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Pablo Iglesias


Oí en cierta ocasión que cuando Pablo Iglesias fue a firmar el acta fundacional del PSOE, vieron claramente que sus dedos y sus uñas estaban negros de la tinta que usaba en su trabajo como tipógrafo.
Una vez le conté esta anécdota a un amigo, que emocionado me contestó: <<Eso es como la antítesis del "Muera la inteligencia" de Millán Astray>>.
Siempre me ha gustado esta anécdota, quizás por lo que mi amigo decía, quizás porque Iglesias llevaba en sus manos las huellas de su trabajo.

Historia de la canción de autor: himnos para un pueblo


Ya sé que mi intención era zanjar este tema ayer, pero siento que hay cosas que no quedan claras o bien explicadas. Y, de todas maneras, al final no hablé de los aspectos teóricos al liarme de nuevo con la historia y con la anécdota.
Insisto en que para mí la dimensión política de la canción de autor viene de la mano de la dimensión poética y viceversa. Ciertamente, muchos de ellos, de los que venían de las universidades, tenían una enorme curiosidad y apasionamiento por las teorías de izquierda y por la historia del movimiento obrero. Los que tuvieron la suerte de salir al extranjero pudieron ver las obras de Marx, de Bakunin, Althusser, Freud, Nietzsche, Pablo Iglesias, etc. Es decir, todos aquellos pensadores y políticos que no se podían estudiar aquí. Pero aunque esto sea cierto, creo que valoraban más la poesía de Blas de Otero que El Capital de Marx. La poesía ofrece esa dimensión que versa sobre la preocupación del hombre de verdad más que la filosofía política o los tratados de historia, porque se habla desde el corazón del hombre al corazón del hombre. E insisto en decir que la poesía con la que se resume todo esto es “La poesía es un arma cargada de futuro” de Gabriel Celaya: es la necesidad del momento y no el capricho lo que impulsa al cantante a componer y cantar ciertos temas que aspiran a ser o bien el reflejo de una sociedad necesitada, o el alimento para la esperanza de un pueblo. Quedan atrás los florilegios de la llamada poesía pura que los poetas cercanos al régimen propugnaban.

Casi desde su aparición, por su carácter abiertamente contestatario y crítico, los cantores adquieren ciertas responsabilidades que se podrían llamar políticas, aunque yo prefiero decir que el cantor firmó su compromiso con el pueblo con todo lo que esto conllevaba. Fue la época de los grandes himnos, alejados de aquellos himnos decimonónicos tradicionales, algunos cargados de demasiado sentimiento militar. Y no fue sólo aquí, era un clamor que recorría el mundo desde los años 40 en ambas américas y que arraigaba en los inicios del movimiento obrero o incluso de las revoluciones liberales; hubo muchos pioneros: el sueco-americano Joe Hill en Estados Unidos, el payador anarquista Martín Castro en Argentina, o en el siglo XIX el poeta y bertsolari vasco Joxe Maria Iparragirre (autor del himno “Gernikako Arbola“). Hacia el año 66, Bob Dylan podía darse el lujo de decir que la canción protesta ya estaba superada: ¡bien ciego que debía estar a todo lo que pasaba en su país! De cualquier manera aquí, ninguno de nuestros cantautores se hubiera atrevido a decir tal cosa: hubiera sido una gran farsa.
Los nuevos himnos no podían hablar de batalla, sino de esperanzas, de solidaridad y de compromiso; la realidad les impedía ser triunfalistas, pero por el contrario era un grito de aliento antes que derrotista: se convirtieron en un clamor unitario en todo el país y en cualquier idioma:

 

(Concierto homenaje por el 30 aniversario de “Al vent”)
Lo cierto es que “Al vent” podría no haber sido una canción protesta si no fuera porque nació en un tiempo y en un país. Se puede decir, y estoy casi seguro de que el mismo Raimon me daría la razón, que no fue él el que hizo de ella un himno, sino el público el que la convirtió en un himno de lucha quisiera o no el autor. Lo mismo sucedía con “L’estaca”, que pasó desapercibida para la censura (?) hasta que Llach comenzó a cantarla en público: fue entonces, al ver como una marea de gente, de los cuales algunos no sabían catalán, coreaban “L’estaca” a voz en cuello, cuando comenzaron a prohibírsela. Lo cual nos lleva a otro punto.
Un cantautor sabía que su himno se había convertido en importante para la gente cuando al tocarla en directo él acababa siendo mero acompañante de su propia canción en labios de otros: la canción ya no era suya, sino del pueblo. Y a esto debía a aspirar todo cantor: yo, cariñoasmente, lo llamó el “Efecto Pete Seeger“, porque fue a él, que yo sepa, al primero que le sucedió con su himno (o nunca he tenido muy claro que fuera suyo) We shall overcome . (pincha en el enlace).
Esto, aunque anecdótico, no deja de ser significativo e interesante: es la confirmación de que el cantautor se ha convertido en el portavoz de su pueblo, porque el pueblo habla a través de su boca y no al revés, y, al mismo tiempo, el cantor no está ahí para guiar a nadie: está para ofrecer su hombro, para sumar su esfuerzo (“Venimos simplemente a trabajar,/ como uno más/ a arrimar el hombro al palo”, como dicen La Bullonera acertadamente).

A pesar de todo esto hay que tener cuidado de no confundir los términos: no se cantaba a Miguel Hernández porque fuera republicano, comunista, hubiera muerto en prisión y estuviera prohibido hasta cierto extremo: se cantaba su poesía porque merecía ser cantada, no era tanto el fin político -que es innegable que lo hubiera- como el poético, y, como decimos, era la conjunción de ambas dimensiones. Y además hay que recordar que no sólo se cantaba política, sino también sobre el amor, sobre reflexiones filosóficas; pero también había cantautores que, aunque opuestos al régimen, no cantaban o no solían cantar temas políticos: es el caso de Mari Trini, por ejemplo, y otros que ahora no me acuerdo.
Aquellas canciones, que una cierta gente de hoy califican de panfletarias (y no quiero señalar ni nombrar a nadie: que se jodan) fueron fruto de la necesidad, de la imposibilidad de cerrar los ojos ante una realidad aplastante y desoladora. El crimen era no hacerlo teniendo tal conciencia. Lejos de mi intención criticar a los músicos contemporáneos que no se dedicaban a esto, pero sí que merecen mi más profundo desprecio aquellos que quisieron sacar provecho o que hoy hacen alarde de habérseles prohibido una sola palabra por verduzca o lo que fuera. Los yeyés y los rockeros, por ejemplo, podrían haber sido mucho más de lo que fueron, como les pasó a sus admiradísimos Beatles y Rolling Stones, pero en lugar de eso quedaron cegados, y de pasar de ser rebeldes inconformistas se volvieron en rebeldes conformistas: hay quien incluso se atrevió a decir que eran la cara dulce, joven y amable del franquismo (yo a eso no me atrevo, pero no le falta razón).
También habría que marcar que eso de la canción protesta no era simplemente el himno al uso: había muchas maneras poéticas de hacerlo: narrar una historia, como hacían Serrat o Patxi Andión generalmente, era un buen recurso que además permitía casi siempre escapar a la tachadura del censor: el oyente inteligente deducía las cosas por la simple descripción de los hechos (realmente no sé cuantos se darían cuenta o no de que la mujer de “Camí avall” de Serrat lleva flores a la tumba de un soldado republicano; pero como no se nombra qué guerra es, o incluso en que bando luchó -sólo contamos con la afirmación “Ninguno puso una cruz, no hacía falta”-). Se hablaba de muchas cosas: emigración, racismo, violencia, las penas del trabajo, las miserias de la tierra… y presos y condenados a muerte, pero esto más soterrado.

Concluir solamente con esto: aquella canción, mal llamada política, era una canción necesaria, como dijo Jesús López Pacheco por boca de Adolfo Celdrán: “Pueblo de España/ ponte a cantar;/ pueblo que canta/ no morirá!”; una canción de su tiempo. Quien hoy hace esfuerzos para desmerecerla, quien llama a sus artífices panfletistas (o polanquistas he visto en alguna parte) no es más que eso: AQUEL CONTRA QUIEN CANTAR. Pero más que cantar en contra de, se ha de cantar a favor del pueblo siempre. Cerremos con uno de los más ardientes himnos de Lluís Llach: Cal que neixin flors a cada instant (Han de nacer flores a cada momento) y observad la expresión de Llach al cantar, una mezcla de rabia y de esperanza contagiosa:

Unamuno


Fue el día 12 de Octubre, anteriormente (y hoy en Latinoamérica) conocido como “Día de la Raza”, en 1936. Una conferencia en la Universidad de Salamanca a la que asistieron Millán Astray (general sublevado), el obispo de (no recuerdo ni nombre ni lugar), la señorísima Carmen Polo, y el ilustre recto d. Miguel de Unamuno.
El señor Unamuno da la impresión de no haber estado nunca a gusto en ningún sitio: de joven tendió al socialismo, luego al existencialismo que el ayudó a configurar para, finalmente, embarcado en la patriótica aventura noventayochista en la que la mayoría de su generación se había embarcado, se unió a las filas franquistas. Sin embargo, poco le duró este idilio a nuestro gran pensador, y no fue porque muriera al poco de esta polémica que voy  a relatar.
Con sus galas, el general gritó que catalanes y vascos eran el cáncer de España. Esto, como me gusta decir, tocó las vasco-gónadas a d. Miguel, que increpó con inteligencia y dialéctica a su menos digno, pero violento, adversario. Los soldados allí reunidos lanzaron proclamas en contra del viejo rector y el lema favorito del general: “¡Viva la muerte!”. Cuando Unamuno atacó este grito, calificándolo de necrófilo (justa palabra) los insultos se multiplicaron: “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!”, llega a decir Astray; al ver que la vida del pensador corría peligro, la mismísima doña Carmen acompañó a Unamuno fuera, no sin que antes d. Miguel se dirigiera al “respetable” auditorio con esta célebre frase, la muestra de su descontento: “Venceréis, pero no convenceréis”, sentencia que se convirtió en profecía. Unamuno moría de viejo pocos días después, seguramente envuelto en rabia, vergüenza, tristeza y arrepentimiento.
Esto me recuerda a una anécdota que conté a un buen amigo: dicen que cuando Pablo Iglesias firmó el manifiesto socialista, tenía los dedos y las uñas negros de tinta de años de trabajo como tipógrafo. Mi amigo me refirió a esta historia, por eso de “muera la inteligencia”, porque el hecho es justo la antítesis de tan desafortunada sentencia.
Si encuentro la transcripción del incidente, lo publicaré aquí. Y recordad: sed Unamuno, nunca Millán Astray.
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