tanque "Teruel"esos colegios que las embajadas nazis abrieron en España, mal que lo nieguen algunos. El colegio alemán, con sus germánicos y prusianos profesores, cerró las puertas poco antes de la victoria aliada. Por la mañana, los profesores le hablaban a José Antonio de “infamia contra Alemania”, invocando toda la parafernalia nacional-socialista; pero por la noche, a hurtadillas, escuchaba a su padre y a sus hermanos mayores celebrar, escuchando Radio España Independiente, los éxitos de los aliados. Probablemente no entendería aún nada, pero pensaba que era bueno: años después se enteraría de que fueron los españoles, con un tanque llamado “curiosamente” “Belchite”, los libertadores de París.

José Antonio y sus hermanos pasaron a estudiar en el colegio que, a duras penas, pero con entusiasmo, dirigían sus padres. En esto también fue relativamente afortunado: además de los profesores afines al régimen, propagadores de la mentira oficial institucionalizada, su padre contrató para el colegio a muchos que habían sido represaliados y que contrarrestaron mucho la enseñanza oficial: la Institución Libre de Enseñanza pervivía, clandestinamente, pero dando frutos estupendos. De esta manera, José Antonio y sus compañeros descubrieron a los “otros”: la auténtica cultura española, que había sido asesinada o había echado por pies. Una estancia gracias a un programa de intercambio en Bretaña también le ayudó abrir los ojos, más una pequeña aventurilla de índole sexual bastante graciosa (si queréis saberla, os compráis el libro).

Y llegaron los años de Bachillerato, de teatro, del primer y único amor… El descubrimiento de Lorca, de Alberti, de León Felipe…1284634153457 a veces gracias a su hermano Miguel o a sus amigos poetas. La influencia de un padre humanista fue determinante en su formación tanto personal como intelectual, lo cual no quitó cierto fastidio al tener que cumplir su voluntad de estudiar derecho, porque ya había un poeta en la familia. Sin embargo, aunque quería mucho a su padre, cuando éste murió, decidió romper sus votos y meterse a Filosofía y Letras, que le molaba más. Y en este trasiego de colegios e institutos, de vacaciones en la frontera francesa, de asombro y de interés, el alumno fue convirtiéndose en el maestro.

Hemos dicho que su infancia y educación fue relativamente afortunada; esto no quiere decir que no sufriera los mismo avatares que sus coetáneos: el miedo, la represión moral, el creerse los cuentos… Ellos eran niños, pero no tontos ni ciegos: sabían lo que había pasado, e intuían que cuando contaban lo aprendido en casa, el silencio de sus padres no era precisamente de asentimiento. Una de sus mejores canciones, recogida en Cantes de la tierra adentro, recoge esta amalgama de sentimientos de la misma manera que también lo hacían otros cantautores:

Rosa rosae

Rosa rosae
y también el valor de pi
y el recuerdo final por los muertos
de la última guerra civil.
Así, así, así crecí.

Dulcemente educados
en tardes de pavor,
conteniendo la risa
el grito y el amor.
Sin comprender la fuerza
de un viento abrasador,
fuimos creciendo en filas
de dos en dos,
cruzando las ciudades,
los barrios, la ilusión,
dejando todo atrás
sin comprensión.

Rosa rosae
y también el valor de pi
y el recuerdo final por los muertos
de la última guerra civil.
Así, así, así crecí.

Tristemente avanzando
bajo la lluvia, el sol,
el aire pavoroso
de un padre sin valor,
después de amargas horas
de fuego y de terror.
Y la mudéjar torre
aupándose
sobre un barrio vacío
como ojo escrutador,
testigo de la vida,
la muerte y el dolor.

Rosa rosae
y también el valor de pi
y el recuerdo final por los muertos
de la última guerra civil.
Así, así, así crecí.

Salimos adelante,
nunca sé la razón,
quizás como testigos
o naúfragos o heridos,
para plasmar la voz
del que nunca la alzó
sobre el viejo mercado,
turbio y atroz,
de gritos y verduras,
al frío o al calor,
de los eternos días
creciendo alrededor.

Rosa rosae
y también el valor de pi
y el recuerdo final por los muertos
de la última guerra civil.
Así, así, así crecí.

Con la mochila a cuestas I (Homenaje a Labordeta): Prólogo


C_4_maincontent_3108533_mediumimage José Antonio Labordeta fue, seguramente, muchas de las cosas que quiso ser en esta vida: maestro, alumno, poeta, músico, político (aunque esta palabra esté tan denostada, y seguramente él, dentro de los conocidos, fue de los que la dignificó ampliamente), viajero, aragonés, pensador, humanista, comunista (más a la manera del siglo XIX, como dijo Blanchot sobre Bertolt Brecht), amigo, esposo, padre, abuelo, filósofo, paisano, un (con perdón) “grano en el culo” para ciertos “personajes” –que son a la vez nuestro granazo en el culo- durante más de 30 años; e incluso actor y hombre de TV: no sólo con Un país en la mochila, sino como actor en una pequeña serie, Del Miño al Bidasoa, basada en una novela de Cela, en la que interpretaba a Monsieur DuPont; y como pregonero (¡cómo no!) en la versión cinematográfica de Réquiem por un campesino español… Y sobre todo una gran persona: la intuición que muchos de nosotros teníamos de él al respecto nos la corroboran amigos que le conocieron personalmente.

Recomiendo la lectura de sus últimas memorias, Regular, gracias a dios, un libro magnífico en el que nuestro Labordeta recurre al flash-back que le aliviaba un poco de esa maldita enfermedad, en donde reconstruye su vida, desde su infancia en la posguerra, escuchando a hurtadillas el entusiasmo de su padre y hermanos ante las victorias aliadas, pasando por la adolescencia, en la que un padre humanista contrarrestaba la mentira institucionalizada; los años de docencia en Aix-en- Provence (Marsella), con los días convulsos que parecían avocar a Francia a una guerra civil cuyo fantasma había quedado enterrado con la ocupación alemana, a causa de la independencia de Argelia; sus días de docencia en Teruel, y su actividad de cantautor.

Labordeta nunca se tuvo por un cantante profesional, ya que supeditó esta profesión a la de la docencia, y a la más importante aún de hombre de familia, y decía ser un “cantante de fin de semana”, y más que cantautor, escribe-autor. Pero aun así, su producción musical es muy amplia y de una gran calidad, sobre todo literaria. Escribió todo tipo de canciones: cotidianas, satíricas, comprometidas, de amor… Y sobre todo aquellas dedicadas a su tierra y a sus gentes.

Los discos que grabó Labordeta en solitario fueron:

Cantar y callar, 1971;
Cantar i callar, 1974;
Tiempo de espera, 1975,
Cantes de la tierra adentro, 1976,
Labordeta en directo, 1977,
Que no amanece por nada, 1978,
Cantata para un país, 1979,
Las cuatro estaciones, 1981,
Qué queda de ti, qué queda de mi, 1984,
Aguantando el temporal, 1985,
Qué vamos a hacer, 1987,
Trilce, 1989,
Tú yo y los demás, 1991,
Canciones de amor, 1993,
Recuento. Labordeta en directo, 1995,
Paisajes, 1997,
Labordeta, nueva visión, 1999;
30 temas, Fonomusic, 2001
Con la voz a cuestas, 2001

Más sus colaboraciones como letrista, como aquel “Me dicen que no quieres” que cantó La Bullonera.

Y 25 libros:
Sucede el pensamiento, 1959
Unamuno: Diario poético, 1965
Las sonatas, 1965
Cantar y callar, 1971
Treinta y cinco veces uno, 1972 Tribulatorio, 1973
Cada cual que aprenda su juego, 1974 Poemas y canciones, 1976
Método de lectura, 1980
Con la voz a cuestas, 1982
Aragón en la mochila, 1983
Jardin de la memoria, 1985
El comité, 1986
Diario de náufrago, 1988
Mitologías de mamá, 1992
Los amigos contados, 1994
Monegros, 1994
Un pais en la mochila, 1995
Tierra sin mar, 1995
Con la mochila a cuestas, 2001
Banderas rotas, 2001
Dulce sabor de días agrestes, 2003
Cuentos de San Cayetano, 2004

Realmente, esta entrada debió haber sido escrita hace mucho tiempo, y es una de las que teníamos pendientes, por lo que me corroe cierto sentimiento de sensacionalismo, pero también el pensar que más vale tarde que nunca. Así que ¡Va por usted, maestro!

La Zamarra II


Confío en que os haya divertido la historia falsa
Ahora en serio. Es verdad que lo de "Espacio de Gustavo" no me gustaba, pero porque fue el nombre provisional, y como todos los nombres provisionales, rara vez sugieren algo.
Pensé entonces en 3 cosas que me gustaría hacer, por reclamar mi herencia campesina: tipejos los hay en toda parte; el garrulo de pueblo no sólo es cerrado, reaccionario y bruto, sino que además, está orgulloso de ello; el señorito de ciudad siempre mira por encima del hombro al que viene de pueblo (aunque, nótese, que la mayoría de ellos viven en las ciudades aledañas a Madrid capital, como es el caso: ciudades que no acaban de quitarse el garrulismo de pueblo y que, por contra, han adquirido los peores hábitos de la burguesía urbana): ellos, cuando van a los pueblos, van a, como decía mi santa abuela, "regentear", a dárselas de importante. Yo, por la contra, he cogido lo mejor de ambos mundos… Esas 3 cosas que me hubiera gustado hacer para quedarme con el personal son: tocar en la calle algún instrumento tradicional, ir en burro a la facultad, y llevar en una zamarra chorizos, quesos, jamones y un gran cuchillo para comer… ¡La zamarra! Aquella bolsa de borreguillo y cuero atada en bandolera que llevaban los pastores, donde podían transportar sus viandas y sus libros. En esto, siempre me conmovió la historia de la juventud de mi tío Enrique, que subía al prado a cuidar los rebaños y se llevaba en la zamarra un libro para leer, como nuestro Miguel Hernández. (Si alguna vez pasan por el hotel Solimpar -aunque no debería moralmente hacerles publicidad- y comen satisfactoriamente, no duden en saludar al cocinero, que es Enrique). Esta historia de mi padrino siempre me encantó…

Sin pensarlo, bauticé al espacio La Zamarra de Gustavo (hubiera quitado después el nombre, no sé por qué, pero ya fui añadido a una lista con este título). Más adelante se me ocurrió el sentido…

Uno va a tantos sitios, y le gusta leer tanto y escuchar la música y ver películas… Pero materialmente la mayoría de esas cosas no pueden hacerse en el acto. Así que la zamarra fue adquiriendo un sentido: sería eso, aquel útil para llevar todo lo que necesitase siempre: canciones, poesías, películas, las mejores escenas de Berlanga como director, y las del inmortal Agustín González como actor; fotos de esto o de aquello que fuera bonito y, sobre todo, la materia que contiene el fuego que inflama los corazones de los hombres hacia la libertad y la esperanza…

En estos reyes, como andaba ya viejita mi pobre mochila andina, me regalaron -¿adivináis?- una especie de zamarra verde. La zamarra, pues, ya la tengo también materialmente, y me gustaría que fuera como la mochila de Labordeta, donde todo cabe en una heterogeneidad maravillosamente ordenada y armónica (uf, me he pasao); me falta el instrumento (si a alguna alma caritativa le sobrara una alboka o una gaita), e ir a la facultad en burro… Aunque tal y como va el metro últimamente, será cuestión de tiempo.

FUERA ESPERANZA AGUIRRE! FORA ESPERANZA AGUIRRE! ESPERANZA AGUIRRE KANPORA!

La Zamarra


Aunque no llevo ni un año con esto, si bien han sido unos cuantos meses bastante profusos, me he dado cuenta de que no he llegado a explicar el por qué del título de este blog o bitácora, como se prefiera; aunque, en honor a la verdad, la explicación es bastante azarosa, pues surgió después de la elección del título.
La verdad es que "Espacio de Gustavo" sonaba tremendamente soso: casi todos los que empiezan se llaman así, "Espacio de no sé quién". Así que había que buscarle otro nombre…
Después de un ciego de pistachos con ayaguasca se me ocurrió llamarle "La hora de la Demencia del Doctor Demencio", pero a medida que el efecto de los pistachos (resulta que no había ayaguasca) se iba pasando, iba cayendo en la cuenta de que ya existía algo así: Libertad Clerical y Cadena Pope, y que el tal dr. Demencio no era otro en mi subconsciente que ese señor llamado Jiménez Losadesantos…. Había que buscar otro nombre…

Si no hubiera elegido ya la dirección que iba a tomar el blog, se hubiera llamado La Hora X de los Increíbles Hombres X del Doctor X, y lo hubiera llenado de fotos y vídeos de modelos femeninas en traje de baño, lencería o sin nada… Pero también pensé en el tipo de clientela que vendría (lo siento, Culebras). Por tanto…

Bueno, hasta ahí la broma: la historia real no es tan lisérgica ni tan porno, pero es interesante….

¡Qué continúa arriba! Pero antes, unos minutos musicales a cargo de Els Esquirols.

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