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Niponfilia


Hay un país en Oriente / al que llaman El País del Sol Naciente

‘Shōkan (Watashitachi no saigo no dansu)’ (montaje hecho por mí con la ayuda del traductor Google)

Por una de esas razones que no sabría explicar, Japón (es decir, su cultura, su historia, sus costumbres, etcétera) ejerce una gran fascinación sobre mí. Pero no por un exotismo paternalista, ni mucho menos, ya que es la misma fascinación que ejercen sobre mí otros lugares y países, como Irlanda, Bretaña (Francia), la ciudad de Nueva Orleans o incluso Galicia, entre otros. Es una fascinación que se traduce, realmente, en un ansia por comprender y saber más sobre este país, que llaman de sol naciente.

Esta fascinación es la que transplanté en Redención (Nuestro último baile), comenzando por la influencia que han tenido sobre mí mangas y animes como Akira (Katsuhiro Otomo) y El guerrero samurái (Nobuhiro Watsuki). Es precisamente por este último que creé al personaje que encarna en mi novela toda esa fascinación que siento, el inspector Jaime Santos. De hecho, su nombre es la mutación de la transliteración al castellano de un nombre, Hajime Saito, el personaje que inspiró su creación. Sin embargo, este personaje fue una persona real que Watsuki interpretó para su manga ambientado en el Japón Meiji.

Imagen atribuida a Goro Fujita (Hajime Saito). (Fuente: Wikipedia)

Hajime Saito (1844-1915) fue un espadachín y capitán del Shinsengumi, una especie de policía (con katana) que mantenía el orden durante la Restauración Meiji y, por tanto, luchaba por el shogun Tokugawa contra las reformas que el emperador quería instaurar y que suponían el final de feudalismo en Japón. Al finalizar la Restauración, Saito, uno de los pocos que sobrevivieron, ingresó al cuerpo de policía cambiándose de nombre (es de imaginar que el suyo sería de aquellos que inspiraran terror y rencor): Goro Fujita. Sobre el personaje histórico y su biografía legendaria, Nobuhiro Watsuki creó un personaje rudo, serio, terriblemente pragmático y con un gran sentido de la justicia, tan carismático que eclipsa al propio protagonista, su rival y antiguo enemigo, el espadachín Kenshin Himura (que sí es plenamente inventado, aunque es de esperar que tenga rasgos de personajes históricos).

Siempre es un poco difícil hacer que tu personaje no sea, en realidad, un préstamo algo indecente del personaje en que te inspiras, por lo que, para evitar eso, opté muchas veces por convertir a Jaime en una parodia respetuosa de los personajes de manga y anime, e incluso de las películas de Kurosawa (sin caer en la burla, por supuesto), porque Jaime, en la búsqueda de sus raíces culturales, pretende en muchas ocasiones «ser más japonés que los propios japoneses», algo que siempre le lleva a romantizaciones e, incluso, confusiones, como utilizar de grito de guerra el lema que Nobuhiro Watsuki atribuye al Shinsengumi: Aku soku zan, es decir, «Destruir el mal inmediatamente».

La historia de Jaime me permite expresar todo aquello que vine sabiendo y aprendiendo de la historia y cultura de Japón que me ha llegado a lo largo de los años y que me ha fascinado o llamada la atención. En primer lugar, Jaime no es japonés de nacimiento, sino de herencia. Resumiéndoos un poco su biografía, que no supone ningún destripe de la novela, el inspector Santos desciende de un diplomático japonés que, por oponerse a los proyectos expansionistas del Imperio, previos a la II Guerra Mundial, se vio obligado a exiliarse y se instaló, misteriosamente, en España, en donde su hija se casó con un español y, aunque el hijo de estos se casó con una mujer española, Jaime heredó rasgos asiáticos totalmente. Durante su infancia y juventud, su abuela japonesa le cuenta cosas sobre su nación, con lo que despierta su admiración y orgullo, que le llevan a investigar sobre sus raíces y recuperarlas. Sin embargo, no hay que olvidar que Jaime es español de nacimiento, por lo que su visión de las cosas que oye de su abuela y de las que estudia es occidental, lo cual produce que adquiera una perspectiva bastante idealizadora de la cultura y la historia japonesa.

«Bushido» (Fuente: Wikipedia)

Samuráis. Lo que lleva al joven Jaime a ingresar en la policía nacional es su fascinación por los samuráis. La visión que tiene de ellos es la misma que tenemos la mayoría de los occidentales, muy romantizada e idealizada. A menudo olvidamos que el samurái en sí era un miembro de la aristocracia, que si bien se debía regir por un código de conducta y honor, esto, en la práctica, no se dio en la mayoría de las ocasiones, y el régimen feudal resultaba un estatus de abusos clasistas en donde los campesinos tenían que agachar la cabeza a su paso. En ese sentido, son muy similares a los caballeros europeos (por los que un tal don Quijote tenía una enorme admiración, bastante parecida a la de Jaime, si me permitís el atrevimiento). Una crítica muy presente en las películas del gran cineasta Akira Kurosawa, que expone esa problemática en su Los siete samuráis. Nuestra fascinación, como la de Jaime, en realidad se dirige a los espadachines sin clan ni ascendencia nobiliaria, los ronin. De esta manera, el inspector idolatra de tal modo a aquellos legendarios espadachines que, en ocasiones, llega a tenerse por uno de ellos. Por esa razón, Jaime se somete al código del Bushido y sus siete virtudes. En las páginas 325 y 328 se reproducen los kanjis de dos de esas virtudes (como símbolo de un momento crucial en la historia), meiyo (名誉), el honor, con un trasfondo de responsabilidad absoluta sobre sus actos, y chugi (忠義), la lealtad, es decir, que si un samurái dice algo, lo cumplirá hasta sus últimas consecuencias, además de que será siempre leal a aquellos de los que tome el voto de defenderlos.

Mutsuhito, el emperador Meiji. Año de 1873 (Fuente: Wikipedia)

Restauración (a veces Revolución) Meiji. De acuerdo con la historia que su abuela le contaba, Jaime tiene un antepasado, perteneciente a un clan de samuráis de Kioto, que puso su espada al servicio de la causa del emperador Mutsuhito, más conocido como Meiji Tenno. El emperador, en el siglo XIX, emprendió una serie de reformas que disgustaron al gobierno militar del shogun Tokugawa, ya que implicaban el fin del feudalismo y más poder para el trono, con lo cual se desató una guerra civil que acabaría ganando Meiji. Sin embargo, decir, como decía la abuela de Jaime, que la Restauración Meiji trajo la democracia es bastante simplista. Aun así, además de configurar buena parte de lo que sería el Japón contemporáneo, supuso grandes avances sociales por la pérdida de poder de la casta samurái. Es muy revelador el hecho de que, a partir de entonces, los campesinos pudieron tener apellido, privilegio reservado a los nobles.

Al ser algo bastante marginal en el libro, no esperéis ver un estudio en detalle, por lo que se recoge la opinión de una persona sobre el hecho. Todo lo que sé acerca de este capítulo hitórico (similar en tiempo y contenido a las revoluciones liberales en Europa y América, en cuanto a la confrontación entre un antiguo sistema y el nuevo) viene del anime El guerrero samurái, ampliado después por artículos leídos en internet. Aunque sea una información insuficiente, siempre he defendido que los mangas y animes son una estupenda fuente de primera información respecto a la cultura japonesa, incluso a su historia, como es este caso.

Representación de Bodhidharma por Yoshitoshi (1878). Fuente: Wikipedia

Budismo zen. Jaime fue instruido en el budismo por su abuela, y por ello, quizás más que como religión, lo adoptó como filosofía personal, aunque, como le hace ver Susi, esto pueda ser contradictorio con sus actos, a lo que él responde que nunca vio cristiano cumplir a la perfección lo que Jesús predicó. A grandes rasgos, el budismo zen es la versión más oriental del budismo originario (el de los discípulos de Sidharta), es decir, la que impera en China, Corea y Japón, gracias a Bodhidharma, el discípulo de Buda que lo exportó a China. (Uno de los motivos más populares de Japón es el daruma, una representación del propio Bodhidharma, que se empeñó tanto en alcanzar la iluminación que acabó perdiendo piernas y brazos.) Supone un ejercicio de aniquilación del ego en vida a través de sus prácticas y enseñanzas. Sin ser yo, de nuevo, un gran experto en el budismo, lo que más me gusta como admirador de esta religión es su compromiso con la compasión hacia todos los seres vivientes, y el budismo japonés puede ser el que más me llame la atención, por su matiz de sabiduría más práctica (se enseña que nadie en vida comprenderá jamás la iluminación, por lo que solo cabe la contemplación) y, estéticamente, la sonoridad de los sutras, las oraciones budistas. Jaime recita en el libro dos de ellos, Fueko, que es una oración para que todos los seres vivos lleguen a la liberación del mundo material, y Shigu seigan mon, el «voto del bodhisatva», por el cual el creyente reafirma su compromiso con la vía de Buda y con su esfuerzo en ello y en ayudar a los demás a alcanzar la iluminación. Lo más impresionante de ellos es su pronunciación:

Takasugi Shinsaku (1839-1867). Fuente: Wikipedia

Y, en fin, estos son los guiños a Japón que recojo en Redención (Nuestro último baile). Son solo una muestra de mi fascinación y de mi admiración. No pertenezco al clan otaku (dicho con el máximo de los respetos) ni soy un entendido. Lo más probable es que, de haber sabido más, el libro hubiera aumentado su volumen con muchos datos innecesarios para la historia. Me dejo en el tintero la mención aTakasugi Shinsaku (de nuevo, en interpretación del OVA correspondiente a El guerrero samurái), la inspiración de otro personaje del manga de Watsuki, Soujiro Seta, en Yuri, y cuánto, cómo y dónde me ha influido (y sigue influyendo) la fabulosa película de Katusuhiro Otomo (del que me estoy leyendo los mangas y estoy muy entusiasmado con su descubrimiento.) Y la cosa no acabaría ahí: en un futuro, se desvelará por qué, estando tan orgulloso de su ascendiente pro Meiji, utiliza el lema atribuido al Shinsengumi Aku soku zan (Destruir el mal inmediatamente) y, mucho más adelante, quedará plasmada mi admiración por la modelo y actriz Reon Kadena.

Pero, tal vez, si hay un elemento en esa película que pueda resumir toda esta fascinación por Japón, esa es su increíble banda sonora, interpretada por un grupo fascinante, Geinoh Yamashirogumi: folklore japonés, teatro nô y kabuki, cánticos budistas (o eso me parecen), danzas tradicionales, todo ello mezclado con instrumentos eléctricos y electrónicos y música clásica europea. Disfrutad de este incalificable Requiem:

No acabaré sin una recomendación. Hace un tiempo, tuve la suerte de corregir el cómic Ukiyo (Libros Indie, 2021), con dibujos y guion de Pablo Carreiro. Este cómic es una maravillosa guía sobre Japón, abarcando desde la cultura popular hasta su arte y literatura, además de cómo se trata allí al colectivo LGTBI+ (según el autor, Japón es un país con 0 agresiones homófobas) y cómo se celebra el Día del Orgullo LGTBI+. A mí me pareció muy completo, bonito y divertido, y por eso lo recomiendo (y no, no cobro comisión).

Y, naturalmente, el mío (del que sí me llevo comisión):

Redención (Nuestro último baile) (Libros Indie, 2021): disponible en este enlace anterior, por la editorial, para España y UE, México, Ecuador, Estados Unidos, Argentina y Chile (buscar por Tienda). También solicitándolo en tu librería, presencialmente o a través de Todos Tus Libros, en Casa del Libro, Amazon y otras plataformas.

«Hokkaido, 1869» (relato de una heroína japonesa)


Un relato para el concurso #Heroínas de Zenda Libros. Se trata de una licencia: el hipotético encuentro de un espadachín derrotado del Shinsengumi con una joven prostituta.

Hokkaido, 1869

«Belleza», de Gion Seitoku

Espero paciente al hombre que conmigo compartirá esta noche mi lecho.

Entró en el local, con su raído kimono y su ancho sombrero que bien le protegía de la lluvia. Se negaron a servirle hasta que no mostró el dinero con un gesto de desdén. Yo le miraba, sumido en cavilaciones mientras comía esos grasientos fideos que hace la asquerosa de Inoue, y la soldadesca borracha reía y brindaba por Meiji y gritaba «¡Muerte a los samuráis!». Se alegraban de la derrota del almirante Enomoto Takeaki y sobre todo de la muerte del comandante del Shinsengumi, Hijikata Toshizo, al que llamaban puerco. Para ellos la victoria suponía una nueva era, en la que todos los japoneses serían iguales, libres del yugo del shogunato y de la sumisión a los nobles samuráis. Pero nadie se acordaba de nosotras: valíamos lo mismo tanto a los ojos de los plebeyos como de los nobles.

Nadie advirtió el gesto de ira y dolor de aquel hombre al escuchar esas proclamas, salvo yo. Adiviné quién era incluso antes de que el cerdo de Takeshi, mi dueño, le ofreciera mi compañía.

Me acerqué a él, con la cabeza agachada y las manos cruzadas, mostrando sumisión, como me enseñaron a hacer si no quería la vara del amo sobre mi lomo.

—Me llamo Kiyoko. Le serviré en todo lo que desee, mi señor.

Noté que le agradaba. Me parecía atractivo, a pesar de la suciedad acumulada por su viaje y su gesto rudo, por lo que me ruboricé mientras le servía el sake al notar su mirada. Después informó a Takeshi de que le gustaría pernoctar conmigo. Yo no pude oponerme ni mostrar conformidad: no me estaba permitido.

A media luz, de espaldas a la puerta y mostrando mi hombro reluciendo a la luz de la luna, oigo entrar al viajero. Pero me lo cubre y se sienta a mi lado hablando.

—No deseo obligaros a hacer lo que no queráis porque haya pagado. Solo quería estar con alguien agradable después de lo que he visto en la guerra. Si mi compañía os desagrada, me iré.

Quedé perpleja y quise saber de él.

—¿Sois miembro del Shinsengumi? —pregunté.

—Así es, mi señora. No soy un noble déspota, como dicen esos cerdos, que se engañan sustituyendo a un amo por otro: solo soy un campesino que encontró una manera de vivir en el camino de la espada. Yo deseaba proteger a los débiles, no luchar en una guerra que no me importa. Shogun o emperador: seguiremos siendo un pueblo de cobardes que bajan la testuz.

Calló un momento, reflexionando, y entonces me dijo con euforia:

—Venid conmigo. Hablaré con el dueño del local y compraré vuestra libertad. Juntos podremos hacer una nueva vida en la que ninguno volverá a servir a amo alguno, sino solo a nosotros mismos.

—Mi señor, no toméis ofensa, pero mi libertad la obtendré: nunca será comprada ni vendrá de la mano de ningún hombre. Es algo que me prometí hace mucho tiempo.

El samurái lo entendió. Fue a buscar entre sus cosas y sacó una katana.

—Os la ofrezco para que consigáis vuestra libertad. “Destruir el mal inmediatamente” era nuestro lema, y aquí os halláis rodeada de él. Yo quedaré dormido y borracho; diré que unos ladrones me la robaron y que debieron de asesinar a vuestro esclavista. Huid lejos de aquí y haced una nueva vida. ¡Que los dioses os den fortuna!

Entré con el arma en los aposentos de Takeshi. Se encontraba rodeado de dinero, haciendo sus cuentas mientras se regocijaba con el tacto del oro resbalando entre sus huesudos dedos, con una sonrisa que más que avaricia era lujuria y la codicia reflejándose con fiereza en sus abyectos ojos. Nuestra desgracia era su fortuna; nuestro dolor, su alegría; nuestra esclavitud, su riqueza. Podía perdonar, en el nombre del todomisericordioso Buda, a todo aquel que con sus actos hubiera hecho que yo acabara en esta cloaca, pero no a Takeshi, que nunca mostró la mínima bondad hacia nosotras, golpeándonos cuando se le antojara por cualquier razón, humillándonos como a bueyes y abusando de nuestros cuerpos. No: el feudalismo no fue derrotado, perviviría entre muros como estos.

Y no solo eso: Takeshi era de aquellas personas que se habían lucrado con la guerra; le había visto rezar al misericordioso Sidharta que esta durara cien años para ver sus arcas aumentadas por los soldados lujuriosos y violentos que venían a descargar ese otro furor de la batalla en nosotras: hasta Hijikata, hombre recto, severo y de moral intachable, llegó a perdonarle la vida a cambio de una generosa rebaja en los víveres.

Se percató de mi presencia. Sin apenas levantar la vista, dijo:

—¿No deberías estar haciendo tu trabajo? Aunque hayas conseguido aburrir tanto a ese vagabundo hasta que se durmiera, tu deber es estar con él para lo que necesite. ¡Vuelve allí si no quieres ser castigada, insolente!

El Señor Buda predicó que había que mostrar piedad y misericordia por todo ser, hasta incluso con alguien como Takeshi.

—¿Acaso eres sorda o estúpida? —dijo furioso mientras se levantaba agarrando la vara con la que nos golpeaba con gozo libidinoso—. ¡Que vuelvas inmediatamente allí o te dejo para el arrastre, zorra!

Pero ni yo soy Bodhisatva ni aspiro a serlo. Takeshi se abalanzaba sobre mí, dispuesto a castigarme con toda la violencia con la que fuera capaz, pero, en cuanto estuvo casi encima de mí, instintivamente desenvainé la katana y fue a clavarse, como si tuviera voluntad propia, en el estómago de tan repulsivo hombre. Quedó inmóvil, sorprendido, atravesado de lado a lado, hasta que finalmente se desplomó sin vida. Cogí todo el dinero que había en la habitación y hui.

Así obtuve mi libertad con su sangre. Conseguí rehacer mi vida, lejos de la ciudad que había supuesto mi perdición.

Era el comienzo de la nueva era.

Transcurridos muchos años, vi a un policía cuyo rostro me era familiar. Cuando le pregunté su nombre, me respondió: Goro Fujita.


Original de Gustavo Sierra Fernández

Registro en Safe Creative: 01/03/2020 2003013205514

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