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Reseña de Billy (“algo es algo”), por Noelia Alegre Díaz


Guillermo tiene una parte de ingenuidad hasta que conoce a Marisa y es ascendido a inspector; en ese momento descubriremos a otro Guillermo distinto. ¿Será capaz de salir impugne de las acusaciones? ¿Acabará volviéndose loco? A estas y a otras preguntas obtendrás respuestas a medida que vayas descubriendo más cosas acerca de este libro.

Noelia Alegre Díaz

Lee el resto de la reseña aquí: Los Libros de Noe

Devenires de un acontecimiento: mayo del 68 cincuenta años después


Por fin ha sido publicado el libro que recoge las ponencias y comunicaciones que hicimos hará dos o tres años en la Universidad Complutense de Madrid, con motivo del 50º aniversario del Mayo del 68: Devenires de un acontecimiento: mayo del 68 cincuenta años después, que editan Roberto Gutiérrez y Andrea Mosquera en la editorial Cenaltes.

Hacia la página 221 podrás leer mi aportación: “Estética de la Resistencia: Canción del Pueblo y los sucesos del 68”, en donde hablo del papel que tuvo la canción de autor, y más concretamente del colectivo madrileño Canción del Pueblo, en las circunstancias y hechos que marcaron el mes de mayo. A la lectura de mi comunicación asistieron algunas veteranas y asociadas de aquel colectivo, como Elisa Serna, Julia León y Clara Ballesteros.

Sin embargo, debido a las circunsancias actuales, el libro no está impreso en físico; no obstante, la editorial lo ha puesto en descarga libre, directa y gratuita desde su página web.

Descarga el libro (click en la foto):

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Y aquí solo mi intervención:

Reseña de Billy (“algo es algo”) de Olga Lafuente para Submarino de Hojalata


submarinodehojalata.com

«La intriga no termina con la novela. Como he dicho al principio, aquí no importa la resolución del crimen, sino los motivos y el ambiente en que se produce. Me ha fascinado cómo el autor ha creado esa atmósfera asfixiante y oscura en los últimos capítulos del libro donde hasta parecía percibirse el olor del miedo y la muerte. Se ha movido muy bien entre las dos épocas narradas en el libro: la transición política española y la actual sin que se pueda producir confusión entre las dos.»

Olga Lafuente Perea para Submarino de Hojalata

Leer más: Reseña de Billy (“algo es algo”)

Dossier de prensa:

NO COMPRES MI LIBRO DURANTE LA CUARENTENA,

Cuando pase, podrás obtenerlo a través de estos medios:

No compres mi libro todavía


Probablemente hayas llegado aquí y hayas visto las publicaciones relativas a mi novela Billy (“algo es algo”) y estés pensando que es lo suficientemente interesante como para comprarlo. Sin embargo, aunque me halaga y me ilusiona, tengo que pedirte que no lo compres todavía: no mientras dure la cuarentena. Por una sencilla razón: el único servicio disponible parece ser el de Amazon, y, si la cosa va de reducir el riesgo de contagio, lo ideal sería esperar a que esto pase. Te aseguro que “Billy” te estará esperando después.

Mientras tanto, seguramente tengas muchos libros pendientes de leer en tu casa, o también puedes rastrear por internet bibliotecas digitales gratuitas y legales. Así que creo que es una responsabilidad, como autor, pedirte que durante estos días no compres libros físicos, incluido el mío.

Salud, buenas tardes y buena suerte.

Minifragmento de Billy (“algo es algo”) para el Día de la Mujer Trabajadora


Suelo decir en las presentaciones que no veréis a Marisa, la esposa del inspector Guillermo Niño, en la manifestación del 8 de marzo, pero que sí que empieza a cuestionarse ciertas cosas.
Feliz Día de la Mujer, incluso para las que no quieran, como Marisa.

Billy ("algo es algo") (Libros Indie, 2019) ©Gustavo Sierra Fernández
Billy (“algo es algo”) (Libros Indie, 2019) ©Gustavo Sierra Fernández

“Ojalá fuera una vez…”, relato de Cristina Bermejo Rey


Hoy la cosa va de relatos. Ahora viene esta revisión de Cristina Bermejo Rey sobre el cuento de Caperucita Roja: una Caperucita que no necesita del cazador para librarse del lobo; una #Heroína vengadora.

OJALÁ FUERA UNA VEZ…

Gustave Doré

I

Aquella tarde el lobo y el cazador eran uno solo, y mientras arreglaba lo que a la gente le habría parecido una habitación de matrimonio idílico —hacía muchísimo, demasiado, que no tocaba a su mujer, y que lo único que le hacía correrse era ver fotografías de menores ligeras de ropa—, se imaginó a solas con la niña de curvas pronunciadas que tanto y tan tímidamente se había mostrado por webcam. Lástima que ese día no hubiera recatos, porque ese día mandaba él, y ya se imaginaba ese rostro infantil, con el gesto de sorpresa que sabía que pondría cuando él se quitara el calzoncillo y le dijera que eso era para ella; se imaginó su coñito húmedo en su boca. Mmm…

Sonrió a su reflejo del espejo del baño y salió a buscar a su Caperucita.

Bella y Bestia le sonrieron desde el salvapantallas del móvil. Su Príncipe se retrasaba, y el cigarro que sostenía en sus manos temblorosas por los nervios se consumía a toda prisa mientras miraba a todos lados rezando porque no la vieran sus padres.

De repente, un claxon. Era él.

El coche oscuro, que se le antojó un carruaje, se detuvo a su lado y ella entró en el asiento delantero.

La bestia reparó en el bolso de la niña: grande, oscuro, lleno de afilados pinchos y con la cara de Mickey Mouse.

—¡Hala! ¡Qué bolso más chulo!, ¿no?

Ella sonrió mientras se abrochaba el cinturón.

Alguien se había metido en la boca del lobo…

II

En la casa del vecino que todos creían ejemplar, este, un hombre que sobrepasaba la cincuentena, abrazaba a una niña que no debía de pasar de dieciséis.

La estrechaba entre sus brazos en un abrazo que duraba más de lo habitual. Un abrazo profundo, en el que los cuerpos se pegaban demasiado; la mano de él bajaba por la espalda de ella, acariciándole el trasero, subiéndole la falda. Ella temblaba.

Él, a punto; ella notando algo duro contra su sexo, conteniendo el asco.

—¿Quieres que te depile, princesa? —preguntó él mordisqueándole el lóbulo.

—Bueno… —dijo ella, indecisa mientras él se apartaba.

—Ve a por la cuchilla —cortó él en lo que pareció una orden y con una sonrisa lasciva en la cara.

La niña obedeció y sacó de su bolso —el bolso cañero, como solía llamarlo— la cuchilla de afeitar que él le había ordenado que trajese.

—Y ¿por qué no te afeito yo antes la barba? —preguntó ella con una inocencia que hizo que a él se le pusiera aún más dura y asintiera, permitiéndose explorar ese nuevo horizonte.

Después, todo sucedió muy rápido: ella se sentó a horcajadas sobre él, que sonrió, creyendo que todo acabaría de manera diferente, pero no: apenas fueron un par de pasadas de cuchilla por la barba, luego el filo descendió al cuello y la sangre empezó a manar, y a ella le cambió la voz, como si ya no fuera una niña.

—¡Esto es lo que te mereces, hijo de puta!

Él chillaba, incapaz de moverse, inmovilizado por aquella niña que de repente parecía pesar más, y ser incluso más adulta.

La sangre borboteaba mientras él intentaba suplicarle que le dejara, pero no le salía la voz. Y entonces, la vio traer el bolso, ese bolso que antes le había parecido una chulada y una invitación al sexo bruto y que ahora se había convertido en un arma asesina.

La niña, que ahora no era tan niña, empezó a darle bolsazos sintiendo como las púas se clavaban en su cuerpo, en su cara, en su estómago, salpicando todo de sangre, mientras ella le golpeaba con él, diciéndole cuánto se merecía lo que le estaba pasando.

—Descansa en paz, hijo de puta… —dijo ella cuando todo acabó levantando el dedo corazón frente al cadáver.

III

Asesinado en su casa un padre de familia

C. P., un humilde padre de familia, ha sido hallado muerto esta tarde en su casa…

«No nos lo explicamos», dicen los vecinos; «No se metía con nadie».

Los vecinos se muestran sorprendidos ante este cruel crimen. Dicen que la víctima jamás dio problemas, que vivía en el inmueble con su mujer y sus hijos, a los que adoraba.

Por el momento, la policía ha precintado la vivienda y se encuentra realizando las pesquisas necesarias para llegar al autor de este horrendo asesinato.

IV

“¿Quién mató al lobo feroz? No fui yo, no fui yo…”, cantaba leyendo.

Caperucita, que se hacía llamar a sí misma “Abuelita castradora”, sonrió negando con la cabeza mientras cerraba el periódico; siempre era lo mismo: siempre les hacían parecer inocentes. ¿Por qué?, ¿por qué lo llamaban crimen cuando había sido un castigo?

Porque ellos no habían visto la mirada del lobo, ni habían notado el aliento contra su cuello, ni les había desnudado, ni habían leído esos: “qué ganas tengo de comerte esas tetitas” que habían tenido que leer esas pobres criaturas. De haberlo vivido, no perdonarían a la bestia.

Sonrió pensando que, gracias a ella, el mundo tenía cada vez menos seres así, aunque los medios se empeñaran en santificarlos.

La notificación de Whatsapp le sacó de sus pensamientos: su última presa, un hombre al filo de los cuarenta, casado y con hijos, reclamaba su atención.

[Luís P]: 😊 tengo muchas ganas de verte. Pq no quedamos esta tarde? Tomamos algo por ahí… Me llevo el coche.

[Caperucita^^]: No sé si me van a dejar… ☹

[Luis P]: Di q has quedado con una amiga… 😉

«¿Por qué todos dicen lo mismo?», pensó.

[Caperucita^^]: En media hora en el burger.

[Luis P]: Tráete eso q tú sabes…

La joven sonrió mientras se subía la cremallera de la sudadera roja que vestía cuando iba de caza, y luego se alzó la caperuza levantándose de la silla.

Estaba a punto de volver a hacer justicia.

“¿Quién mató al lobo feroz? No fui yo, no fui yo…”, cantó en bajito.

…Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Cristina Bermejo Rey

“Hokkaido, 1869” (relato de una heroína japonesa)


Un relato para el concurso #Heroínas de Zenda Libros. Se trata de una licencia: el hipotético encuentro de un espadachín derrotado del Shinsengumi con una joven prostituta.

Hokkaido, 1869

“Belleza”, de Gion Seitoku

Espero paciente al hombre que conmigo compartirá esta noche mi lecho.

Entró en el local, con su raído kimono y su ancho sombrero que bien le protegía de la lluvia. Se negaron a servirle hasta que no mostró el dinero con un gesto de desdén. Yo le miraba, sumido en cavilaciones mientras comía esos grasientos fideos que hace la asquerosa de Inoue, y la soldadesca borracha reía y brindaba por Meiji y gritaba «¡Muerte a los samuráis!». Se alegraban de la derrota del almirante Enomoto Takeaki y sobre todo de la muerte del comandante del Shinsengumi, Hijikata Toshizo, al que llamaban puerco. Para ellos la victoria suponía una nueva era, en la que todos los japoneses serían iguales, libres del yugo del shogunato y de la sumisión a los nobles samuráis. Pero nadie se acordaba de nosotras: valíamos lo mismo tanto a los ojos de los plebeyos como de los nobles.

Nadie advirtió el gesto de ira y dolor de aquel hombre al escuchar esas proclamas, salvo yo. Adiviné quién era incluso antes de que el cerdo de Takeshi, mi dueño, le ofreciera mi compañía.

Me acerqué a él, con la cabeza agachada y las manos cruzadas, mostrando sumisión, como me enseñaron a hacer si no quería la vara del amo sobre mi lomo.

—Me llamo Kiyoko. Le serviré en todo lo que desee, mi señor.

Noté que le agradaba. Me parecía atractivo, a pesar de la suciedad acumulada por su viaje y su gesto rudo, por lo que me ruboricé mientras le servía el sake al notar su mirada. Después informó a Takeshi de que le gustaría pernoctar conmigo. Yo no pude oponerme ni mostrar conformidad: no me estaba permitido.

A media luz, de espaldas a la puerta y mostrando mi hombro reluciendo a la luz de la luna, oigo entrar al viajero. Pero me lo cubre y se sienta a mi lado hablando.

—No deseo obligaros a hacer lo que no queráis porque haya pagado. Solo quería estar con alguien agradable después de lo que he visto en la guerra. Si mi compañía os desagrada, me iré.

Quedé perpleja y quise saber de él.

—¿Sois miembro del Shinsengumi? —pregunté.

—Así es, mi señora. No soy un noble déspota, como dicen esos cerdos, que se engañan sustituyendo a un amo por otro: solo soy un campesino que encontró una manera de vivir en el camino de la espada. Yo deseaba proteger a los débiles, no luchar en una guerra que no me importa. Shogun o emperador: seguiremos siendo un pueblo de cobardes que bajan la testuz.

Calló un momento, reflexionando, y entonces me dijo con euforia:

—Venid conmigo. Hablaré con el dueño del local y compraré vuestra libertad. Juntos podremos hacer una nueva vida en la que ninguno volverá a servir a amo alguno, sino solo a nosotros mismos.

—Mi señor, no toméis ofensa, pero mi libertad la obtendré: nunca será comprada ni vendrá de la mano de ningún hombre. Es algo que me prometí hace mucho tiempo.

El samurái lo entendió. Fue a buscar entre sus cosas y sacó una katana.

—Os la ofrezco para que consigáis vuestra libertad. “Destruir el mal inmediatamente” era nuestro lema, y aquí os halláis rodeada de él. Yo quedaré dormido y borracho; diré que unos ladrones me la robaron y que debieron de asesinar a vuestro esclavista. Huid lejos de aquí y haced una nueva vida. ¡Que los dioses os den fortuna!

Entré con el arma en los aposentos de Takeshi. Se encontraba rodeado de dinero, haciendo sus cuentas mientras se regocijaba con el tacto del oro resbalando entre sus huesudos dedos, con una sonrisa que más que avaricia era lujuria y la codicia reflejándose con fiereza en sus abyectos ojos. Nuestra desgracia era su fortuna; nuestro dolor, su alegría; nuestra esclavitud, su riqueza. Podía perdonar, en el nombre del todomisericordioso Buda, a todo aquel que con sus actos hubiera hecho que yo acabara en esta cloaca, pero no a Takeshi, que nunca mostró la mínima bondad hacia nosotras, golpeándonos cuando se le antojara por cualquier razón, humillándonos como a bueyes y abusando de nuestros cuerpos. No: el feudalismo no fue derrotado, perviviría entre muros como estos.

Y no solo eso: Takeshi era de aquellas personas que se habían lucrado con la guerra; le había visto rezar al misericordioso Sidharta que esta durara cien años para ver sus arcas aumentadas por los soldados lujuriosos y violentos que venían a descargar ese otro furor de la batalla en nosotras: hasta Hijikata, hombre recto, severo y de moral intachable, llegó a perdonarle la vida a cambio de una generosa rebaja en los víveres.

Se percató de mi presencia. Sin apenas levantar la vista, dijo:

—¿No deberías estar haciendo tu trabajo? Aunque hayas conseguido aburrir tanto a ese vagabundo hasta que se durmiera, tu deber es estar con él para lo que necesite. ¡Vuelve allí si no quieres ser castigada, insolente!

El Señor Buda predicó que había que mostrar piedad y misericordia por todo ser, hasta incluso con alguien como Takeshi.

—¿Acaso eres sorda o estúpida? —dijo furioso mientras se levantaba agarrando la vara con la que nos golpeaba con gozo libidinoso—. ¡Que vuelvas inmediatamente allí o te dejo para el arrastre, zorra!

Pero ni yo soy Bodhisatva ni aspiro a serlo. Takeshi se abalanzaba sobre mí, dispuesto a castigarme con toda la violencia con la que fuera capaz, pero, en cuanto estuvo casi encima de mí, instintivamente desenvainé la katana y fue a clavarse, como si tuviera voluntad propia, en el estómago de tan repulsivo hombre. Quedó inmóvil, sorprendido, atravesado de lado a lado, hasta que finalmente se desplomó sin vida. Cogí todo el dinero que había en la habitación y hui.

Así obtuve mi libertad con su sangre. Conseguí rehacer mi vida, lejos de la ciudad que había supuesto mi perdición.

Era el comienzo de la nueva era.

Transcurridos muchos años, vi a un policía cuyo rostro me era familiar. Cuando le pregunté su nombre, me respondió: Goro Fujita.


Original de Gustavo Sierra Fernández

Registro en Safe Creative: 01/03/2020 2003013205514

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