Posts Tagged ‘Luis Eduardo Aute’

Presentación de Billy (“algo es algo”): EL VÍDEO


Y éste fue el resultado de la inolvidable presentación de Billy (“algo es algo”) que hicimos en Getafe, en el Espacio Mercado. Condujo la periodista y escritora Cristina Bermejo Rey, grabó Amalia Pasucal Durá de Onda Vecinal, y la actuación musical estuvo a cargo de Javi, José y Sergio, del grupo de rock getafense El Pecado, que interpretaron una increíble versión del “Al alba” de Luis Eduardo Aute más dos canciones, en versión acústica, de esta banda que, aunque renovada, ya tiene años de trayectoria: “Al amanecer” y “Pánico”. No estuvieron presentes, pero conviene recordarles y agradecerles, José Palacios y Antonio Orozco, de la histórica compañía teatral Taormina, quienes ya previamente prestaron generosamente sus voces para interpretar a Guillermo Niño y al Comisario Cabezas.

A tod@s ell@s, así como a los asistentes, quiero dar mis más profundas gracias.

Otro fragmento de Billy (“algo es algo”)


1968: Raimon actúa en el vestíbulo de la hoy Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid

Allí estaban los cantautores: cantando las verdades a quienes las quisieran escuchar, aunque los que debieran hacerlo pretendieran ser sordos. Contaban la historia de la gente, expresaban el sentimiento de un pueblo insumiso que no se resignaba, que quería vivir, que quería amar libre. Paco Ibáñez desenmascaraba a los usurpadores con la verdadera cultura española. Chicho Sánchez Ferlosio era la denuncia del anonimato popular. Raimon, un grito de esperanza alzado contra el viento y la noche. Lluís Llach componía el réquiem para tumbar la estaca. Serrat cantaba la ternura del hogar. María del Mar era la calma y la furia del Mediterráneo. Pi de la Serra sentenciaba que volveríamos a reír fuerte y sin miedo cuando el día dejara de ser gris. Ovidi Montllor profetizaba que llegaría el día en el que el llanto fuera de alegría. En la sureña profundidad de la gigantesca garganta de José Menese se refugiaba la voz del humilde. Manuel Gerena convertía los palos que mataron a “Chato” El Esparraguero en palos flamencos. Enrique Morente rezaba a la estrella de la justicia. Un cromlech ancestral eran las palabras de Bertolt Brecht en la voz eusquérica de Mikel Laboa. Imanol, un estremecimiento sobre los montes del País Vasco. Benedicto no traía de armamento más que palabras amigas galaicas. Bibiano exigía gaitas para todos, para hacer sonar la alborada que anunciaba el nuevo día. Elisa Serna era la persistente memoria incombustible y humilde de las casas de los obreros. Julia León, la tenaz queja del campesino castellano. Adolfo Celdrán advertía que la noche se acaba y el día está llegando. Aute cantaba la belleza de aquellos ojos que vieron morirse los cielos en el mes de septiembre. Labordeta era la fuerza del cierzo aragonés soplando contra la injusticia. Aguaviva confirmaba que la invasión de los bárbaros que profetizara Juan de Loxa había llegado. El Nuevo Mester de Juglaría cantaba en las plazas la sangrienta hazaña de una épica oculta por el poder. Las Madres del Cordero se reían de los poderosos poniéndolos ante el espejo del esperpento. Los Sabandeños: un ejército musical de luchadores canarios. Carlos Cano cantaba ante la hoguera el dolor del pueblo andaluz. Víctor Manuel era la voz minera que surgía de las entrañas de la tierra de Asturias. Luis Pastor, el furor proletario del irreductible barrio de Vallecas. Pau Riba, Jaume Sisa, Hilario Camacho…, los hippies que predicaban la paz y el amor contra la cultura del odio. Y Pablo Guerrero era la poesía que llovía a cántaros sobre el techo del obrero, el campesino y el estudiante extremeño. Y tantos otros… En sus voces las palabras de los poetas y de los desposeídos cobraban vida, se movían. Eran los trovadores que cantaban la épica de la Resistencia viva. La Verdad nunca había sonado tan bien.

Gustavo Sierra Fernández, Billy (“algo es algo”) (Libros Indie, 2019).

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Memorias de la transición: la censura


Todos sabréis que en era del generalito hubo un invento curioso que incluso hoy persiste: la censura. Cualquier obra, musical, teatral, de difusión, periodística… debía pasar por las temibles y castradoras manos del censor; estos señores no tenían un criterio único, esa es la razón por la que da la impresión de que a algunos se les permitía más que a otros, y dependiendo de la época primaban más unos criterios que otros (nacional-catolicistas, falangistas, populistas o despolitizadores). Lejos de amedrentar a los autores, estos se las ingeniaron para crear un lenguaje que todos pudieran comprender y burlar así al censor.
Funcionamiento: siempre se revisa el texto, la imagen… dependiendo del tipo de obra. En la música la revisión era triple: 1) revisión del texto; 2) revisión de la música: no se puede consentir un fondo que fuera “La Internacional”, “A las barricadas“, o “Cara al sol” (José Ramón Pardo dice que este caso ocurrió: no sé quien fue); y 3) la portada del disco: nada obsceno, blasfemo ni que en general atentara contra los principios del nacional-catolicismo.
Trucos: lejos de amedrentar a los autores, enriqueció toda una época que en el afán de comunicación elaboró todo un sistema de metáforas, símiles y demás simbologías. ¿Cómo si no hubiera podido escribir Celaya “A la calle que ya es hora”? Porque el poema fue arropado por un falso patriotismo, o mejor dicho, por un auténtico patriotismo que fue tomado como el oficial.
Otros trucos eran cambiar una palabra por otra que se le parezca; el público haría el resto. Ejemplos, Bibiano escribió en “O can” “¡Abaixo a dentadura”, el público cantaba “¡Abaixo a dictadura!”; Lluís Llach, en “La gallineta”, tuvo que escribir “¡Visca la revulsió!”, pero el auditorio gritaba “¡Visca la revolució!”. En cualquier caso, durante la transición, estas letras pudieron recuperarse, como aquella de Serrat que decía “guirnaldas rojas, verdes y amarillas” pudo volver a ser “guirnaldas rojas, lilas y amarillas”.
La inteligencia del autor era enorme: a Raimon le censuraron de “Diguem no” un verso que él cambió a “Hemos visto que han hecho callar a muchos hombres llenos de razón”. Sobran los comentarios… Aute, por su parte, tenía otra técnica: mandar muchas canciones, las que no le interesaban eran rechazables de antemano, las enviaba primero para después enviar las que quería grabar: así, al censor no le parecería tan grave.
Hoy la libertad de expresión está garantizada, pero en teoría en muchos casos: ¡cómo si no se explica que despidan a trabajadores de los medios de comunicación por negarse a leer un manifiesto o por diferencias políticas! Ay, bon Jesus! Quina idea!
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