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Historia del folk español VII: folk protesta


El principio de los 70 es un ambiente muy propicio para que se desarrolle el folk español. Ya a finales de los 60, periodistas como Haro, Ibars (sic) o Carlos Tena apoyaban la naciente música folk, a la vez que ésta iba evolucionando desde planteamientos meramente intelectuales a otros más reivindicativos. Hay programas especializados en radio y en televisión, como aquel famoso “Ismael y la Banda del mirlitón”. No es que sea indesligable la canción protesta de la música folk, pero en Estados Unidos, en toda Latinoamérica, en España e incluso en el Sáhara, parece que sus destinos vayan de la mano.
Es cierto que hemos hablado de Seeger, Guthrie, Joan Baez y Dylan como determinantes: pero lo que dio el gran impulso a la creación de un folk reivindicativo fue sin más ni menos el ejemplo de la música latinoamericana, seguramente por la facilidad del idioma y la proximidad de los temas. Violeta Parra y Atahualpa Yupanqui primero, y después Víctor Jara, Daniel Viglietti, Mercedes Sosa, etc., junto a grupos como Quilapayún, Inti-Illimani y un largo etcetera, fueron los que alumbraron a toda una generación de músicos cuando usaban la música tradicional de su país para la protesta: en el caso de los Andes no estaba exenta de indigenismo. Es pues entonces cuando se empiezan a plantear usar -si todavía no lo habían hecho- la música tradicional como instrumento de protesta.
El folk usa, pues, los mismos temas: la libertad, la represión, la emigración…, los mismos planteamientos y la misma simbología que la canción protesta “convencional”: la noche, el carcelero, la mañana, las cadenas… Por lo que en este ámbito no innova mucho salvo en la música. Las primeras canciones de folk-protesta se remontan al 68: María del Mar Bonet no duda en usar el bolero mallorquín para denunciar el supuesto suicidio de un estudiante mientras escapaba de la policía (la canción fue prohibida: la pudo grabar hacia el 76; en Francia, Elisa Serna la grabó en castellano): “Qué volen aquesta gent?” es una dramática canción, buen ejemplo del género, pero no la única. Marina Rossell utilizaría la base musical y parte de la letra de “A la ciutat de Lleida” para hacer “A la pressò de Lleida”: la primera es una bella historia de presos condenados a muerte que cantan una canción que conmueve a la hija del gobernador de Lérida; la segunda es la historia de esos presos cantando de tal manera que el gobernador y el carcelero se ven amenazados. Y así podríamos seguir enumerando: Menese cantando una toná en la que narra con metáforas un fusilamiento (“S’abrieron las puertas”), Gerena pidiendo venganza por Chato el “esparraguero” y por Víctor Jara; Morente explicando en una breve tonadilla los principios del comunismo; Víctor Manuel dando la bienvenida a su paisano exiliado; La Bullonera dejando al desnudo las contradicciones de la nueva democracia; Jarcha cantando a Miguel Hernández contra los señoritos andaluces y reflexionando sobre “caenas de oro, caenas de hierro”; Labordeta y su jota libertaria “Agua para el erial/ y trigo para el barbecho./ Para los hombres caminos/ caminos de libertad”; Al Tall denunciando la muerte de Miquel Grau “per cridar vull l’estatut”; Nuberu homenajeando a Aida Lafuente; Fuxan os Ventos llamando “como a un irmán”; Ovidi Montllor diciendo por seguidillas que “com que la cançó es per viure, no volem violentar”; Oskorri cantando la protesta poética de Aresti… Y una larga lista que se podría y se puede continuar.
En conclusión: la canción protesta había encontrado el perfecto aliado en el folk. Y ¿por qué era esto así? Pues, sencillamente porque son canción del pueblo: no se crearon para solaz de caciques, banqueros, terratenientes ni militares: llevan dentro la queja y la alegría de todos los pueblos del mundo, porque todos los pueblos cantan en el trabajo y cuando sufren y cuando ríen y cuando aman. Esto se puede resumir en un verso que dijo Elisa Serna en la canción “Regreso a la semilla”: “Suena ronca la dulzaina/ que nunca sonó en palacios/ que sonó en la plaza de los pueblos”.
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